“El Gobierno tiene una semana para resolverlo ahora”, murmuró, irritada, Patricia Bullrich antes de abandonar el Senado. La rodeaban sus colaboradores más cercanos, que corrían detrás de ella para enterarse del detalle de la negociación con los senadores que permitió postergar una semana la moción de censura contra Manuel Adorni. Bullrich le había obsequiado a Javier Milei un regalo envenenado, un ultimátum: el Presidente tenía hasta el miércoles 24 para echar al jefe de Gabinete o sus aliados en la UCR y el PRO avanzarían con su expulsión desde el Senado.
La respuesta de Milei tardó 48 horas en llegar y no fue la que sus funcionarios esperaban. En vez de desplazar a Adorni –un reclamo que solo puede pronunciarse a puertas cerradas y en voz muy baja, a riesgo de despertar la ira presidencial–, lo blindó con el nombramiento de un nuevo vocero. La designación de Adrián Ravier para difundir la postura presidencial pretende sortear la parálisis comunicacional que arrastra el Gobierno desde que estalló el escándalo patrimonial del jefe de Gabinete sin resolver el problema de fondo: la permanencia de Adorni en el organigrama estatal.
“Adorni no va a renunciar, Milei fue claro. Es responsabilidad del Presidente elegir a su Gabinete”, zanjó el debate uno de sus principales negociadores en Casa Rosada. Ni premios consuelo en embajadas ni elusivos pedidos de licencias hasta que la tormenta pase: Milei está decidido a sostener a Adorni y prefiere esperar a que el Congreso lo eche antes que aceptarle la renuncia. Amenaza, incluso, con volver a recontratarlo si la oposición es exitosa.












