La economía argentina “crece” partida en dos. En abril, la industria manufacturera cayó 2,8% interanual según el Indec, mientras la minería marcó un récord, +9,5%. Esa “K” es el resultado de un esquema que baja las variables nominales por la vía recesiva y, sobre esa caída, consigue desinflación y reservas. La Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (Onudi) ordena el resto con un dato crucial: la Argentina tuvo la segunda peor caída industrial del mundo entre 2024 y 2025 —7,9%, solo superada por Hungría, y algún otro país muy menor— mientras Brasil, Chile y Perú crecían. Es una decisión de política económica.

El debate (por afuera de la lógica del Gobierno) ya no es si conviene tener industria —ningún país de su escala llegó a ingresos altos sin una base manufacturera densa—, sino cómo financiarla. Reaparece la restricción que Marcelo Diamand describió hace medio siglo: la industria necesita dólares que la macro rara vez asegura. La novedad es que, por primera vez en décadas, pueden estar: la energía y la minería abren una ventana de divisas genuinas, y de ese flujo depende que financiemos una industria que emplea o un enclave que exporta sin difundir sus beneficios.