Entrevistado por David Letterman, el director de cine John Waters declaró que su “mala película favorita” era Summer Lovers: “Un film sobre ser joven, rico y estúpido, y estar desnudo”. En esta cinta de 1982, Daryl Hannah (en su papel más acuático antes de Splash) es una turista americana en Santorini que termina compartiendo a su novio con una arqueóloga francesa. Aunque los protagonistas a veces se muestran meditabundos bajo el sol de Grecia, en cuanto se ponen el bañador, todos sus problemas —en este caso, los derivados de su triángulo amoroso— se diluyen y, ya en el agua, chapoteando día y noche entre las Cícladas, pueden entregarse a las pasiones que en tierra les parecían difíciles de manejar. Summer Lovers es solo una película hortera, pero reproduce un mito con miles de años de antigüedad: si quieres que tus preocupaciones desaparezcan, lánzate al mar. Nunca serás tan feliz como en el agua. Ya alrededor del 480 a.C., alguien quiso plasmar un mensaje similar cuando pintó el famoso Tuffatore o nadador del Paestum. Así describía Jacinto Antón esta pintura perturbadora hallada en el techo de una tumba en la antigua Poseidonia griega (actual sur de Italia): “Es una escena enigmática, fulgurante, hermosísima, protagonizada por el chico que se lanza con gran estilo, desnudo, desde lo que parece ser una torre con plataforma”. Si el Tuffatore emociona con su salto al mar tanto como lo hacen las salpicaduras en las piscinas del recientemente fallecido David Hockney es porque, en palabras del arqueólogo alemán Tonio Hölscher, este fresco no es ninguna metáfora sobre la muerte, como se creyó hasta ahora, sino que se trata de “una representación realista, lo que no quiere decir trivial; se trata de una realidad que no es banal sino significativa”. Así que, desde el Tuffatore hasta los anuncios de perfumes o de moda veraniega, el baño en agua salada es un ritual que empieza y acaba consigo mismo. Aunque muchas religiones asocian al mar los mismos efectos purificadores de las inmersiones en aguas termales o en manantiales, en el contexto mediterráneo lanzarse al mar tiene, sobre todo, un significado jovial y de disfrute casi erótico. Además, con la democratización de las playas y su transformación en un paisaje muy deseado, el imaginario ha crecido y, por ejemplo, desde finales de los sesenta, fotografías como las de Carlos Pérez Siquier han consolidado la idea de que relajarse equivale a estar en remojo, dejándose mecer por las olas. Por todo esto el primer baño de las vacaciones continúa siendo un momento casi mágico. Un instante en que le pedimos al cuerpo que se desprenda de los dolores acumulados a lo largo del año y estallan todas las expectativas que hemos proyectado sobre el verano. Porque, en la oficina, todos nos imaginamos un estío de aguas cristalinas. Un ritual no tan reciente “Antes echaba mucho de menos el mar. Pasaba el año esperando el verano, y ahora, paso la vida esperando regresar al mar”, cuenta Carmen del Mar —el apellido es casualidad—, una joven para la que, desde que ejerce un empleo exigente, el buceo se ha convertido “en el refugio y la terapia” mediante los que escapa “del ruido de la existencia”. La idea de que el mar compensa los sinsabores de la vida profesional tampoco es nueva. Hacia mediados del siglo XVIII, las clases dominantes comenzaron a acudir a la costa para combatir la depresión asociada a la vida urbana y al agotamiento burgués. En aquel momento, el médico Richard Russell difundió las virtudes del agua salada, popularizando la idea de que sumergirse en ella fortalece el cuerpo. Entonces, la aristocracia comenzó a frecuentar las playas por salud y ocio y, por cierto, ideó unas curiosas casetas con ruedas y poleas que, para mantener la decencia, recorrían la orilla y depositaban a los nadadores directamente donde cubre. Tras aquellos inicios aristocráticos, la playa se convirtió en la segunda mitad del siglo XX en un espacio codiciado y disfrutado por ciudadanos de todas las clases. “Representa uno de los pocos momentos de felicidad absolutamente colectiva que existen”, comenta Eva Vilaplana, una artista que ha hecho de la reproducción de escenas de baño el centro de su proyecto Aftersun. “En la playa desaparecen muchos códigos cotidianos: la ropa, el trabajo, las prisas, incluso cierta idea de quiénes somos. Durante unas horas todos compartimos algo muy simple: estar bien. Me atrae mucho observar cómo los cuerpos se relacionan con el agua, cómo descansan, juegan o simplemente flotan. Da igual la edad, el cuerpo, la historia o las preocupaciones que tenga cada uno. El agua nos cubre a todos por igual”, continúa. La poeta y profesora de griego Aurora Luque, autora de una monumental obra poética que explora, entre otras cuestiones, las conexiones entre el Mediterráneo contemporáneo y el clásico, confirma lo significativo que sigue resultando ese primer baño en el mar, cuando el agua se ha atemperado: “Tiene algo de rito anual renovador. A menudo supone una experiencia de plenitud rara, inexplicable”. El mar hay que merecerlo “Me gustaría separar la realidad de las playas, la de los bañadores horteras, de la música a todo volumen y del birreo, de eso que creo que conecta con otra cualidad del agua. Ese sumergirse en lo esencial, olvidar el anclaje del suelo”, comenta Marcos Augusto, poeta y novelista que acaba de publicar Te hice dios, una novela que recorre algunas playas mallorquinas. “Pero tengo que dejar claro que esas dos condiciones existen: además, no son opuestas. El mismo que se deja flotar en el agua con sus gafas de buceo buscando peces de colores, después se tumba en una toalla con un logotipo enorme de una marca a por una cervecita bien fresquita. Así que creo que la playa es un espacio para un ocio levitativo, pero también deja margen para la horterada trascendente. Las fotografías de Martin Parr nos hablan de esa realidad. De cómo el ocio se consume con un orden, una norma interna que esculpe a los bañistas que se entregan a él”, añade el escritor. Si, como recuerda Luque, hasta hace poco, vivir en primera línea de playa fue señal de pobreza (“la humedad era incontrolable y provocaba enfermedades, herrumbres y miserias”), la cara oscura de nuestros mares contemporáneos la forman “saber que nos bañamos en unas aguas llenas de migrantes ahogados junto a sus sueños muertos e incumplidos”; y, a otro nivel, la degradación del territorio atribuible a la turistificación. “Se busca esa liberación de lo cotidiano, pero las aglomeraciones de julio y agosto y el ruido de las familias apiñadas en la orilla impiden una verdadera desconexión”. La poeta cree que, para disfrutar del mar, tienes que acercarte a él “al amanecer, a la caída de la tarde, en junio, en septiembre, en invierno”. “A menudo pienso que el mar hay que merecerlo”, zanja. Como todos los fenómenos de masas, la playa —al menos esa playa elaborada por la publicidad y rememorada por todos durante la rutina laboral— puede considerarse tanto un negocio destructivo como una válvula de escape. Son las dos caras de un paisaje que, a pesar de todo, conserva cierto potencial subversivo y actúa como antídoto frente a la aceleración cotidiana: “La playa es uno de los pocos lugares que rechazan el trabajo”, explica Vilaplana. “Allí no hay prisas ni ordenadores. Me emociona especialmente observar a las personas mayores que pasan horas dentro del agua hablando entre ellas. Me parecen escenas preciosas. Da la sensación de que allí encuentran una especie de refugio, un lugar amable donde el tiempo transcurre de otra manera”. Desaparecer —en compañía— bajo el agua Playa placer es una novela experimental que sigue las andanzas de tres chicas por la ciudad de Blackpool (una especie de Benidorm a la inglesa) durante el 16 de junio de 1999. Escrita por Helen Palmer en 2023 y publicada en España por Cielo Santo, la novela es un homenaje al Ulises de Joyce lleno de perritos calientes, quemaduras y bikinis. De hecho, una de las escenas principales sucede en el agua: después de una noche de excesos, las protagonistas gatean hasta la orilla y permanecen de rodillas “con los pies descalzos, lavados por el mar”. Es uno de los momentos de conexión más profunda entre ellas, que allí se besan por primera vez. El erotismo, confirma Luque, es una parte importantísima de nuestras tradiciones marineras: “El del baño es el momento en el que nos permitimos observarnos colectivamente los cuerpos. En ninguna otra circunstancia social nos mostramos semidesnudos, nos contemplamos la piel los unos a los otros, al aire libre y relajados, además. Hay algún residuo de reconocimiento edénico”, explica la autora. “Por otra parte, el contacto pleno con el agua del mar, con el vaivén de las olas, en solitario, supone una experiencia de plenitud, de gustosa caricia líquida. El agua nos sostiene en sus brazos, nos permite danzar, flexionarnos sin esfuerzo, girar. El mar puede convertirse entonces en un gigantesco amante placentero y cómplice. A mí siempre me gustó adentrarme y nadar o dejarme flotar en solitario lejos de la orilla. ¿Por qué los griegos harían nacer a Afrodita de las aguas del mar mezcladas con el semen de Urano? ¿Por qué la imaginamos desde entonces navegando sobre una inmensa concha marina?”, continúa. Para Augusto, bañarse es algo íntimo: “En la cama uno duerme o no, pero el baño transforma. Y necesitas que ese proceso sea íntimo. La playa repite ese esquema. Tienes que querer mucho a alguien para dejar que se torre junto a ti y que extienda su toalla en paralelo a la tuya”, observa el novelista. Pocas actividades recreativas están tan cargadas de significados como acudir a la playa, desvestirse y disfrutar del frescor del agua en la piel. Es casi una ceremonia anual que, como las hogueras de San Juan, nos permite asomarnos a lo más profundo del verano… y del tiempo. Siempre que no aparezca un tiburón para, como en la película, arruinar tanta plenitud.
Por qué resulta tan especial el primer baño del año: “Es uno de los pocos momentos de felicidad colectiva”
Bañarse en el mar es un clásico veraniego que tiene algo de celebración comunal, pero el primer contacto con el agua salada es visto casi como un rito purificador desde hace más tiempo del que creemos








