La basura no aparece sola. Llega. Siempre llega desde algún lado. Y en el Delta del Paraná, ese “algún lado” es múltiple: islas habitadas, ciudades cercanas, embarcaciones en tránsito. El resultado es el mismo: residuos que se acumulan, flotan, se hunden y vuelven a emerger como una postal incómoda de un paisaje que debería ser otro.

El Delta sufre por una suma de factores. Por un lado, no todos los habitantes isleños gestionan adecuadamente sus residuos. Por otro, desde la ciudad también se aporta lo suyo: basura arrojada en costas o cursos de agua que, con cada crecida, termina viajando río adentro. Las mareas hacen el resto: barren orillas y arrastran todo lo que encuentran.

En la Primera Sección del Delta existe un sistema de recolección domiciliaria. Lanchas especialmente destinadas recorren ríos, arroyos y canales siguiendo circuitos establecidos. Los residuos –orgánicos e inorgánicos– se dejan en muelles o colgados de postes, a la espera de ser retirados. Luego, son trasladados hasta Rincón de Milberg, donde se transfieren a camiones que los llevan al CEAMSE. Para generadores mayores, como paradores o restaurantes, se utilizan embarcaciones de mayor porte.

Funciona, pero no alcanza