Una estatua de carne y hueso que le rinde homenaje a un hombre que fue disuelto en ácido sulfúrico. En medio del bullicio de las aficiones mundialistas, Michel Nkuka Mboladinga, un congoleño de 49 años al que el mundo entero conoce hoy como Lumumba Vea —una expresión que significa Lumumba vive—, decide petrificarse. Viste un traje impecable con los colores de su bandera nacional, porta unas gafas gruesas de pasta de estética sesentera y, antes del pitazo inicial, se sube a un pequeño pedestal. Alza el brazo derecho con la palma abierta hacia el cielo, clava la mirada en el horizonte y, durante los siguientes noventa minutos, no cantará, no bailará, ni celebrará los goles. Michel Kuka Mboladinga fotografiado en una postura rígida que asemeja a una estatua. / Getty ImagesPara lograr este portento físico sin desmayarse, entrena en su casa hasta 40 minutos diarios en la misma posición. Su inmovilidad es absoluta y exige recordar a la mente brillante que el colonialismo europeo intentó borrar de la faz de la tierra.Su figura es una réplica exacta de la colosal estatua erigida en Kinshasa en honor a Patrice Émery Lumumba. Nacido en 1925 en una remota aldea de Kasai, Lumumba emergió del ecosistema asfixiante del Congo Belga, un territorio que nació como la sanguinaria finca privada del rey Leopoldo II y que funcionaba exclusivamente como un inmenso campo de trabajos forzados y extracción de recursos.Lumumba, un empleado de correos autodidacta armado con la lectura de los ilustrados y una oratoria electrizante, se convirtió en el faro del Mouvement National Congolais. Su visión, intolerable para los imperios modernos, era la de un Congo centralizado, libre de tribalismos excluyentes, y absolutamente soberano de sus inmensas riquezas minerales —especialmente el cobalto y el uranio que alimentaba el arsenal atómico occidental—, puestas al servicio de su pueblo y no de las metrópolis.El líder independentista y primer ministro de la República Democrática del Congo, Patrice Lumumba, fotografiado en un sillón durante su visita al Reino Unido, el 25 de julio de 1960 / Getty ImagesEl 30 de junio de 1960, en la ceremonia de la tan ansiada independencia congoleña, el rey Balduino de Bélgica pronunció un discurso de un paternalismo vergonzoso. Elogió el supuesto "genio" de la misión civilizadora de su tío abuelo, ignorando los millones de muertos, y exigió a los africanos demostrar que eran "dignos" de la confianza que Europa depositaba en ellos. Lumumba, investido como el primer jefe de Gobierno democráticamente elegido, tomó la palabra sin estar en el programa y en solo siete minutos demolió ochenta años de saqueo, recordando el racismo sistémico, los abusos y la "historia humillante" de la colonización escrita con "lágrimas, fuego y sangre".Fue su condena. Bélgica y la CIA estadounidense, aterradas por su neutralidad en plena Guerra Fría y por la amenaza que representaba para la omnipotente empresa minera Union Minière du Haut-Katanga, orquestaron su caída. Tras el amotinamiento del ejército nacional y una brutal secesión en la rica provincia de Katanga financiada por Bruselas, Lumumba sufrió un golpe de Estado a manos de Joseph Mobutu. Fue apresado, torturado y, en un traslado autorizado deliberadamente desde occidente para asegurar su "eliminación definitiva", fue entregado a sus peores enemigos separatistas.La noche del 17 de enero de 1961, en un claro de la sabana, iluminado por los faros de vehículos y bajo el mando táctico del comisario de policía belga Frans Verscheure y el oficial mercenario Julien Gat, Patrice Lumumba, de 35 años, fue fusilado.El plomo, sin embargo, no sació a los imperios. Misa de réquiem en El Cairo (Egipto) el 23 de febrero de 1961 en memoria del asesinado ex primer ministro congoleño Patrice Lumumba (1925-1961). Lumumba había sido fusilado el 17 de enero de ese mismo año por un pelotón bajo las órdenes de Moise Tshombe, presidente de la provincia secesionista de Katanga, en una operación que contó con el respaldo y la complicidad de los gobiernos de Bélgica y Estados Unidos / Getty ImagesAterrorizados ante la idea de que la tumba del mártir se convirtiera en un faro de insurrección panafricana, ordenaron erradicar el cadáver. El inspector de policía belga Gerard Soete y su hermano desenterraron los cuerpos, los descuartizaron con sierras para metales y los sumergieron en barriles de ácido sulfúrico. En un acto macabro, Soete retuvo algunos dientes de Lumumba como "trofeos" de caza, incluida una muela con una corona de oro. Ese diente —la única partícula biológica que sobrevivió al exterminio— permaneció secuestrado en una caja en Bélgica hasta que, bajo presión internacional, fue restituido a la familia y enterrado en Kinshasa apenas en 2022, dándole por fin un lugar de reposo a lo que su hija llamó un "cadáver sin huesos".A ese hombre le rinde homenaje Michel Nkuka.Para poder plantarse frente a la cancha en el partido contra Colombia en el Estadio Akron de Guadalajara, Mboladinga tuvo que librar sus propias batallas logísticas, soportando una cuarentena obligatoria de 21 días en un tercer país debido a las restricciones migratorias por un brote de ébola en el Congo, lo que le hizo perderse el partido inaugural en Texas. En torneos anteriores, su figura despertó cierta incomprensión; un jugador argelino incluso llegó a burlarse de él en plena cancha simulando derribar la estatua, un acto por el que tuvo que disculparse públicamente.Pero a Lumumba Vea nada lo inmuta. Su homenaje de pulso, carne y hueso le da vida a un hombre que el colonialismo quiso borrar.