La promesa era simple: recuperar el control. Pero diez años después, Reino Unido sigue preguntándose qué hacer con él. La economía británica continúa creciendo por debajo de sus posibilidades, la productividad permanece estancada, la inmigración no ha disminuido —simplemente ha cambiado de origen— y el sistema bipartidista que dominó durante generaciones la política nacional atraviesa una transformación sin precedentes ante el auge de las fuerzas populistas. Pero, sobre todo, el Brexit está lejos de ser un capítulo cerrado. El debate vuelve a ocupar el centro de la vida política británica en un momento en que cerca del 60% del electorado afirma que votaría hoy por regresar a la Unión Europea. La consulta sobre la permanencia en el bloque comunitario —en la que el Brexit se impuso con el 51,9% de los votos frente al 48,1% que optó por seguir— cumple ahora su décimo aniversario. Y la pregunta ya no es si fue un éxito o un fracaso, sino por qué el Reino Unido sigue sin encontrar un consenso sobre qué tipo de país quiere ser. Los británicos están a punto de tener su séptimo primer ministro en una década. Keir Starmer ha anunciado su dimisión apenas dos años después de lograr una mayoría absoluta histórica y todo apunta a que será sustituido por Andy Burnham, quien, salvo sorpresa, evitará unas primarias para convertirse automáticamente en líder laborista y nuevo inquilino de Downing Street. Un relevo rápido, a fin de evitar alargar la incertidumbre, tal y como defendió en su día el Partido Conservador con sus continuos cambios, que vuelve a poner a un nuevo mandatario en el Número 10 sin necesidad de pasar por las urnas y sin explicar cuál es su plan para gobernar el país. La consulta de 2016 nunca surgió de una demanda popular masiva, sino de una disputa enquistada en el seno del Partido Conservador. David Cameron, reforzado tras la derrota del independentismo escocés en el referéndum de 2014, creyó que podría zanjar definitivamente las divisiones europeas de su partido convocando una votación que confiaba en ganar. Se equivocó. El divorcio —inesperado incluso para los protagonistas de la causa euroescéptica, tal y como admitieron— desencadenó una transformación política cuyos efectos siguen definiendo el presente británico. "Revivir algunas de las batallas y revisar los viejos correos electrónicos, mensajes de texto y notas me ha hecho darme cuenta de lo brutal que fue todo aquello", aseguraba en una reciente entrevista con The Telegraph Matthew Elliott, arquitecto de Vote Leave, la campaña oficial a favor de la salida de la UE. Aunque el Brexit se presentó como la voluntad de Reino Unido, la realidad es que fue Inglaterra quien inclinó la balanza. Escocia votó por permanecer con un 62% de los sufragios e Irlanda del Norte lo hizo con un 56%. Londres también respaldó claramente la continuidad en el bloque comunitario. Solo Inglaterra y Gales apostaron por la salida, aunque el peso demográfico inglés terminó imponiéndose sobre el resto de naciones del país. TE PUEDE INTERESAR Según la media de los sondeos publicados este año, una vez excluidos los indecisos, el 60% de los británicos votaría hoy por permanecer o regresar a la UE, mientras que solo un 40% optaría por seguir fuera. Por eso Elliott está convencido de que las próximas elecciones generales, previstas para 2029, "serán básicamente una repetición del referéndum del Brexit". ¿Se ha vuelto el Reino Unido ingobernable? Tony Travers, uno de los analistas políticos más respetados del país, cree que la maquinaria del Estado sigue funcionando, pero advierte de que gobernar se ha vuelto mucho más difícil. "Los conservadores ya lo descubrieron y ahora los laboristas están viviendo algo parecido. Los líderes son juzgados y considerados fracasados con enorme rapidez, algo impensable en el pasado", explica. A su juicio, la razón principal es el profundo cambio experimentado por el electorado británico. "Antes existía una fuerte lealtad a los partidos. Eso prácticamente ha desaparecido. Ahora se vota por cuestiones concretas, por identidades locales o simplemente como rechazo a la política tradicional. Tanto Reform como los Verdes son, en cierto modo, partidos que se presentan contra el sistema establecido". Durante buena parte de los últimos tres siglos, la política británica giró alrededor de dos grandes partidos capaces de alternarse en el poder. Ese modelo ya no existe. El Brexit fracturó las viejas lealtades electorales y creó nuevas identidades políticas que atraviesan las fronteras tradicionales entre izquierda y derecha. El populista Nigel Farage ha sido uno de los grandes beneficiados de esta transformación. Su partido, Reform UK, lidera desde hace meses buena parte de las encuestas nacionales y amenaza con convertirse en la principal fuerza política del país en las próximas elecciones generales previstas para 2029. Según Sara Hobolt, profesora de Ciencia Política de la London School of Economics, el Brexit aceleró un proceso que ya estaba en marcha, creando dos nuevas tribus políticas, los partidarios de la salida y los que querían permanecer en la UE, en lugar de apego partidista. "Cuando una persona rompe una vez con su partido por una cuestión tan importante, resulta mucho más fácil volver a abandonarlo en futuras elecciones", añade. TE PUEDE INTERESAR La consecuencia ha sido una fragmentación sin precedentes. Mientras el voto euroescéptico se reparte entre Reform UK y unos conservadores profundamente debilitados, los partidarios de una relación más estrecha con Europa se distribuyen entre laboristas, liberaldemócratas y verdes. Esto explica una de las grandes contradicciones de la política británica actual. Las encuestas sitúan el apoyo a una hipotética permanencia en la Unión Europea en máximos históricos. Sin embargo, es Reform UK quien encabeza los sondeos. Farage no representa una mayoría social —su respaldo en sondeos ronda el 25%— pero sí canaliza el descontento de quienes consideran que las élites políticas han fracasado tanto en la gestión del Brexit como en la definición de un proyecto nacional posterior. Este escenario también ha impulsado el auge del nacionalismo territorial. Por primera vez en la historia del Reino Unido, fuerzas nacionalistas gobiernan simultáneamente en Escocia, Gales e Irlanda del Norte. La ruptura del país no parece un riesgo inminente, ya que las encuestas muestran que los votantes han estado motivados por factores distintos a la independencia. Sin embargo, la situación abre la puerta a nuevas disputas constitucionales capaces de generar importantes tensiones para el Ejecutivo central. El descontento del electorado se explica en parte por la débil situación económica. Teniendo en cuenta que la UE sigue siendo, con diferencia, el principal socio comercial del Reino Unido, la cuestión nunca fue si el Brexit tendría un coste, sino cuán elevado sería y si las ventajas derivadas de una mayor autonomía política compensarían esas pérdidas. No se produjo el colapso económico que anticipaban algunos escenarios más alarmistas, pero tampoco llegó la renovación nacional prometida por los defensores de la salida. El Acuerdo de Comercio y Cooperación firmado entre Londres y Bruselas preservó el comercio de bienes libre de aranceles, pero introdujo nuevas barreras regulatorias, limitó el acceso al mercado europeo de servicios y puso fin a la libre circulación de personas. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OBR), el organismo independiente encargado de supervisar las cuentas públicas británicas, calcula que el Brexit reducirá la productividad a largo plazo en torno a un 4%. TE PUEDE INTERESAR Por su parte, un estudio elaborado por economistas del King's College London, la Universidad de Stanford, el Banco de Inglaterra y la Universidad de Nottingham para la National Bureau of Economic Research estima que en 2025 el PIB británico era entre un 6% y un 8% inferior al que habría alcanzado permaneciendo en la UE. Los mismos investigadores calculan que la inversión empresarial es entre un 12% y un 18% menor. Para Jonathan Portes, profesor de Economía y Políticas Públicas del King's College London, la discusión sobre la cifra exacta resulta secundaria. "El impacto más importante es acumulativo: menos empresas comerciando, menor inversión, menos presión competitiva y una integración más débil en las cadenas de suministro europeas", sostiene. Pocas cuestiones influyeron tanto en el resultado del referéndum de 2016 como la inmigración. Recuperar el control de las fronteras fue una de las principales promesas de la campaña euroescéptica. Sin embargo, el resultado final ha sido mucho más complejo. TE PUEDE INTERESAR El Brexit redujo drásticamente la llegada de ciudadanos procedentes de la Unión Europea, pero no redujo la necesidad británica de mano de obra extranjera. La inmigración neta alcanzó un récord de 944.000 personas en el año hasta junio de 2023 antes de comenzar a descender hasta 171.000 el año pasado tras el endurecimiento de las normas migratorias. Lo verdaderamente relevante no es tanto cuántas personas llegaron, sino quiénes llegaron. Desde la salida efectiva del mercado único en 2021, alrededor de 5,6 millones de personas han entrado en Reino Unido y casi nueve de cada diez procedían de fuera de la UE. Los indios constituyen el grupo más numeroso, seguidos por nigerianos, chinos y pakistaníes. La sustitución ha sido especialmente visible en el mercado laboral. Durante dos décadas, sectores como la hostelería, la agricultura, la construcción o la logística dependieron de trabajadores procedentes de Europa del Este y del sur de Europa. Tras el Brexit, muchas de esas vacantes comenzaron a cubrirse con mano de obra llegada desde Asia y África. TE PUEDE INTERESAR Los datos de la Agencia Tributaria y Aduanera muestran que decenas de miles de europeos empleados en hoteles, restaurantes y servicios fueron reemplazados por trabajadores extracomunitarios. Algo similar ocurrió en el Sistema Nacional de Salud, cuya campaña masiva de contratación internacional se ha apoyado principalmente en profesionales procedentes de fuera de la UE. En definitiva, la economía británica sigue necesitando trabajadores. El envejecimiento de la población, las dificultades de contratación en sectores esenciales y la expansión de universidades, hospitales y residencias continúan generando una fuerte demanda de mano de obra extranjera. Diez años después, el Reino Unido tiene menos inmigración europea, pero no menos inmigración. Con unas encuestas que muestran una opinión pública cada vez más favorable a estrechar la relación con Bruselas, hablar del Brexit ya no parece el suicidio electoral que muchos laboristas temían. Aunque la incógnita es ahora qué tipo de relación con la UE querrá construir el sucesor de Starmer. De momento, la cumbre entre Londres y Bruselas prevista para el 22 de julio ha quedado pospuesta ante la incertidumbre que se respira en Downing Street. En la reunión celebrada en mayo de 2025 —la primera cita política de alto nivel entre ambas partes desde el Brexit— se acordó negociar nuevos acuerdos sobre normas sanitarias y fitosanitarias, mercados de emisiones y cooperación energética. Pero, salvo el regreso a Erasmus+, prácticamente ninguno de los compromisos del prometido "reinicio" de Starmer se ha materializado todavía. Uno de los principales obstáculos afecta al programa de movilidad juvenil, donde persisten diferencias sobre las tasas universitarias que deberían pagar los estudiantes europeos en Reino Unido. En las últimas semanas se habían registrado algunos avances, pero ahora todo ha quedado en suspenso. La parálisis resulta especialmente relevante en materia de defensa. La Asociación de Seguridad y Defensa firmada el año pasado entre Londres y Bruselas es un documento no vinculante que no establece plazos ni compromisos concretos. Su principal objetivo era abrir la puerta a la participación británica en el fondo SAFE, el fondo europeo de defensa dotado con 150.000 millones de euros en préstamos para financiar compras militares conjuntas y reforzar la industria armamentística del continente. TE PUEDE INTERESAR Las conversaciones se rompieron en noviembre de 2025 por desacuerdos sobre la contribución financiera que debía realizar el Reino Unido. Sin embargo, recientemente ambas partes han mostrado interés en colaborar en el mecanismo europeo de préstamos para Ucrania, lo que podría servir de base para reabrir las negociaciones. El apoyo a Ucrania ha contribuido además a reparar parte de la desconfianza generada por el Brexit y ha devuelto al Reino Unido un papel relevante en los debates sobre seguridad europea. Anand Menon, director del think tank UK in a Changing Europe, recalca que el Reino Unido sigue siendo una potencia importante a la hora de reunir aliados en materia de seguridad europea. "Lo vemos con el papel de Keir Starmer al frente de la llamada coalición de los dispuestos y también dentro del formato E3 junto a Alemania y Francia". TE PUEDE INTERESAR Sin embargo, coincide con la tesis académica cada vez más extendida de que, tras el Brexit, el país, como potencia media, ha perdido parte de su influencia global. "Como miembro de la UE, como parte de una economía de tamaño continental, podíamos influir de manera significativa en los acontecimientos económicos internacionales. Pero ya no estamos dentro de la sala donde se toman las decisiones. Como país individual, ya no podemos influir en la misma medida", explica. El Reino Unido ya sabe cómo es vivir fuera de la UE. Lo que todavía no ha conseguido decidir es qué quiere hacer con esa libertad recuperada. Ninguno de los seis primeros ministros que han pasado por Downing Street desde el referéndum ha logrado ofrecer una respuesta duradera. Andy Burnham será probablemente el séptimo en intentarlo.
La promesa incumplida: 10 años de la peor/mejor (elige tu propio dato) decisión de Reino Unido
La promesa era simple: recuperar el control. Pero diez años después, Reino Unido sigue preguntándose qué hacer con él. La economía británica continúa creciendo por debajo de sus posibilidades y la productividad permanece estancada
Diez años tras el Brexit, el 60% de electores británicos hoy votaría volver a la UE. Siete gobiernos en diez años e instabilidad política generan incertidumbre normativa y riesgos de talento tech en el mercado británico.












