Era una mañana de otoño en Budapest. Las hojas cambiaban de color y la bruma se posaba sobre las aguas del Danubio como un suave manto que se evaporaría durante el transcurso del día. Sissi, que en la película homónima dirigida por Ernst Marischka es interpretada por Romy Schneider, cruzaba de Pest a Buda por el puente de las Cadenas, acompañada por su dama de compañía húngara, Ida Ferenczy. Iban camino de la iglesia de San Matías, donde solía recogerse antes de comenzar la jornada, en la capilla del Loreto que hoy guarda una estatua en su memoria. San Matías fue también receptáculo de la coronación de Francisco José e Isabel de Baviera como reyes de Hungría, el 8 de junio de 1867. Un lugar emblemático para la reina, quien donó su corona nupcial a la iglesia. Se había convertido en su ritual mañanero detenerse por unos segundos en el puente para admirar la panorámica, nunca igual, del río Danubio, con sol, con bruma, hasta con hielo, pero siempre bello. Poco se imaginaba la legendaria reina que a su querido puente de las Cadenas le secundaría aquel erigido y nombrado en su honor en 1903; anecdóticamente el puente de Sissi estaba en periodo de construcción cuando el anarquista Luigi Lucheni la asesinaba en Ginebra en 1898. El puente de Isabel (Erzsébet híd) fue por aquel entonces el puente colgante más estrecho del mundo, adornado con detalles art noveau que rendían tributo a su querida reina. Destruido durante la Segunda Guerra Mundial, su reconstrucción, con diseño minimalista, finalizó en 1964. En la cabecera del puente, al lado de Buda, se alza la estatua de bronce de Sissi, en un recoleto jardín. Mientras que, desde el centro del mismo, se disfruta de una excelsa vista del castillo de Buda, la Ciudadela y la colina Gellért, y al caer la noche, se ilumina tenuemente. El mirador de Sissi que honra a la emperatriz lo diseñó en 1910 Frigyes Schulek, el mismo arquitecto del Bastión de los Pescadores, a pocos metros de la iglesia de San Matías, lugar que también solía frecuentar la emperatriz. Desde el mirador se divisa la capital húngara en toda su extensión, ya que la colina János es el punto más alto de la ciudad. Una forma deliciosa de alcanzarlo es a bordo del llamado tren de los niños de Normafa, en el que cobradores y acomodadores son menores uniformados gestionando el viaje, mientras los compañeros que quedaron en tierra despiden con júbilo a los pasajeros. Amor a primera vistaSissi adoraba Hungría, a pesar de que en su primera visita a Budapest, en 1857, perdió por fiebre altas a su hija Sofía, de apenas dos años. Fue ella quien logró mantener Hungría unida al Imperio austrohúngaro. De hecho, tras la derrota de Sadowa en 1866, cuando los ejércitos prusianos avanzaban hacia Viena, la emperatriz optó por refugiarse en Buda junto con sus hijos. Decisión que ratificó la confianza de la emperatriz al buscar protección en territorio húngaro, abortando cualquier posible amago de insurrección.Más tarde, cuando Hungría pasó a formar el imperio austrohúngaro, se cuenta cómo en su entrada a Budapest, a bordo de una calesa, Isabel de Baviera vestía un traje de inspiración húngara bordado en plata con motivos tradicionales del país, como gesto de cariño hacia Hungría.Es bien sabido que la vida en la rígida corte austriaca, tras crecer libremente entre los bosques de su palacio de Baviera, Possenhofen —al que ella apodaba cariñosamente Possi—, no se adaptaba a su personalidad. Sin embargo, en Hungría, quizás por el carácter cálido y acogedor de los húngaros, se sentía en casa, admirando la lucha de sus habitantes por la libertad. La influencia de la emperatriz con su esposo Francisco José fue un elemento crucial para la autonomía húngara y la estabilidad del imperio austrohúngaro. El paladar dulce de SissiPero volviendo a una de aquellas placenteras mañanas de paseo, una vez terminada la oración, no lejos del castillo de Buda, donde los reyes tenían sus aposentos, Sissi pasaba por la histórica cafetería Ruszwurm Cukrászda, la más antigua de Budapest (data de 1827), y saboreaba el Ruszwurm Krémes, un pastel relleno de crema con sabor a vainilla. Otro de sus dulces favoritos era la deliciosa tarta Dobos, de chocolate y caramelo, del Café Gerbeaud. Inaugurado en 1858, su decoración majestuosa y lo exquisito de su repostería pronto le convirtieron en el lugar de encuentro de la alta sociedad de Budapest. Y para terminar con el dulce capítulo de Isabel de Baviera cabe decir que, si por algún motivo esa mañana la monarca no tenía ganas de salir, enviaba a Ida Ferenczy a buscar el desayuno al Ruszwurm. Ambos cafés siguen confeccionando en su obrador sus pasteles preferidos.La debilidad de la emperatriz por Hungría también se manifestaba a la hora de elegir sus damas de compañía, entre ellas, las húngaras Ida Ferenczy, Marie Festetics o la condesa Irma Sztáray. Ida Ferenczy, especialmente, tuvo un papel esencial en su devoción por Hungría. Si entró en la corte de Viena levantando ampollas por su ascendencia húngara, Sissi la nombró Canonesa de Brünn y Lectora de su Majestad, a la vez que le otorgaba el título nobiliario de Frau. Pronto se convirtió en su íntima amiga, cómplice de sus aventuras y persona de confianza. Tanto que tenía su habitación junto a la de Sissi y a la muerte de esta gestionó y ayudó a fundar el Museo de Sissi en Budapest, pues conservaba gran parte del legado de la reina y lo donó al museo situado en Buda, que, cerrado durante el comunismo, ahora pertenece al Palacio Real de Gödöllö. El restaurante Ida, nombrado en recuerdo de la dama de compañía de Sissi, es un atractivo bistró donde probar las especialidades de la gastronomía austrohúngara. No se puede hablar de la Hungría de Sissi sin hacerlo del célebre conde Andrássy, a quien conoció gracias a Ida Ferenczy. El conde apoyaba al partido radical de Lajos Kossuth, líder del nacionalismo húngaro, y fue considerado un rebelde impenitente, condenado a muerte por el imperio que incluso lo ahorcó simbólicamente en una efigie de Pest y le confiscó sus propiedades. Curiosamente, el entonces apodado “el ahorcado”, años después fue el encargado de colocar la corona de San Esteban, enviada por el papa Silvestre II al primer rey cristiano de Hungría en el año 1000, sobre la cabeza de Francisco José y de la emperatriz Isabel tras la consolidación del imperio austrohúngaro. La Ópera de Budapest y Palacio Real de GödöllöEl emperador mandó construir la Ópera de Budapest a condición de que no superara en tamaño a la de Viena. Diseñada por Miklós Ybl, considerado el máximo representante del historicismo en la arquitectura húngara, su inauguración tuvo lugar el 27 de septiembre de 1884 en presencia de Francisco José I e Isabel de Baviera, ofreciendo piezas emblemáticas húngaras y una internacional. Y dicen que el emperador se quedó atónito ante la belleza de la Ópera y nunca volvió a ella al considerar que, si bien era más pequeña que la de Viena, la superaba en belleza.Sin embargo, quien volvió reiteradamente a disfrutar de sus espectáculos fue Sissi. Tenía “el palco de Sissi”, al que accedía por una escalera secreta para no ser vista y probablemente acompañada del conde Andrássy, nombre que se le ha otorgado a la avenida donde se sitúa la controvertida Ópera de Budapest. Francisco José, quizás rendido ante la evidente pasión de su esposa por Hungría, a donde viajaba continuamente, mandó construir un palacio en pleno casco antiguo de la ciudad, a escasos metros del Danubio y del Parlamento, como sede de la delegación austriaca del reino. Como tantos otros, el Palacio Ana, nombrado así en honor a la archiduquesa de la casa de los Habsburgo, era un homenaje a Sissi, que acudía a las reuniones palaciegas del Budapest del siglo XIX. Hoy convertido en el Áurea Ana Palace Hotel, mantiene su esplendor original y los retratos de Sissi se suceden por los pasillos de la real estancia. El tesoro del alojamiento es el comedor, antiguo receptáculo de las veladas de baile, presidido por un enorme retrato de la emperatriz. Sin embargo, el auténtico refugio de Sissi fue el Palacio Gödöllö, regalo en nombre del estado a los reyes del imperio austrohúngaro tras la unificación de los dos países, y a donde solía acudir la emperatriz, a menudo acompañada por Gyula Andrássy, para entonces primer ministro húngaro y ministro de Asuntos Exteriores austrohúngaro (1871-1879). Situado a 30 kilómetros de la capital húngara, en Gödöllö la reina cabalgaba por los frondosos bosques del palacio y seguía libremente sus dietas alimenticias, ya que tenía verdadera obsesión por la delgadez y por los cosméticos. Se cuenta que le encantaban los baños de vapor y los de aceite de oliva para hidratar la piel. Practicaba esgrima y ciclismo, como mujer adelantada a su tiempo que era. Leía, descansaba, hablaba húngaro con el servicio e incluso aprendió a bailar danzas populares, pero también iba a fiestas y hacía vida social, y quién sabe si de vez en cuando se escaparía a alguna taberna a disfrutar de una jarra de cerveza, pues como buena bávara adoraba la bebida de malta.Su dormitorio está tal y como ella lo decoró con tonos malvas, su color favorito. Como también se encuentra intacta la escalera privada por donde se movía a su antojo por el palacio sin vigilancia. Si en el Palacio de Gödöllö Sissi consiguió ser ella misma, también el castillo fue la cuna natal de María Valeria, la última de sus hijos, a la que se vino a llamar la “niña húngara”, quizás porque nació en Hungría o quizás porque, como dicen algunas lenguas, era la hija del conde Andrássy…