Cabo Verde llegó al Mundial 2026, con pocas expectativas. Un país de poco más de 500 mil habitantes, repartido en un archipiélago frente a la costa occidental de África, con pocos recursos naturales, clima seco y sin grandes fuentes de agua dulce, se había metido por primera vez entre las mejores selecciones del planeta. El boleto ya era un milagro, pero el torneo le dio una dimensión distinta: primero empató sin goles contra España, una de las candidatas al título, y después le sacó un 2-2 a Uruguay, dos veces campeón del mundo.Cabo Verde no se presentó en Norteamérica como un invitado agradecido por estar, sino como una selección capaz de resistir, incomodar y sobrevivir en un grupo que parecía complicado en su debut mundialista. Vozinha, su portero de 40 años, se volvió uno de los rostros del torneo después de frenar a España; Kevin Pina marcó contra Uruguay el primer gol caboverdiano en una Copa del Mundo, y Hélio Varela firmó el empate que mantuvo a los Tiburones Azules con vida antes del cierre de la fase de grupos contra Arabia Saudita.Cabo Verde tiene una historia de resiliencia, sí, pero también una explicación económica y estructural. Detrás de su clasificación, de sus viajes, de sus concentraciones, de sus canchas y de la posibilidad de reunir a una selección competitiva aparece FIFA Forward, el programa con el que el máximo organismo del futbol reparte fondos entre sus federaciones afiliadas para desarrollar el juego en países que durante años compitieron desde la precariedad.El auspicio de FIFA a Cabo Verde ascendió a 10.3 millones de dólares entre 2016 y 2022 por medio de Forward. Esa cifra, para una potencia, puede parecer parte del presupuesto ordinario de una federación, pero para un país como Cabo Verde significó mejorar instalaciones, financiar selecciones, viajes, alojamientos, personal, torneos y proyectos que antes dependían de la improvisación o simplemente no existían.“Viajes, alojamiento, personal, material, todo cuesta dinero. Este es el verdadero ejemplo de una federación que antes no contaba con ningún apoyo financiero, o con muy poco, y que ahora puede competir al máximo nivel con el dinero que aportamos a través de nuestros programas”, explicó Gelson Fernandes, caboverdiano de nacimiento y director de la Subdivisión de Federaciones Miembro de África de la FIFA.La frase ayuda a poner el milagro en su lugar. FIFA Forward no atajó los disparos de España ni pateó el tiro libre de Kevin Pina contra Uruguay, pero sí ayudó a que Cabo Verde estuviera ahí, con una estructura más seria, con mejores condiciones y con una selección capaz de dejar de mirar el Mundial como un sueño ajeno. Antes del programa, el equipo ya tenía talento y diáspora; después comenzó a tener una base mínima para competir.Cabo Verde empezó a aparecer en el mapa internacional hasta 2013, cuando obtuvo por primera vez un boleto a la Copa Africana de Naciones. Desde entonces, su crecimiento dejó de ser un episodio aislado. En cuatro participaciones en la CAN ha alcanzado dos veces los cuartos de final, se quedó a solo tres puntos de ganar su grupo en las eliminatorias rumbo a Qatar 2022 y después dio el salto definitivo en el camino al Mundial 2026, en el que terminó por encima de Camerún, una selección histórica de África.La clasificación tampoco fue un accidente del nuevo formato. El Mundial de 48 selecciones abrió una puerta más grande para África, pero Cabo Verde no entró por invitación. Ganó su grupo, cerró la eliminatoria con autoridad y llegó al torneo con una generación formada entre el futbol local, la diáspora y distintas ligas europeas. Su caso explica mejor que pocos cómo la ampliación del Mundial puede cambiar el mapa, pero también cómo ese cambio necesita trabajo previo para no quedarse solo en una postal.Pedro Leitão Brito, Bubista, es una de las claves de ese proceso. El entrenador conoce la historia desde adentro porque también fue jugador de la selección a principios de los años 2000, cuando Cabo Verde todavía competía con limitaciones básicas. Él mismo ha recordado que en aquella época el equipo no tenía ni uniformes adecuados, una imagen que contrasta con el presente de una selección que hoy puede concentrar, viajar, preparar partidos y sostener una idea de juego reconocible.Su equipo no juega como una potencia ni pretende hacerlo. Cabo Verde se ordena, cierra espacios, acepta sufrir y trata de convertir partidos largos en noches incómodas para rivales que, en teoría, tienen más recursos. Contra España resistió con Vozinha como figura y contra Uruguay mostró algo más: también podía golpear, corregir y levantarse después de ir abajo en el marcador. Ese matiz es importante porque separa a los Tiburones Azules de la simple etiqueta de sorpresa defensiva.En el archipiélago que mide cinco veces menos que todo El Salvador, el país latinoamericano más pequeño, existe una frase que se repite con orgullo: “Aprendimos a sobrevivir con nada”. Durante años, esa idea también explicó al futbol caboverdiano, una selección acostumbrada a competir con voluntad, orgullo y jugadores repartidos por el mundo, pero sin una estructura capaz de sostener un crecimiento permanente. Forward no convirtió a Cabo Verde en potencia, pero sí le dio herramientas que antes no tenía.Entre las mejoras más importantes están las que se hicieron en el Estadio Municipal Adérito Sena, en la isla de São Vicente. Ahí se remodelaron vestidores, gradas, zonas de prensa y áreas de hospitalidad, obras que permitieron volver a disputar partidos de clasificación mundialista en una sede que llevaba años sin recibir encuentros de la selección mayor. Para un país pequeño, tener una casa en mejores condiciones no es un detalle decorativo, sino parte de la posibilidad de competir sin ser visitante.También se construyeron campos de césped artificial en el municipio de Santa Cruz, en la isla de Santiago, lo que benefició a clubes locales y abrió más espacios para jóvenes futbolistas. A eso se sumaron mejoras en las instalaciones y el centro de entrenamiento de la federación, dos puntos clave para una selección que durante mucho tiempo dependió más de reunir jugadores en el extranjero que de trabajar sobre una estructura propia.Los reportes de FIFA sobre el impacto de Forward en Cabo Verde muestran varias capas de inversión: infraestructura, competiciones, selecciones nacionales y otros proyectos. El dato importa porque evita reducir todo a una cancha nueva o a una remodelación de estadio. El avance de Cabo Verde se construyó desde varios frentes: mejores espacios para jugar, más apoyo para viajar, más capacidad administrativa y una selección con condiciones menos improvisadas.Para Bubista, ese cambio tiene un peso personal. Él vivió la selección que no tenía lo necesario y ahora dirige a una que ya compite en el Mundial. Esa transformación no borra las carencias de un país pequeño, pero explica por qué Cabo Verde dejó de ser una federación que solo sobrevivía con orgullo y pasó a ser una selección capaz de poner contra la pared a España y Uruguay.Cabo Verde no es la única federación que ha recibido apoyo de FIFA Forward. El programa reparte fondos entre las 211 asociaciones miembro del organismo y funciona como una herramienta para financiar el desarrollo del futbol en países con distintas realidades económicas. La idea central es que una parte de los ingresos del futbol global regrese a las federaciones en forma de infraestructura, proyectos, gastos operativos y apoyo a selecciones.El programa ha tenido tres etapas principales: Forward 1.0, Forward 2.0 y Forward 3.0. Las dos primeras corresponden al periodo 2016-2022, mientras que la tercera comenzó en 2023 y concluirá en 2026. En este ciclo, cada federación puede recibir hasta 8 millones de dólares: una parte para gastos operativos y de funcionamiento, otra para proyectos específicos y una ayuda adicional para federaciones que necesitan más apoyo en viajes, alojamiento y equipamiento.Dentro de los gastos operativos entran actividades recurrentes como la organización de competiciones nacionales, entrenamientos y partidos de selecciones, pago de personal técnico y administrativo, además de otros costos que en federaciones pequeñas pueden definir si un equipo compite bien o apenas logra presentarse. En los proyectos específicos aparecen la modernización de infraestructura, la construcción de centros técnicos, nuevas competiciones e incluso la implementación del VAR en torneos locales.Las confederaciones también reciben recursos. En Forward 3.0, cada una puede acceder a 60 millones de dólares para respaldar iniciativas regionales, fortalecer sus instituciones y apoyar proyectos diseñados para sus federaciones. FIFA sostiene que el uso del dinero debe comprobarse con documentación y que los recursos son auditados para evitar corrupción, uno de los puntos más sensibles en cualquier programa que reparte fondos a escala global.El caso de Cabo Verde se conecta con otras selecciones que también debutaron en el Mundial 2026. Uzbekistán, que recibió 9.9 millones de dólares entre 2016 y 2022, utilizó parte de esos recursos para construir su primer campo de entrenamiento para selecciones nacionales. Jordania, beneficiada con 8.4 millones, financió concentraciones de su equipo mayor dentro y fuera del país. Los tres casos no son iguales, pero apuntan hacia una misma lectura: países que no pertenecían al mapa tradicional del Mundial encontraron mejores condiciones para acercarse a una competencia que durante décadas parecía reservada para otros.En Concacaf, México también ha recibido fondos de Forward, con 9.9 millones de dólares en el periodo reportado, más que Guatemala, Costa Rica y Honduras. La diferencia está en el punto de partida. Para una federación como la mexicana, el apoyo puede servir para complementar programas juveniles, torneos o proyectos de promoción; para países como Cabo Verde, el dinero representa la base.El éxito de Cabo Verde permite contar la parte más luminosa de FIFA Forward, pero no elimina sus cuestionamientos. Un directivo de alto perfil de una federación que ha recibido recursos del programa y que pidió no ser identificado por temor a represalias describió a Sports Illustrated México que Forward también funciona como “un instrumento de uso político como todo programa social”.El directivo reconoció que el programa ayuda, pero criticó que FIFA sea tajante y poco flexible en la manera en que permite utilizar los recursos. Según su testimonio, de entrada las federaciones suelen ser empujadas a mejorar infraestructura: una oficina central, un estadio nacional decoroso y un centro de alto rendimiento. El problema, explicó, es que esas prioridades no siempre coinciden con las necesidades reales de cada país o con la mejor ubicación para los proyectos.“Ya que está aprobado el proyecto no puedes hacer modificaciones y a veces se aprueban cosas que no necesitas. Muchas veces la infraestructura se aprueba en lugares no ideales y aunque les digas, no les importa. Son tajantes”, explicó el directivo, quien también señaló que algunos proyectos son operados por perfiles que no necesariamente han formado parte de una federación o de un club profesional.Otro punto de fricción está en la comunicación. De acuerdo con la misma fuente, los arquitectos y especialistas que planean ciertas obras responden a FIFA y no a los directivos locales, lo que puede provocar distancia entre quienes aprueban el proyecto y quienes deben usarlo todos los días. Aun así, el directivo reconoció que el programa sí tiene una virtud importante: el dinero se fiscaliza con rigor y los gastos deben coincidir con lo que fue aprobado.“El programa ayuda, pero es un instrumento político para dar dinero a las federaciones. Lo que sí hacen bien es que lo que se gaste se use para lo que se planificó con una auditoría 'perrona', tanto para las federaciones como para las empresas que ejecutaron los proyectos”, concluyó.
FIFA Forward, el programa que impulsó a Cabo Verde en el Mundial 2026
Cabo Verde vive su primer Mundial en 2026 y ya sorprendió a España y Uruguay. Su historia también explica el impacto de FIFA Forward.












