Durante más de veinte años, Fernando Eimbcke construyó una de las filmografías más personales del cine latinoamericano contemporáneo. Desde Temporada de patos hasta Club Sandwich, sus películas encontraron en la adolescencia un territorio privilegiado para explorar la identidad, la incertidumbre y los vínculos. Moscas, recién estrenada y presentada en competencia oficial en la Berlinale, parece desplazar esa mirada hacia otro lugar: el universo adulto. Su protagonista es una mujer marcada por la rutina, la pérdida y una creciente sensación de aislamiento, obligada a salir de su encierro emocional a partir de la irrupción inesperada de un niño Pero más que un cambio de tema, la película confirma algunas de las obsesiones que atraviesan toda la obra del director mexicano: la fragilidad de los vínculos, la búsqueda de comunidad, la observación de quienes habitan los márgenes y la convicción de que el humor puede ser una herramienta tan poderosa como la ternura. En conversación con PERFIL, Eimbcke habló: Mis películas previas tenían adultos que aparecían un poco como los de Charlie Brown. Todo vino de una premisa: ver un letrero real en un edificio que decía “Se rentan cuartos para familiares de pacientes”. Ahí ya no había manera de trabajar con adolescentes. Cuando escribí esa historia hace más de veinte años sentí la necesidad de incluir a un niño, pero también me interesaba explorar un personaje adulto, esta soledad, este miedo. Uno va creciendo y empieza a compartir ciertas cosas: cómo te vuelves temeroso ante la ciudad, ante el caos, ante lo que no puedes controlar, ante esa mosca que entra, ante el ruido de las ventanas, el tráfico. Era algo que me interesaba mucho”. —¿Qué te enseñó trabajar con niños que quizás no te enseñan los actores profesionales? —He tenido mucha suerte con actores muy generosos. Enrique Arriola, María René Prudencio o Teresa Sánchez entienden que su personaje existe en la medida en que existe el personaje que tienen enfrente. Pero un niño te exige otra cosa. Recuerdo una frase que decía que la mejor manera de trabajar es mezclar actores profesionales y no profesionales porque ambos se nutren mutuamente. Con los niños es distinto.