El Gobierno de Javier Milei enfrenta una decisión que trasciende a Manuel Adorni. Lo que está en juego no es solamente la continuidad de un funcionario, sino la capacidad del Gobierno para entender que la política, guste o no, manda y obliga. Las próximas semanas serán decisivas. La oposición avanza con una ofensiva parlamentaria que podría derivar primero en una interpelación y luego, si consigue los números necesarios, en una moción de censura contra el jefe de Gabinete. Frente a ese escenario, la Casa Rosada tiene apenas dos caminos: encontrar una salida elegante para Adorni o prepararse para una batalla institucional que puede terminar convirtiéndose en una derrota política autoinfligida. Muchos se preguntan si vale la pena arriesgar tanto por un funcionario cuyo desgaste parece haberse instalado en una parte importante de la sociedad y difícilmente sea olvidado en el corto plazo. Dentro del oficialismo, muchos creen que sí. Entienden que ceder sería una señal de debilidad y que entregar una pieza propia alentaría nuevas ofensivas opositoras. Otros, en cambio, consideran que la permanencia de Adorni se está transformando en un costo innecesario y que insistir en sostenerlo puede terminar debilitando al propio Presidente.