A mediados de marzo, cuando los primeros compases de la guerra en Irán ya habían concluido y el cierre del estrecho de Ormuz por parte de la República Islámica se hacía evidente, la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) describía sin rodeos la gravedad de la situación: “La guerra en Oriente Medio está provocando la mayor disrupción de suministro en la historia del mercado mundial del petróleo”. Días más tarde, el director ejecutivo de la agencia, Fatih Birol, aseguraba que el conflicto se había convertido en “la mayor amenaza de la historia para la seguridad energética”. La IEA no fue la única en alertar de la posibilidad de un apocalipsis. El cierre del estrecho de Ormuz, la vía por la que circula una quinta parte del crudo y el gas natural comercializado en el planeta —además de fertilizantes, productos químicos y otras mercancías sensibles— ha adquirido a lo largo de las décadas un grado casi mitológico de amenaza. Durante los meses que duró el bloqueo, circularon previsiones de petróleo a 200 e incluso 300 dólares el barril y pronósticos de una recesión global casi garantizada. El temor a un shock petrolero similar al de 1973, o de una crisis del gas como la que Europa afrontó en 2022 tras la invasión rusa a gran escala de Ucrania, puso a temblar a analistas, gobiernos y bancos centrales. Y, sin embargo, el vaticinado apocalipsis quedó en algo mucho más modesto. Durante los 100 días de conflicto hubo tensión, precios altos, volatilidad, destrucción de demanda y presión sobre los países importadores, sí. Pero los precios de referencia del petróleo nunca superaron los 130 dólares por barril y, salvo un pico de abril, se movieron principalmente en la zona de los 90-110 dólares. Las bolsas de valores tampoco actuaron como si el mundo estuviera al borde de una recesión, con los principales índices estadounidenses subiendo cerca de un 10% entre comienzos de marzo y mediados de junio. La IEA no mentía. El mundo realmente se enfrentó a la mayor disrupción petrolera de la historia. ¿Cómo explicar, entonces, esta desconexión entre el tamaño del shock y la crisis energética que nunca llegó a materializarse? La primera explicación es la más aburrida: las instituciones destinadas a no repetir las calamidades del pasado hicieron exactamente aquello para lo que fueron diseñadas. La IEA, nacida tras el shock de 1973, coordinó a principios de marzo la mayor liberación de reservas de su historia y agregó 400 millones de barriles al mercado. No era una solución a largo plazo para compensar la pérdida de Ormuz, pero compraba tiempo. Y esa es la lección que se repetirá en casi todos los paliativos de esta crisis. En una emergencia energética, cualquier medida que retrase el momento en que la oferta deja de cubrir la demanda es vital. Ganar semanas puede ser la diferencia entre una subida asumible de precios y una espiral de pánico. TE PUEDE INTERESAR Hablando de no repetir los errores del pasado, Arabia Saudí diseñó hace décadas una válvula de escape para su crudo que también ha ayudado a paliar la crisis. Durante la guerra entre Irán e Irak, en los años ochenta, los ataques contra petroleros en el Golfo —la llamada guerra de los buques cisterna— convencieron a Riad de que depender por completo de Ormuz era una vulnerabilidad intolerable. De esa lógica nació el oleoducto Este-Oeste, una tubería de unos 1.200 kilómetros que cruza el país de costa a costa, desde los yacimientos del Golfo Pérsico hasta Yanbu, en el mar Rojo. Antes de la guerra, el puerto de Yanbu exportaba unos 770.000 barriles diarios de crudo. Con Ormuz bloqueado, Arabia Saudí elevó esta cifra por encima de los 4 millones. Una cantidad modesta comparada con los cerca de 20 millones de barriles diarios que pasaban por Ormuz antes del conflicto, pero importantísima en tiempos de escasez. Emiratos hizo algo parecido con el oleoducto Habshan-Fujairah, que también esquiva el estrecho y que permitió dar salida a unos 1,6 millones de barriles diarios. Por otro lado, el bloqueo abrió una oportunidad para productores que no dependían del estrecho, sobre todo Estados Unidos. En mayo, las exportaciones de crudo estadounidenses alcanzaron un récord de 5,6 millones de barriles diarios, empujadas por refinerías asiáticas y europeas que buscaban sustitutos al petróleo del Golfo. Canadá y Brasil también experimentaron un crecimiento similar, hasta llevar las exportaciones petroleras de las Américas a máximos históricos. Todos estos paliativos fueron importantes para evitar que el mundo se quedara sin petróleo, pero no significan que todos salieran de rositas. El coste se trasladó, sobre todo, a los grandes importadores asiáticos. Japón, Corea del Sur, India y buena parte del sudeste asiático tuvieron que tomar decisiones drásticas. Desde menos vuelos y menos aire acondicionado hasta más teletrabajo, restricciones temporales al consumo industrial y límites al uso de gas en restaurantes, la región se vio obligada a desplegar un triaje energético en toda regla. TE PUEDE INTERESAR Pero quizá el factor más importante a la hora de evitar un escenario de pesadilla no tuvo que ver con lo que un país hizo, sino con lo que dejó de hacer. En plena escasez, el mayor importador mundial de crudo decidió dejar un agujero enorme en la demanda. Uno masivo. Del tamaño de China. ¿El gran salvador? En circunstancias normales, nadie compra más petróleo que Pekín. Sobre todo si procede del Golfo. En 2024, cuatro de cada diez barriles de crudo que salían por Ormuz tenían a China como destino, y eso sin contar del todo el petróleo iraní que suele llegar al país reetiquetado a través de intermediarios para evitar sanciones. Al comenzar 2026, China importaba crudo a un ritmo de más de 11 millones de barriles diarios, con picos cercanos a los 12 millones. Pero tras el inicio de la guerra contra Irán, el país pisó el freno con una brusquedad inédita. Sus compras cayeron hasta unos 7,5 millones de barriles diarios, un nivel que no registraba desde 2017. Para hacerse una idea de las implicaciones de esta reducción, es como si Alemania y Francia, de la noche a la mañana, hubieran desaparecido juntas del mercado petrolero mundial. ¿Qué precio pagó China por retirar del mercado un flujo cercano a los cuatro millones de barriles diarios? A primera vista, nada del otro mundo. No hay datos que apunten a un desplome visible de la actividad industrial ni a una parálisis de la economía. La explicación a este misterio, según los expertos, está en una mezcla de sustitución del crudo por otras fuentes de energía, recortes selectivos y, sobre todo, las masivas reservas con las que contaba el gigante asiático. Pekín lleva años comprando crudo ruso e iraní barato por encima de sus necesidades inmediatas y buena parte de sus inventarios sigue fuera del radar público. Pero las reservas no explican todo. La economía de China también ha demostrado ser mucho menos dependiente del petróleo que la de hace una década. El tren de alta velocidad sustituyó parte de los vuelos internos, el coche eléctrico amortiguó el golpe en carretera y las refinerías recortaron actividad allí donde el ajuste era menos visible para el ciudadano medio. Según datos citados por, durante las vacaciones de mayo el tráfico aéreo cayó un 5,7% interanual, mientras los viajes en tren subieron un 4,6% y la recarga de vehículos eléctricos en autopistas se disparó un 53%. Profecía autocumplida Por último, el mercado petrolero global se sostuvo sobre una peligrosa tautología. Los inversores confiaban plenamente en que Estados Unidos e Irán llegarían a un acuerdo antes de provocar un colapso global, porque la alternativa era inconcebible. Y, como la alternativa era inconcebible, el mercado la trató como imposible. De ahí que el miedo (precios altos) nunca llegara al pánico (los profetizados 300 euros por barril). "Los mercados contaban con que el conflicto se detendría antes de que las reservas comerciales alcanzaran los niveles operativos mínimos. Ese umbral, conocido como el suelo operativo, marcaría el momento en que empezaría a haber una escasez real de crudo y productos refinados en el mercado, y algunos aeropuertos, gasolineras y puertos comenzarían literalmente a quedarse sin suministros", explica a El Confidencial Shon Hiatt, director de la Zage Business of Energy Initiative de la USC Marshall School of Business. TE PUEDE INTERESAR En esencia, los compradores de petróleo consideraban que los actores involucrados en el conflicto, especialmente el presidente de Estados Unidos, se bajarían del tren antes de que se estrellara. "Las compañías petroleras y gasísticas estaban comunicando a la Casa Blanca que al mundo le quedaban unas cuatro semanas antes de alcanzar esos niveles operativos mínimos. A partir de ahí, se producirían grandes perturbaciones en todo el mundo y el precio del petróleo se habría disparado. Al final, los mercados tenían razón. La administración Trump presionó para detener el conflicto antes de que se alcanzara ese suelo operativo", agrega el experto. Aun a día de hoy, el mercado físico del petróleo sigue mucho más tensionado de lo que indica el precio de los futuros. El estrecho de Ormuz apenas registra cruces diarios y las negociaciones entre Estados Unidos e Irán parecen siempre a una publicación de Trump en redes sociales de saltar por los aires. Pero los futuros no son una fotografía del petróleo disponible hoy, sino contratos para comprar o vender barriles en una fecha posterior. Y aquí, los inversores temen cada vez menos la escasez y más el escenario opuesto: un tsunami negro. Si Ormuz reabre de verdad, el mercado puede encontrarse de golpe con pozos reactivados, países productores deseosos de recuperar sus ingresos y barriles acumulados durante meses. Según proyecciones de la IEA, una resolución duradera del conflicto podría provocar un fuerte rebote de la oferta en 2027 y generar un exceso significativo de crudo. La agencia calcula que la oferta global podría subir hasta unos 110 millones de barriles diarios el próximo año, 5 millones por encima de la demanda prevista. La resolución final de la crisis, no obstante, está lejos de estar garantizada. Las negociaciones podrían romperse en cualquier momento, Ormuz podría volver a clausurarse y cualquier incidente mal calculado en Líbano bastaría para devolver la prima de guerra al barril. Pero el mismo mundo que aprendió las lecciones de 1973 también aprenderá las de 2026. El cierre mitológico del estrecho ha perdido su aura de fatalidad. Y esa, para Irán, es quizá la peor noticia de todas.