La escena es un leitmotiv de las películas de acción: el reloj empieza a descontar el tiempo y la cadencia de cada segundo que se resta en el tablero análogo o la pantalla digital incrementa la tensión. Es una bomba de tiempo. Todos en la audiencia sabemos que llegará a ser desactivada, porque siempre ha sido así, pero la tensión de la cuenta regresiva es imposible de evadir. ¿Cuánto tiempo antes de que estalle la bomba llegará el héroe del día a desactivarla? ¿O no será el héroe, sino un afortunado error el que logre evitar la mortal explosión? El tiempo sigue transcurriendo en medio de escenas que van desde peleas a puño limpio a espectaculares persecuciones en vehículos a alta velocidad. O tal vez sea durante el inesperado, inocente y teatral baile de una polka que a medida que incrementa su cadencia también hace subir la tensión. Todos en la audiencia sabemos que no hay tiempo que perder, pero se pierde tiempo. Y se pierde en demasía. Hasta que pasa lo que tiene que pasar. En las películas, ya lo dije arriba, la bomba será desactivada. En nuestra Colombia electoral de 2026, la bomba de tiempo que viene descontando segundos desde hace ya muchas semanas no sabemos en qué situación nos va a dejar. Por lo pronto, los dos elegidos para desactivarla se han mostrado tan incapaces que sería mejor que nuestro futuro quedara en manos de Chaplin, Mr. Bean, Benny Hill, Leslie Nielsen, Buster Keaton o cualquiera de los Monty Python, seguramente más diestros en el manejo de mecanismos de precisión de alta tensión dramática. Ni Cepeda ni De la Espriella están a la altura del reto que hoy representa Colombia. Y me avergüenza escribir esto, pues sin duda ambos señores tienen recorridos profesionales y personales muy relevantes. Ambos han sabido destacarse en aquello a lo que decidieron dedicarse hace veinte años o más. Ambos han logrado convertirse en opción válida y respetable para llegar a la presidencia de Colombia. Pero repito: no están a la altura. Así uno de ellos sea como un profesor bonachón, capaz de explicar con parsimonia sus ideas, tratando de evitar confusiones o equívocos. Así el otro sea el mejor comunicador del mundo digital, el más histriónico, el más agresivo, el más impactante. Ambos han caído en el mismo error de Gustavo Petro: creer que un jefe de Estado gobierna solo para quienes lo favorecieron con su voto. ¡Inmensa torpeza! ¡Absoluta estolidez! Por eso digo que no están a la altura del momento. Tal vez en otras épocas, quizás hace unos 80 años, esas ideas de división y enfrentamiento los habrían proyectado como unos hombres dignos de ser llamados “hombres”. Hoy son sencillamente unos miopes. Unos señores educados, leídos y viajados que parecen empecinados en revivir los fantasmas del ayer, antes que ponernos a todos a andar unidos contra los demonios del futuro que ya son presente. ¿Qué nos han dicho los ‘hombres’ del tarjetón sobre la amenaza de la IA y la amenaza de las redes sociales? ¿Qué nos han dicho sobre la inserción de Colombia en un escenario internacional cada vez más complejo y multipolar? ¿Más allá de prometer ellos hoy en Colombia de qué tipo de producto montarían una gran planta de fabricación? Silencio. El reloj cuya cuenta en reversa sigue avanzando no es ni el del estallido social del uno, ni las amenazas del otro. Es el reloj del siglo XXI que se nos sigue yendo en las peleas del siglo XIX.
Cepeda y De la Espriella: mal casting para un protagónico
En nuestra Colombia electoral de 2026, la bomba de tiempo viene descontando segundos desde hace semanas y no sabemos en qué situación nos va a dejar. Lo que sí sabemos es que los dos elegidos para desactivarla se han mostrado incapaces















