Alan Greenspan (Nueva York, 1926-Washington 2026) falleció este lunes, pero su muerte civil, si se puede hablar en estos términos, llegó hace casi dos décadas. Exactamente, el 15 de septiembre de 2008, cuando la crisis de Lehman Brothers, un banco de inversión, logró desmadejar el capitalismo moderno —de carácter financiero— y el planeta se sumergió en una de esas crisis que periódicamente ponen al mundo al borde del precipicio. Esto es así porque lo peor que le puede pasar a un banquero central es ver cómo su estrategia monetaria —y Greenspan estuvo al frente de la Reserva Federal durante casi 20 años— se desmorona como un azucarillo en apenas unas semanas. Aunque Greenspan había dejado la Fed dos años antes del crack, cuando los mercados temblaron en aquel fatídico 2008, todo el mundo se acordó de él y de su obra. No de Bernanke, su sucesor. Por cierto, un experto en la Gran Depresión de 1929. El maestro, como lo llaman algunos célebres periodistas políticos metidos al análisis económico, había cebado tanto la oferta monetaria que el sistema acabó por explotar. No era sólo el extraordinario aumento de la liquidez que se produjo en los años anteriores a la crisis, sino también el abuso de la palabra mágica que por entonces se aplicaba en los mercados financieros: desregulación. Se entendía que cuanto menos regulación, el sistema sería más sano, pero la mezcla exclusiva de ambos componentes fue letal. Aumentar la oferta monetaria y al mismo tiempo desregular hasta convertir a la banca de inversión en banca de depósitos sólo podía salir mal. Y eso es lo que ocurrió hace un par de décadas. Greenspan, sin embargo, convenció a todo el mundo de que esa estrategia era la correcta, en particular a Wall Street, con quien hablaba de tú a tú desde que en la crisis de 1987 —la inmediatamente anterior— sacó a los mercados de otro atolladero, en esta ocasión con éxito. Desde entonces, cultivó una especie de aureola cercana a la divinidad que los analistas convirtieron en leyenda. Incluso cuando respondía de forma enigmática, como aquella vez, muy celebrada, en la que le respondió a un periodista tras unas palabras suyas: ‘Si usted cree que me ha entendido, es que no me he expresado bien’. Las malditas hipotecas A los mercados les bastaba esa forma encriptada de hablar porque los resultados eran óptimos. Lógicamente, hasta que estalló la crisis financiera, alimentada por concesiones de créditos para la adquisición de viviendas que acabaron en las famosas hipotecas subprime. Precisamente, porque la Reserva Federal y las autoridades económicas decidieron abrir la mano para que todo el mundo tuviera su vivienda, dando por bueno que menos control era sinónimo de crecimiento económico. En el año 2000, se construyeron en EEUU 1,5 millones de viviendas, pero es que en enero de 2006 el número superaba ya los 2,3 millones de casas, lo que supone un aumento de prácticamente el 50% en apenas un quinquenio. Desde luego, mucho más que el crecimiento de su población. Y aquí entra la opinión de uno de los mayores críticos de Greenspan, el Premio Nobel Joseph Stiglitz, para quien el presidente de la Reserva Federal no se dio cuenta con el tiempo suficiente de la que se le venía encima. Y en lugar de endurecer su política monetaria para evitar la formación de una burbuja, lo que hizo fue contentar a los mercados con tipos de interés anormalmente bajos TE PUEDE INTERESAR Tuvo que pasar algún tiempo para que Greenspan reconociera ante el Congreso de su país que estuvo parcialmente equivocado cuando se opuso a la regulación de algunos aspectos de la especulación financiera. En un discurso en mayo de 2005, Greenspan afirmó con su estilo característico que la regulación privada había demostrado que es mucho más adecuada que la regulación gubernamental para constreñir la excesiva toma de riesgos. El hombre que salvó al mundo Con ese discurso por bandera, The New York Times llegó a decir de él: “Para qué queremos a Dios si tenemos a Greenspan”. De él también se dijo, como recordó otra de las biblias del periodismo económico, Financial Times, que estábamos ante ‘el hombre que salvó al mundo’ tras el derrumbe de las torres gemelas. Al ‘maestro’, como le llamó Bob Woodward en su biografía casi oficial, sin embargo. le llovieron chuzos de punta tras el crack de 2008. TE PUEDE INTERESAR Había razones. Greenspan respaldó la suicida bajada de los impuestos decretada por George W. Bush para estimular artificialmente el consumo, lo que provocó un gigantesco déficit presupuestario del que EEUU todavía no se ha recuperado. Y para más inri, permitió que los tiburones de Wall Street camparan a sus anchas cometiendo todo tipo de tropelías con salarios de escándalo. No acaba ahí la lista de agravios. El principal de sus errores fue, según sus críticos, haber permitido a los bancos de inversión (Morgan, Merrill, Lehman...) asumir riesgos imposibles de cumplir. Creando, en una palabra, monstruos financieros con pies de barro que tarde o temprano tendrían que desmoronarse a la misma velocidad que ha estallado la burbuja inmobiliaria. No es casualidad que a Greenspan se le llamara el ‘amigo’ de los mercados, con quien siempre mantuvo algo muy parecido a un compadreo, dicho en tono castizo. Una sola insinuación suya, sin necesidad de alterar los tipos de interés, era capaz de mover Wall Street, ya que sus ‘amigos’ sabían de antemano lo que quería decir el ‘maestro’. Alguien escribió aquellos días que el Greenspan de la Reserva Federal era una mezcla de político y rigor técnico, y sin duda que así actuó durante casi dos décadas. Dando ‘toques’ a los mercados en forma de advertencia (su célebre expresión de exuberancia irracional), pero sin intervenir de forma resuelta y decidida. Como cuando en la primavera de 1998 el jefe de la CFTC (Commodity Futures Trading Commission) le mostró su preocupación sobre el imparable crecimiento del mercado de derivados. Greenspan no mostró inquietud alguna y sugirió que una regulación más estricta sólo perturbaría su funcionamiento. La gran perturbación llegó en 2008. Alan Greenspan (Nueva York, 1926-Washington 2026) falleció este lunes, pero su muerte civil, si se puede hablar en estos términos, llegó hace casi dos décadas. Exactamente, el 15 de septiembre de 2008, cuando la crisis de Lehman Brothers, un banco de inversión, logró desmadejar el capitalismo moderno —de carácter financiero— y el planeta se sumergió en una de esas crisis que periódicamente ponen al mundo al borde del precipicio.
"Para qué queremos a Dios si tenemos a Greenspan": Auge y caída de un mito
Lo peor que le puede pasar a un banquero central es ver cómo su política monetaria —y Greenspan estuvo al frente de la Fed durante 20 años— se desmorona como un azucarillo en pocas semanas. Ha fallecido este lunes










