Vendedores ambulantes ofrecen harina de maíz, arroz y especias a las puertas de un estadio cerrado. El Sylvio-Cator, el corazón del fútbol haitiano, lleva clausurado desde febrero del año 2024. Está enclavado en un barrio de Puerto Príncipe que, como más del 80% de la capital, está bajo el control de pandillas armadas, chavales que reciben comida caliente, protección, armas y ganancias a cambio de secuestros y robos. Tras el asesinato a tiros del presidente Jovenel Moïse, en julio de 2021, la espiral de violencia de pandillas y caos ha invadido el país. La situación es tal que Haití no celebra elecciones desde 2016.

Pero, pese a todo, el fútbol sigue vivo en cada esquina del país. Se practica con lo que hay y donde se puede, descalzos, en chanclas o zapatillas, en campeonatos de barrio o con pretensión de profesionalización. Ninguna crisis ha logrado apagar la llama futbolística de un país demasiadas veces arrasado por el conflicto y la naturaleza. Es en este contexto de adversidad continua donde se ubica la clasificación de los Granaderos -mote que rinde homenaje a los soldados haitianos que lucharon contra el ejército francés- para el Mundial 2026. De todos los participantes del torneo, Haití es el que ha regresado tras la ausencia más larga: 52 años desde su única y legendaria participación en Alemania Federal 1974, cuando se convirtió en el segundo equipo caribeño en disputar una Copa del Mundo, después de Cuba en 1938.