Opinión
Editorial
EDITORIALLa motivación para actuar debe nacer al ver el rostro de los hijos y nietos que están recibiendo esta nefasta herencia de desecho.
Dantesco, lamentable, grotesco, terrorífico… ¿Qué adjetivo alcanza para describir las oleadas de basura que se acumulan esta semana frente a las playas de Ocós, San Marcos, por la crecida del río Naranjo, que arrastró toneladas de desechos? Una informe masa ondeante, producto de la infausta costumbre de tirar basura en calles, caminos, predios baldíos, desde ventanillas de vehículos y autobuses, que exhibe la incapacidad y la falta de voluntad de las alcaldías para manejar los residuos sólidos.
Pero este fenómeno antinatural no ocurrió solo en esa playa: en las proximidades de desembocaduras de ríos en costas de Retalhuleu, Escuintla y Santa Rosa se han reportado similares monstruos de irresponsabilidad, de indolencia, de inacción edil elaborada con populismos y miopías. No es la primera vez que sucede, pero sí de una manera tan extensa que solo refleja la dimensión colosal de un problema que se viene señalando desde hace al menos dos décadas. Sin embargo, casi todas las autoridades se lavan las manos: dicen que son exageraciones, que no tienen recursos económicos o que hay otros temas más importantes que atender.










