Actualizado Martes,

junio

00:29Probablemente no gustara demasiado en Buckingham que al historiador y reconocido experto en la Monarqu�a brit�nica Ed Owens se le ocurriera describir a Carlos III como "el miembro 23 del Gabinete Starmer", toda vez que con ello parec�a cuestionarse la escrupulosa neutralidad apartidista en la que ha de moverse siempre el titular de la Corona. Pero la gracieta describe mejor que nada la estrech�sima simbiosis que ha caracterizado la relaci�n entre el rey y el ya primer ministro salienteKeir Starmer en el tiempo que ha durado su mandato. Si la qu�mica personal entre los dos ha sido evidente, m�s significativa a�n ha resultado la conveniencia estrat�gica mutua que han desplegado desde que el laborista recibi� del jefe de los Windsor el 5 de julio de 2024 el encargo de formar Gobierno. As� las cosas, al soberano debi� de entristecerle ayer que el inquilino de Downing Street le comunicara, como es preceptivo, su decisi�n de dimitir poco antes de anunciarlo a la naci�n.Aunque Starmer se caracteriz� en su juventud por ser un reconocido abogado y activista de izquierdas, que profesaba un fuerte republicanismo y reivindicaba la abolici�n de la Monarqu�a, su llegada al poder ya hizo presagiar una buena sinton�a entre el l�der laborista y el sucesor de Isabel II. Y se ha cumplido con creces.Starmer se convirti� en el tercer primer ministro del reinado de Carlos III. No le dio tiempo casi ni de conocer a la conservadora Liz Truss, la mandataria de los 45 d�as, aunque en el escaso tiempo que cohabitaron el entonces reci�n llegado al trono sufri� un fuerte desaire cuando ella le prohibi� que acudiera a la Cumbre del Clima de Egipto, dando a entender que como jefe de Estado ten�a que dejar de entrometerse en asuntos como �ste que se hab�an convertido en su bandera como pr�ncipe de Gales. Poco debi� de importarle al rey perder de vista tan pronto a la inepta pol�tica. Rishi Sunak, su sustituto, mostr� mucha m�s deferencia por la Monarqu�a. Pero, aunque inicialmente pareci� encajar muy bien con los aires del nuevo reinado lo de tener en Downing Street a un premier de origen indio y que profesaba el hindu�smo, en l�nea con la multiculturalidad que tanto defiende el soberano, la falta de empat�a de Sunak y su nula pericia para afrontar los esc�ndalos que acumulaban los tories en medio del creciente descontento social por la crisis econ�mica, llevaron al monarca a marcar convenientes distancias con �l, sin contar que el final del mandato se vio inevitablemente marcado por la detecci�n del c�ncer al rey.Starmer lleg� al poder como un vendaval de aire fresco, aupado en una mayor�a absolut�sima que auguraba una era de profundo cambio -enseguida frustrado-. Pero, en lo que concern�a a Palacio, el laborista llegaba para empezar convertido en todo un converso mon�rquico, que hab�a sido aclamado por los suyos en un c�nclave dominado por los sones del himno nacional y con los l�deres laboristas entonando a pleno pulm�n el Dios salve al rey, para horror del descabezado Jeremy Corbyn. Y, sobre todo, Starmer, pese a ser un pol�tico de izquierdas, ten�a much�simos m�s puntos en com�n con Carlos III que sus predecesores de derechas. Y es que era un secreto a voces que el monarca coincid�a con la nueva agenda laborista en no pocas cuestiones: pol�tica medioambiental -una de las grandes preocupaciones del rey, en las que no encontraba suficiente apoyo por parte de los tories-, vivienda, relaci�n del Reino Unido con la Uni�n Europea o inmigraci�n.De ah� que enseguida se forjara una s�lida cooperaci�n entre Buckingham y Downing Street, alimentada adem�s por el feeling personal de los dos dirigentes. Al primer ministro le conmovi� especialmente el pundonor y el sentido del deber que mostr� el soberano, quien se empe�� en retomar con plenitud la agenda institucional menos de tres meses despu�s de que comenzara el tratamiento de su enfermedad, en contra de la recomendaci�n de los m�dicos.Pero, casi m�s importante, la convulsa geopol�tica ha marcado fuertemente el mandato de Starmer -ni que decir tiene que sobre todo por la vuelta de Trump a la Casa Blanca- y tambi�n la relaci�n entre el Ejecutivo y la Corona, apoy�ndose el primero en la familia real para que le ayudara en las complejas relaciones internacionales como hac�a mucho tiempo que no se ve�a en el Reino Unido. Para todos los gobiernos brit�nicos, sin excepci�n, la extraordinaria diplomacia blanda de los Windsor ha sido siempre uno de sus m�s potentes arsenales en el �mbito exterior. Pero con Starmer en el poder a Carlos III le ha tocado hacer filigranas diplom�ticas de tanto calado como echarse a los hombros la preservaci�n de la relaci�n especial entre el Reino Unido y Estados Unidos. No dud� el laborista en pedir a la Corona que extendiera el a�o pasado la invitaci�n a Trump para que realizara una in�dita visita de Estado a Londres -a pesar de que ya hab�a hecho otra, con Isabel II como anfitriona- que romp�a la tradici�n de Buckingham. De hecho, jam�s se hab�a visto una escena como la de febrero del a�o pasado de Starmer en el Despacho Oval entregando la carta de invitaci�n real a un infantil Trump m�s hinchado que un pavo real. Y tampoco dud� el laborista en recurrir de nuevo a los buenos oficios del rey y enviarle el pasado mayo a Washington para que mediara ante la peor crisis bilateral del �ltimo medio siglo, a pesar de que la visita de los monarcas a EEUU estaba rodeada de trampas, supon�a un desaf�o muy complicado para la Corona y contaba con el rechazo mayoritario de los ciudadanos brit�nicos por coincidir con la guerra de Ir�n y los mayores insultos de Trump al Reino Unido. A la postre, todo hay que decirlo, la visita fue un brillante �xito para Carlos III, que dio algo de ox�geno a Downing Street.Cuando en la ca�da en desgracia de Starmer ya s�lo cab�a contar los d�as para su defenestraci�n, el primer ministro s� abus� de sus poderes en una jugada que puso en uno de esos aprietos a la Monarqu�a tan mal vistos en el sistema brit�nico. Ocurri� el mes pasado; Starmer fij� la apertura del Parlamento y el solemne Discurso del Rey para una fecha con la que, en vano, intent� ganar tiempo en medio del cruce de navajas entre los laboristas para cobrarse su cabeza. Eso incomod� profundamente en Buckingham. Aunque seguramente el flem�tico Carlos III optar�a por intercambiar mejores recuerdos en el inicio de su despedida ayer a su tercer primer ministro, a la espera ya del cuarto, Andy Burnham, apodado por cierto el rey del norte.