OpiniónEl país tiene la oportunidad de pensar en hacer la verdadera reforma política y electoral que necesita.ABOGADO Y COLUMNISTA23.06.2026 22:55 Actualizado: 23.06.2026 22:55 Pasado el ‘chaparrón’ de esta atípica campaña electoral, el país tiene la oportunidad de pensar en hacer la verdadera reforma política y electoral que necesita.No sobra reiterar que las autoridades electorales, empezando por el registrador Hernán Penagos, el Consejo Nacional Electoral, las comisiones escrutadoras y la activa participación del procurador, Gregorio Eljach, blindaron plenamente el proceso electoral y su resultado, hasta el punto de que hoy podemos decir que los llamados ‘chocorazos’ son cosa del pasado.Es verdad que la diferencia entre el presidente electo, Abelardo de la Espriella, y el candidato derrotado (pero ganador por otras razones) Iván Cepeda Castro fue muy estrecha, contrariando las previsiones de casi todas las encuestadoras que, curiosamente, en la primera vuelta no acertaron en el triunfo de De la Espriella y en la segunda, en la magnitud de la que sería la diferencia. Pero esas son las reglas del juego democrático conforme a las cuales se puede ganar o perder, incluso por un voto.Parte de la recomposición del sistema político pasa por la reconstrucción –o construcción– de verdaderos partidos con ideologías, programas y organización.Casos ha habido en nuestra historia reciente en lo atinente a los votos. En la discutida elección del 19 de abril de 1970, Misael Pastrana le ganó al exdictador Rojas Pinilla por escasos sesenta mil votos.Ya con la segunda vuelta, Ernesto Samper derrotó a Andrés Pastrana por apenas ciento cincuenta mil votos a pesar de que el derrotado y su padre acusaban a la campaña de Samper de haber recibido dineros del cartel de Cali, Samper y su fórmula vicepresidencial, Humberto de la Calle, se posesionaron el 7 de agosto de 1994. El plebiscito por la paz que quiso sacar adelante el presidente Juan Manuel Santos fue derrotado por un poco más de cincuenta mil votos.Parte de la recomposición del sistema político pasa por la reconstrucción –o construcción– de verdaderos partidos con ideologías, programas y organización. En la constituyente, por terminar el bipartidismo, se abrió el espacio para acabar los partidos y convertirlos en microempresas electorales que se negocian cada cuatro años.Es positivo que el Pacto Histórico se haya fortalecido como partido, pero tiene que recomponerse, pues aún se percibe como una extraña coalición en la que caben lideres de izquierda de verdad, oportunistas de todos los pelambres, como los mal llamados “conservadores petristas”, como Trujillo en Antioquia; Ape Cuello, el protector de Juliana Guerrero; Guillermo Reyes, hasta hace poco ‘militante’ del petrismo y divorciado a última hora por cuestionamientos a Verónica Alcocer. ‘Liberales’ que han pasado por distintas organizaciones con claros beneficios burocráticos como Julián Bedoya, la representante Lopera, Roy Barreras, otrora uribista de “raca mandaca”, y algunos de los ‘verdes’ como Carlos Ramón González y Sandra Ortiz. Si se consolida como partido de verdad, es una buena noticia. Como también lo es que se vuelva al sistema gobierno-oposición que implantó Barco en 1986 y desmontó su sucesor volviendo al Frente Nacional.Se puede aprovechar la oportunidad para disminuir el excesivo presidencialismo, que convierte al presidente –Petro o el que sea– en un monarca con poderes ilimitados. Ojalá la relación del nuevo mandatario con el Congreso no sea como hasta ahora, el cohecho político en virtud del cual los congresistas venden su voto por puestos y contratos. Los acuerdos políticos pueden darse, pero no negociando al detal con los congresistas o entregándoles “jirones de poder”.No puede seguir el sistema de juzgamiento del presidente, que hoy garantiza su impunidad. Petro, sin rubor, intervino abiertamente en el proceso electoral a sabiendas de que nada podía pasarle en la Comisión de Acusación. La prohibición de intervención en política no debe seguir siendo un rey de burlas, lo mismo que las sanciones a los investigados por financiación ilegal de las campañas políticas y la mal llamada ley de garantías. También se compran conciencias por la repartición de puestos y contratos.Es hora de acabar con la perniciosa figura de los contratos de prestación de servicios, versión moderna de la esclavitud política. Petro al comienzo de su gobierno hizo la propuesta, que después abandonó, de formalizar el servicio público evitando afectar derechos de los trabajadores. El combate a la pobreza no debe seguir centrado en el asistencialismo, que no distribuye la riqueza y solo sirve para fines electorales.ALFONSO GÓMEZ Méndez Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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Replantear los partidos y la política
El país tiene la oportunidad de pensar en hacer la verdadera reforma política y electoral que necesita.






