Vuelvo de tres días en La Granja, donde el Instituto Español de Estudios Estratégicos ha convocado -por segundo año consecuetivo- a la comunidad de especialistas en asuntos y estudios internacionales y pensamiento estratégico del sector público y privado. En nombre propio, y a puerta cerrada, se ha podido comentar, debatir y avanzar en las ideas para la España geopolítica en un mundo hostil. Pensar, como dice el bueno de Bernie Gunther, no es muy espectacular, pero da resultados. Hay pocos consensos, pero éste es uno de ellos: el interés creciente por la geopolítica, su impacto en la política nacional y los procesos electorales, en la cuenta de resultados y en la gestión de negocios, o en la propia conversación de barra de bar. Comparto mis notas con el ánimo de agitar la esfera pública conforme a los cuatro elementos del poder: Diplomacia, Información, Militar, Economía (DIME). En el sistema diplomático, la segunda administración Trump ha acelerado un cambio histórico: la seguridad es el eje vertical, mientras que la democracia liberal es instrumental. Roto el tablero del orden liberal, la desglobalización se desentiende de las claves ideológicas del siglo XX. Las instituciones, los valores, los acuerdos o los instrumentos se devalúan y volvemos a un entorno de diplomacia presidencial, ninguneando a las cancillerías, y privada, ante la proliferación de emisarios propios de las Compañías de Indias. Estados Unidos reconoce el final de la unipolaridad y persigue una relación bilateral sin otra mediación multilateral. Puede que la nación indispensable no esté en el centro, pero es determinante. Rusia, Israel, China, pero también Marruecos, Emiratos o Brasil aspiran a una relación íntima, al menos, mejor que la de sus vecinos. Con dificultad, la Unión Europea acepta que ya no es la prioridad política y emocional de los Estados Unidos. Es una cuestión generacional: han pasado 82 años del desembarco en las playas de Omaha. Nosotros, los europeos, necesitamos constituir una respuesta que cuesta dinero en un momento de crisis fiscal, industrial… y demográfica. El reloj ya corre. La cuestión incómoda que planea es Rusia. No sabemos los europeos qué tipo de relación queremos con el agresor o cómo alcanzar dicho objetivo. Lo mismo sucede con China, inversor de nuevo cuño que aspira a conquistar nuestros corazones y mercados, pero sin asomar una partícula de transferencia tecnológica. América Latina quiere tener agencia para no entramparse en la gran competición global. El interés por África es guadianesco cuando debiera ser nuestra prioridad. TE PUEDE INTERESAR En la dimensión de información, el dominio cognitivo es el sintagma de moda. Se ha asentado como la capacidad efectiva para influir en la opinión pública a través de análisis de datos, provisión de narrativas y creación de líderes de opinión ajenos a la tradición periodística, universitaria o científica. La percepción de la realidad anticipa un modo para la toma de decisiones. El dominio cognitivo ensancha la base de operaciones en la zona gris: erosiona la confianza en las instituciones, alimenta la polarización afectiva y debilita la cohesión social. Ante conflictos prolongados, el público acaba por confundir qué objetivo es legítimo, quién es el agresor o cuál es la reclamación. El dominio cognitivo sepulta la diplomacia pública y el poder blando: los nuevos actores globales crean sus narrativas basadas sobre el estatus y el miedo. El auge de la inteligencia artificial generativa, los algoritmos, los datos, las redes sociales y las plataformas completa el escenario. Los líderes pueden estar tentados de "kill chain" y acortar los tiempos de decisión y ejecución, así como eliminar la "pesada" carga de persuadir a la opinión pública. La sociedad digital diluye las fronteras entre guerra, política o comunicación. Representa un cambio táctico de calado, ya que genera rendimientos crecientes a escala al mentiroso. En el ámbito militar, extraigo varias lecciones de las jornadas. La cuestión económica es relevante, pero necesita foco. Las capacidades militares son el agregado de los instrumentos, la formación, los buenos salarios, la interoperabilidad, el mantenimiento y la innovación. No basta con inyectar dinero europeo en la industria, sino que debemos generar capacidades propias y conectadas. En mi opinión, en sintonía con las directrices de la OTAN, si bien con un avanzado ejercicio de reequilibrio transatlántico. España debe ambicionar más y situarse en el centro del debate europeo de seguridad y defensa. La traducción de las ideas en liderazgo pasa por la inversión, la construcción de campeones nacionales con capacidad para liderar proyectos europeos y el incremento presupuestario para la acción exterior (seguridad, defensa, diplomacia, cooperación, inversiones). Y, por encima de todo, el quid militar necesita consenso y largo plazo para construir una cultura estratégica que permee en toda la sociedad. La seguridad no es un apéndice de la democracia, sino un driver de la estabilidad y el orden. Acontecen nuevos eventos en el ámbito migratorio, alimentario, energético, fronterizo, electoral que no son fáciles de etiquetar como paz o guerra, pero que son fundamentales para el nuevo orden que ahora emerge. TE PUEDE INTERESAR En otro orden, la cuestión nuclear retorna con fuerza. El desenlace de la guerra de Irán precipita el deseo de adquirir capacidades y misiles balísticos con fines disuasorios. Más aún, el final del paraguas militar estadounidense anima el debate en Oriente Medio, pero también en Europa, el Indo Pacífico o, incluso, África. Sin un conjunto de normas consensuadas, todo apunta a que la próxima generación verá un crecimiento sensible de cabezas y ojivas. La cuestión tecnológica cierra el debate. Si la inteligencia artificial y los drones ganan guerras, ¿qué inversiones priorizamos en un presupuesto de suma cero? En la dimensión económica, la preocupación por la energía, los recursos, la estabilidad de los mercados y la seguridad jurídica domina la conversación. Del Ártico a los océanos y los estrechos, la libertad de los mares, las infraestructuras críticas, el acceso a minerales, la lucha por los recursos dibuja un escenario de conflictos y turbulencias. El retorno de la geografía y los chokepoints están nuestro vocabulario. Estados Unidos recupera el paradigma de la geopolítica del siglo XIX. Rusia, China, India, Pakistán, Israel, Turquía, Ruanda o Marruecos reclaman una revisión de fronteras y territorios. América Latina aspira a que el litio y el cobre no conduzcan a un nuevo extractivismo industrial y que la abundancia se transforme en bienestar regional. No parece el escenario actual. Las empresas incorporan nuevos indicadores de riesgo, bien como dependencias de proveedores críticos (los medios de pago digitales de capital estadounidense, las materias primas), bien como la exposición a mercados inestables. Cada dependencia se explota como vulnerabilidad. La geoeconomía fragmenta mercados, cadenas de valor y la seguridad económica. TE PUEDE INTERESAR Vivimos en un mundo hostil. Es el argumento de una novela de Joseph Conrad. En este momento estratégico, el derecho internacional ya no embrida el poder duro. La diplomacia se debilita a conciencia. Los valores liberales son un lujo cada vez más caro. Los bienes públicos globales se han desvanecido. Las guerras asimétricas no se ganan por capacidad, sino por constancia. La economía ha incorporado el riesgo geopolítico en la cuenta de resultados. Por eso mismo, España necesita ideas geopolíticas propias y traducir éstas en hitos y decisiones aterrizadas para adaptar la acción exterior española. No necesitamos más retórica presidencial, sino una propuesta financiada para adaptar España a la era de la desglobalización. *Juan Luis Manfredi, catedrático de Estudios Internacionales e investigador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Castilla-La Mancha. Vuelvo de tres días en La Granja, donde el Instituto Español de Estudios Estratégicos ha convocado -por segundo año consecuetivo- a la comunidad de especialistas en asuntos y estudios internacionales y pensamiento estratégico del sector público y privado. En nombre propio, y a puerta cerrada, se ha podido comentar, debatir y avanzar en las ideas para la España geopolítica en un mundo hostil. Pensar, como dice el bueno de Bernie Gunther, no es muy espectacular, pero da resultados. Hay pocos consensos, pero éste es uno de ellos: el interés creciente por la geopolítica, su impacto en la política nacional y los procesos electorales, en la cuenta de resultados y en la gestión de negocios, o en la propia conversación de barra de bar. Comparto mis notas con el ánimo de agitar la esfera pública conforme a los cuatro elementos del poder: Diplomacia, Información, Militar, Economía (DIME).
La España geopolítica en un mundo hostil
La diplomacia se debilita a conciencia. Los valores liberales son un lujo cada vez más caro. Los bienes públicos globales se han desvanecido. La economía ha incorporado el riesgo geopolítico en la cuenta de resultados
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