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¿Cómo se repara a una víctima? Deberíamos dedicar mucho más tiempo a reflexionar sobre la respuesta a esa pregunta. Pensaba en eso estos días, a raíz del homenaje que se ha hecho en Ponferrada a Nevenka Fernández. 25 años después, Nevenka volvía a su ciudad. No era la primera vez, ha estado otras a título personal. Pero esta era una vuelta colectiva, pública. Era dejar de esconderse para salir a la calle y encontrar los aplausos y los abrazos de un montón de personas.
Nevenka Fernández denunció al alcalde Ismael Álvarez y se convirtió en la primera mujer en lograr una sentencia por acoso contra un político. Eso, que parece una noticia positiva, fue en realidad un calvario que cambió su vida y que sacó a la luz el machismo de la España de comienzos de los años 2000. Porque de Nevenka se dudó, porque Ismael Álvarez contó con muchísimo apoyo social y político (destacados miembros de su partido, el PP, le respaldaron), porque el fiscal la interpeló a ella con dureza (le dijo que “no era una cajera de Hipercor” que tuviera que dejarse tocar el culo), porque a pesar de la victoria judicial le era imposible encontrar trabajo, y porque finalmente se marchó de España con su salud mental sumamente deteriorada. Lo cuenta ella misma en el libro que publicó hace unos meses: 'El poder de la verdad'.











