El señor Raimundo Batista de Souza se disculpa porque la conexión de internet va y viene y la llamada tarda en enganchar. Cosas que suceden cuando uno vive en el corazón de la Amazonia. Habla desde Porto Nacional (Tocantins), a orillas del lago donde pesca para ganarse la vida. El señor Raimundo, de 57 años, comparte al teléfono una alegría templada y algunos de los recuerdos que lo persiguen hace cuatro décadas, desde que trabajó con sus hermanos en la hacienda Volkswagen. “Dios nos sacó de allí porque, si nos quedamos, habríamos muerto”, confiesa. “Mi hermano estuvo nueve días perdido en la selva. Mi otro hermano y yo caminamos tres días para volver a casa, 90 kilómetros”, recuerda.La filial brasileña de la multinacional alemana acaba de ser condenada por un juez por esclavizar peones en una finca ganadera en las décadas de los setenta y ochenta. Debe indemnizar a cuatro antiguos peones (incluidos el pescador Souza y su hermano Raul) con dos millones de reales por barba (390.000 dólares, 340.000 euros) por someterlos a trabajos análogos a la esclavitud. Es la mayor reparación económica por trabajo forzoso dictada en Brasil, explica Andréia Silverio, del Coletivo Veredas, el grupo de abogados populares que defendió a los denunciantes. “Es un precedente muy importante porque establece que este crimen no prescribe”, explica. Eso abre la puerta a nuevas denuncias. “El Estado tiene el deber de perseguir esos crímenes y responsabilizar a quienes se lucraron con el trabajo esclavo”.El juez dictó sentencia el día 11 en un juzgado de Redenção, a 200 kilómetros de la finca Volkswagen, adonde cientos de jornaleros fueron llevados con engaños. Si este caso llegó a los tribunales con pruebas es gracias a la paciente labor detectivesca realizada por un sacerdote, Ricardo Rezende, 74 años, y su equipo de la Comisión Pastoral de la Tierra de la Iglesia católica en un ambiente extremadamente hostil, en un territorio vasto y violento en plena dictadura (1964-1985).José Ribamar Viana Nunes, 60 años, otra víctima que ha ganado el pleito, cuenta que era un chaval de 17 cuando se embarcó en lo que parecía una seductora aventura. Quería conocer Pará, el Estado vecino, entonces tierra casi inexplorada, ganar algo de dinero, y soñaba con jugar al fútbol en un campo de verdad, de césped. Partió en 1983 con cuatro colegas, un balón y unas zapatillas de fútbol. Brasil había conquistado tres de sus cinco Mundiales. La retirada de Pelé aún estaba fresca en la memoria nacional.El señor Souza, el pescador, evita dar detalles del infierno que padeció, duele demasiado. Pero cada víctima digiere el trauma a su manera. Nunes, agricultor, relata el horror de aquellos meses con solemnidad y detalles desde su caserío, en Porto Alegre do Norte (Mato Grosso). Recuerda con nombre y dos apellidos a los cuatro amigos con los que viajó, los apodos de los pistoleros, de los gatos (los intermediarios). Describe escenas brutales. Se nota que ha testificado en varios juicios.“El fin de semana, si queréis, podréis jugar en la cancha” de la finca, recuerda que les dijo el reclutador. Mentira, la primera de muchas. “La noche que llegamos [a la finca Volkswagen] a uno de los peones le dio un ataque [de locura], no lo conocíamos. Un pistolero le disparó a los pies y ató delante de una chabola. Nunca más lo vimos”. Detalla otras agresiones violentas, desapariciones, muertes por malaria… “En aquella época desapareció mucha gente, no fue fácil”.Antes de cruzar bajo el logo de Volkswagen que presidía la entrada de la finca, quedaron atrapados en un laberinto llamado servidumbre por deuda. Debían el coste del viaje. En la cantina, a cada uno le abrieron una cuenta. Obligados a comprar a precios desorbitados la comida, la lona para la choza y las herramientas necesarias para desbrozar la selva y abrir pastos, la cuenta engordaba, recuerda el pescador Souza.Descubrieron la trampa al terminar de despejar los árboles de la primera parcela que les adjudicaron. “Fuimos a cobrar y nos dijeron: ‘No hay saldo. Tenéis que desbrozar otros 20 acres’. Eso hicimos. Y lo mismo: ‘No hay saldo’. Llevábamos 40 acres, pedían 20 más. Y la deuda era cada vez mayor”, explica el agricultor. “Si es que éramos muy niños”.Las condiciones eran inhumanas. Trabajaban de sol a sol, vivían en chabolas, rodeados de serpientes y arañas de las que matan, según la abogada Silverio. La amenaza de castigo era constante. Vigilados por hombres armados, huir era peligrosísimo. Por eso, Nunes y sus colegas recurrieron al ingenio.Como tres de ellos debían presentarse a filas, lograron convencer a sus captores de que los dejaran marchar. Costó persuadirlos, pero consiguieron regresar a casa. Aquellos pistoleros que los mantenían cautivos no querían enfadar a los militares.Cada tanto, la Comisión Pastoral de la Tierra o los sindicatos recibían denuncias sobre malos tratos, sobre hombres a los que la hacienda Volkswagen se tragaba, pero poca cosa se sabía con certeza. Por eso, cuando el padre Rezende oyó que un grupo había conseguido escapar, tomó el primer avión y allí se plantó para recoger sus relatos. Luego, dieron una rueda de prensa en la Conferencia Episcopal, en Brasilia, un grupo de diputados visitó la finca e hizo un informe, localizaron más víctimas y testigos, reunieron documentación…¿Y qué hacía Volkswagen criando ganado en la Amazonia? Los generales, temerosos de que Estados Unidos invadiera la Amazonia en nombre del anticomunismo, emprendieron un proyecto de colonización. Desbravar la selva en aras del desarrollo civilizatorio. Los militares persuadieron a grandes empresas a sumarse al esfuerzo nacional. A cambio de invertir, recibieron exenciones fiscales. Por eso, la multinacional alemana acabó como principal accionista de una finca en Santana de Araguaia (Pará), una explotación ganadera algo mayor que la ciudad de Nueva York. Para abrir pastos había que talar la selva, y eso requería mano de obra.Preguntada por la reciente condena, la compañía responde en una nota: “Volkswagen de Brasil no comentará procesos legales en curso (…) Con un legado de 73 años (…) condena cualquier forma de trabajo forzoso, degradante o análogo a la esclavitud y reitera su compromiso histórico de promover un entorno laboral digno, ético y responsable”.El padre Rezende, quijotesco detective, reconoce desde Río de Janeiro que la paciencia fue crucial. “Era necesaria la paciencia histórica, y también la obstinación. Cuando luchas por los derechos humanos sabes que es una lucha para toda la vida”.La servidumbre por deuda puede sonar anacrónica, pero aún existe. Y el trabajo forzoso también. Las autoridades brasileñas rescataron en 2025 a más de 2.700 víctimas, dos tercios en ciudades. La lista sucia, un listado oficial de empresas y patronos que han sometido a sus trabajadores a condiciones similares a la esclavitud, incluye 169 nombres.Hace un año, el padre Rezende y los que le han acompañado en esta lucha, cosecharon otra victoria trascendental en una acción civil colectiva por el mismo asunto. La multinacional alemana fue condenada a pagar una indemnización de 165 millones de reales (32 millones de dólares, 28 millones de euros). La empresa apeló a instancias superiores.El sacerdote lamenta que Volks, como la llaman con familiaridad los implicados, siempre se negara a negociar un acuerdo para cerrar el pleito porque los años pasan “y las personas se mueren”, enfatiza. Tras trabajar en la Amazonia durante años, entró en la academia. Coordina el grupo de investigación sobre trabajo esclavo contemporáneo en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Subraya que “las indemnizaciones no curan el dolor, pero dan esperanza de que las empresas no volverán a cometer esos delitos”. Él quisiera que los autores individuales, como el gerente, Friedrich-Georg Brugger, que vive en Suiza, rindieran cuentas. “No quiero que vaya a la cárcel, quiero que reconozca el daño y pida perdón”. Brugger y todos los eslabones de la maquinaria. En este caso también asoma la historia. Pocos países han examinado su pasado con tanto celo como Alemania, sede de Volkswagen.En el juicio, Volkswagen esgrimió la tesis de que ella no contrataba a los jornaleros. “¿Cómo que no sabía cómo trataban a sus trabajadores? ¿Por qué no buscó saber?”, se queja la abogada Jamyla Pereira de Carvalho, de la Comisión Pastoral de la Tierra. “Es una responsabilidad de cualquier empresa”, apunta. El juez rechazó el intento de escudarse en la subcontrata.Otras grandes empresas tuvieron fincas similares en la Amazonia, pero el caso Volkswagen es el mejor documentado, pese a las dificultades que entraña la Amazonia, colosal, reino de latifundistas y caciques. En el Brasil dictatorial, la policía, los jueces, el poder público en general era débil o visto con desconfianza. Los más vulnerables acudían a la Iglesia católica, que, abrazada a la Teología de la Liberación, estaba volcada en defender los derechos humanos, el derecho a la tierra y el trabajo digno. Para el régimen militar, aquellos curas que documentaban denuncias y concienciaban a los pobres eran el enemigo, comunistas peligrosos que agitaban el avispero. Apunta al padre Rezende que, si hubiera dinero, se podría despachar personal que investigara otras denuncias. La abogada Carvalho recalca que el conflicto por la tierra persiste. La agropecuaria avanza por el sur, se adentra en la Amazonia. “La soja está llegando y, con ella, el veneno. Quieren comprar más y más tierras”.A las dos víctimas entrevistadas, la sentencia les deja un sabor agridulce. El pescador Souza se dice “feliz, aunque lo que pasó no se me va a olvidar, espero que acabe todo en paz”. El agricultor Nunes confía en que su esfuerzo por preservar la memoria del horror no sea en vano. “Si todo se juzga y sale bien [en referencia a las apelaciones], será una victoria. Pero si llevamos 40 años dando testimonio para que acabe en nada, sería malo, ¿no?”.
Brasil condena a Volkswagen por esclavizar a peones en la Amazonia hace 40 años
Un cura católico encabezó la ardua tarea de reunir pruebas para llevar a la multinacional a los tribunales, que han ordenado indemnizar a las víctimas









