El pasado 12 de enero, el cuerpo de Joshua Boone apareció sin vida. Tenía 24 años, era reservista del Ejército israelí y había servido como francotirador en Gaza y en Líbano, acumulando más de 700 días de servicio. La prensa israelí informó de su fallecimiento como una muerte "repentina". En un breve comunicado, el Ejército se limitó a afirmar que las circunstancias de su muerte "podrían estar relacionadas con su servicio militar". La investigación seguía abierta y todavía no se había determinado una causa oficial. Sin embargo, algunos de sus compañeros de armas aseguran saber qué ocurrió y quieren denunciar una realidad que, dicen, está extendida entre quienes regresan del frente. "Tenía graves problemas con el alcohol y otras sustancias. Acabó muriendo por una sobredosis", relata a El Confidencial un exreservista que abandonó el Ejército tras ser testigo de los "crímenes" que presenció en Gaza. "Hace muchos años solía hablar de disparar a las rodillas a los palestinos en la frontera de Gaza. Estaba claro que lo estaba pasando muy mal, mucho antes incluso de que estallara esta guerra", insiste. El caso de Boone no es una excepción. "Ha habido muchos suicidios. Pero más allá de quienes se quitan la vida, hay mucha gente que simplemente ya no puede funcionar con normalidad después de regresar del frente", lamenta. "La solución más fácil que ven es intentar olvidar lo que han visto a través de las drogas". Su historia es una de las consecuencias menos visibles de una guerra que, más de veinte meses después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, ha terminado únicamente sobre el papel. Aquel día marcó un punto de inflexión para la sociedad israelí. Los ataques contra el festival Nova y los kibutz cercanos a la Franja de Gaza provocaron un trauma colectivo en un país cuya identidad sigue profundamente marcada por la memoria del Holocausto y el temor a que pueda volver a repetirse. TE PUEDE INTERESAR Desde entonces, las guerras se han multiplicado en varios frentes: Gaza, Cisjordania, Líbano e Irán. Batallas abiertas en las que apenas ha habido días seguidos de alto el fuego, sin descanso para los reservistas de lo que Tel Aviv califica como el "ejército más moral del mundo". En Israel, el Ejército constituye uno de los pilares básicos sobre los que se sustenta su sociedad. Pero esa omnipresencia de lo castrense, siempre teñido de heroísmo, tiene un precio. Algo que intenta pasar desapercibido, que se esconde o se sufre en silencio por la vergüenza, el miedo o la incapacidad de hacer frente a los estragos de participar en una guerra. Hasta que acaba estallando. Desde el inicio de la guerra en Gaza, los casos de trastorno por estrés postraumático entre los reservistas se han disparado. CIFRAS. Y la progresión es acumulativa, porque los frentes siguen abiertos, amontonando lo que el exreservista describe como "órdenes que dejan secuelas de por vida". Esto ha provocado que parte de los afectados haya acudido al alcohol, a las drogas o a los sedantes para poder lidiar con el día a día. Las drogas, sin embargo, acaban siendo una solución temporal, insuficiente para hacer frente a todo lo que implica el estrés postraumático causado por la guerra. La prensa israelí se refiere ya a una pandemia mental como consecuencia del aumento de este tipo de estrés. Aunque pocas veces los artículos hacen referencia a cómo los afectados han llegado hasta esta situación. Los profesionales de la salud mental en Israel —insuficientes para el aumento de la demanda actual— insisten en la falta de descanso entre movilización y movilización, además de situaciones de shock por ver morir a un compañero sin poder hacer nada para salvarle. "El cerebro entra en un estado de supervivencia cuando está en la guerra" Sin embargo, pocos son los militares que hablan abiertamente sobre los traumas que acarrea "convertirse en robots", como define el mismo exreservista. "Los soldados van y vuelven constantemente de las zonas de combate”, afirma Galit Sneh, trabajadora social y psicoterapeuta de la organización israelí NATAL, especializada en conflictos y trauma. “El cerebro entra en un estado de supervivencia cuando está en la guerra. Necesitan mantenerse funcionales para sobrevivir. Después regresan a casa y todas las emociones reaparecen”. Así, el problema no viene cuando están de servicio. En ese momento, un mecanismo de disociación —similar a como podría operar un robot— se instala dentro del cuerpo de los reservistas. No hay tiempo para procesar emociones o discernir entre lo que moralmente está bien o mal. Se limitan a obedecer y ejecutar las órdenes. Las que sean. Es cuando llegan al calor y a la comodidad de sus hogares cuando todo estalla internamente. "Nadie quiere mirar de frente los horrores de la guerra. Hay dos maneras de reaccionar: cerrar los ojos o hacer todo lo posible para que no haya guerra", explica el exreservista. "Tengo la sensación de que mucha gente optó por ignorarla". "Cuando llegamos a los casos más graves, es cuando vemos que empiezan a consumir drogas, alcohol o a automedicarse" Y la mejor manera de ignorarla son las drogas de todo tipo: marihuana, alcohol, fentanilo u oxicodona. "Cuando llegamos a los casos más graves es cuando vemos que las personas empiezan a consumir drogas, alcohol o a automedicarse. Utilizan cualquier cosa que tengan a mano. Por ejemplo, si tienen Clonex u otros medicamentos similares en casa, simplemente los toman”, explica la psicóloga. TE PUEDE INTERESAR Un informe de NATAL arroja datos concretos. Desde el inicio de la guerra en Gaza ha habido un aumento del 25% en el consumo de sustancias adictivas entre las personas directamente afectadas por los acontecimientos del 7 de octubre. El uso de analgésicos opioides como la oxicodona o el fentanilo también se disparó, con un incremento cercano al 70% desde el inicio de la guerra, impulsado tanto por las lesiones sufridas por los soldados como por el deterioro de la salud mental entre la población civil. A mediados de 2024, el número de personas que consumían medicamentos con receta de forma “abusiva” había aumentado en torno a un 180% respecto a 2022, hasta el punto de que uno de cada seis israelíes afirmaba padecer algún tipo de adicción a estos fármacos. El consumo de cannabis siguió una tendencia similar. En noviembre de 2023 se registró un récord de más de 3.000 nuevas licencias para cannabis medicinal, mientras que entre los jóvenes las tasas de consumo de riesgo aumentaron del 12,5% al 13,4%. Las cifras oficiales permiten hacerse una idea de la magnitud del problema. El Ministerio de Defensa israelí estima que unas 50.000 personas padecen trastorno por estrés postraumático como consecuencia de la guerra. Y los estudios muestran que al menos una de cada cinco personas con este diagnóstico desarrolla problemas de abuso de sustancias o adicciones conductuales. "Cada vez más personas buscan soluciones temporales para sobrellevar el sufrimiento", insiste la terapeuta. "Para muchos soldados es extremadamente difícil reconocer que necesitan ayuda. Ese suele ser uno de los momentos más importantes del proceso terapéutico. También es difícil convencerlos de acudir a un psiquiatra para recibir la medicación adecuada”, añade. Un informe publicado por el US Department of Veterans Affairs sostiene que la idea que la sociedad puede tener de lo que está bien y lo que está mal forma parte de nuestra identidad. Es la brújula que guía nuestras decisiones, nuestros juicios y la forma en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos. Cuando una experiencia extrema sacude esa brújula —ya sea por algo que hemos hecho, presenciado o sufrido— pueden aparecer sentimientos profundos de culpa, vergüenza y confusión, capaces de alterar por completo la percepción que una persona tiene de sí misma. Las guerras en las que Israel está involucrado no son similares a las guerras convencionales. En estas últimas, los soldados regresan con lo que Tuly Flint, psicólogo y exreservista durante 30 años que desertó del Ejército israelí, califica como un trauma simple. "¿A qué me refiero con simple? Pues que he visto suceder cosas horribles”, explica. "Pero en esta guerra cada vez más soldados sufren lo que llamamos lesión moral. Y una lesión moral se produce cuando el soldado o sus compañeros hacen algo que contradice su sistema de creencias, sus valores morales", abunda. TE PUEDE INTERESAR "Se sienten traicionados por quienes les dieron las órdenes y avergonzados por lo que vivieron o hicieron. Cuando pierdes el vínculo con tu comunidad y no puedes hablar de ello con nadie, acabas buscando refugio en el alcohol, las drogas o cualquier otra forma de evasión", denuncia. Esto también se traslada a los frentes de guerra. A pesar de que no hay cifras oficiales, muchos apuntan a que hay brigadas dentro del Ejército que recurren a las drogas para mantenerse activos. "Tenemos noticias de ello. Especialmente en determinadas unidades y situaciones", afirma. "Pero no puedo darte cifras. No sé cuántos soldados lo hicieron. También sabemos que, en el transcurso de una guerra, a veces las personas necesitan anestesiarse para no ser plenamente conscientes de lo que está ocurriendo. Para no sentir o no sufrir por todo lo que están viendo", afirma. Los centros psicológicos de Israel ya están ejecutando terapias de todo tipo para paliar esta crisis. Desde terapias cognitivas hasta otras menos ortodoxas como psicoterapia asistida con MDMA que, "produce sensaciones agradables, compasión y bienestar", según afirma Anna Harword, investigadora principal del Centro de Psicotrauma METIV de Israel. TE PUEDE INTERESAR Para Flint, sin embargo, ninguna terapia será suficiente mientras continúe la guerra. Para él, la única forma de atajar la crisis de salud mental que afecta a "miles de soldados" pasa por poner fin a las hostilidades y asumir las responsabilidades políticas derivadas del conflicto. Muchos de sus pacientes consiguen abandonar las drogas o controlar sus conductas adictivas, pero recaen cuando reciben una nueva orden de movilización. "Es como tratar a un enfermo de cáncer y volver a exponerlo inmediatamente a aquello que lo enfermó", explica. "Una persona puede avanzar en terapia y, semanas después, regresar diciendo que vuelve a Gaza y que ha empezado otra vez a consumir cocaína porque no puede soportarlo". Por eso, concluye, la solución no puede limitarse al tratamiento individual. "Todo cambiaría mucho más rápido y empezarían a sanar antes si solo un ministro admitiese que lo que estamos haciendo en esta guerra está mal y que ya es suficiente." "Necesitamos una sociedad mejor", afirma. "Y eso empieza por poner fin a la guerra", concluye.