DOMINGA.– Amarraba cinco “voladores” al lomo del gato y prendía la mecha, quería verlo volar, lo cuenta así en una entrevista de televisión de 2014, levantando la mano hasta la altura de su rodilla, marcando cuánto alcanzaba a subir antes de caer. “Pero tú sabes lo que pasaba cuando explotaban”, dice y ríe, sin necesidad de agregar más porque el gesto de la mano ya contó el final.Hoy, dice, la sociedad protectora de animales ya ni puede denunciarlo porque pasaron veinte años y porque, según él, era un niño inocente; aunque Abelardo de la Espriella nació el 31 de julio de 1978 en Bogotá, lo que significa que en 2014, cuando contó esta historia frente a las cámaras como si fuera una travesura de patio de colegio, tenía 36 años. Y el niño de la anécdota, si existió como tal, llevaba más de dos décadas siendo un adulto que, ya crecido, seguía contando con orgullo cómo hacía explotar gatos.
Abelardo de la Espriella llega como favorito a la elección presidencial de 2026, impulsado por una derecha que promete mano dura y castigo |AP
Años después de aquella entrevista, ese mismo hombre –abogado, empresario, candidato de la ultraderecha– llegó a las vísperas de la elección presidencial de 2026 como el contendiente mejor posicionado de Colombia, con más de cuarenta puntos en las encuestas. Sus seguidores lo llaman El Tigre. Y este domingo 21 de junio podría ganar la segunda vuelta de los comicios.Subí por la avenida principal de Bogotá una tarde de esas semanas, una avenida de veintidós kilómetros que conecta, o finge conectar, el centro histórico de la ciudad –con el Congreso, las palomas, los vendedores ambulantes– con el extremo norte, donde las boutiques cobran en dólares y los carros llevan vidrios oscuros que no dejan ver quién va adentro.Iba con un militante del Tigre que se convirtió, sin proponérselo, en mi guía por ese mundo: un hombre de chaleco rojo tejido, bajo, un saco de lana gris, zapatos negros lustrados, con un aire compuesto que sólo le faltaba un monóculo para completar. Lo voy a llamar La Morsa porque eso es lo que su figura me hizo pensar la primera vez que lo vi caminar.Los primeros militantes que encontramos repartían volantes en El Retiro, el barrio de la zona rosa de Bogotá, donde está el Centro Comercial Andino, sobre la Carrera 11 con Calle 82, algo así como un Polanco bogotano: cuatro pisos de mármol con Louis Vuitton y Versace, en el sector donde el dinero no pide disculpas. En 2017 alguien hizo estallar ahí una bomba que mató a tres compradoras que sólo habían ido por ropa de temporada. Hay una placa que las recuerda, pequeña, a ras del suelo:“A la memoria de Julie Huynh, Lady Paola Jaimes y Ana María Gutiérrez. Por un país donde prime la vida, el respeto y la tolerancia. Junio 17 de 2017.” Ahí conocí a un joven empresario que repartía propaganda del Tigre casi a los gritos. “Lo que pasa es que nos tienen envidia y nos odian”, dijo. “Soy empresario, nos quieren robar todo con sus impuestos. El Tigre los va a poner en su lugar.” Le pregunté qué quería decir con eso. “Los va a eliminar”, respondió. “A la cárcel todos.”Una mujer mayor, sola, sostenía un volante de Abelardo de la Espriella que nadie le había pedido, y cuando le pregunté por qué iba a votar por él me respondió sin pensarlo, como quien repite algo que ya tiene aprendido: “Porque si gana [Iván] Cepeda vamos a ser Venezuela, Nicaragua, Cuba y El Salvador.”
