Las elecciones presidenciales colombianas de 2026, que finalmente deberán resolverse entre Iván Cepeda (candidato del Pacto Histórico llamado a defender el legado de Gustavo Petro) y Abelardo de la Espriella (nombre propio que, sin Uribe, conquistó al electorado del uribismo), están empezando a atraer a observadores, periodistas y comentaristas de todo el mundo. Personalidades de primera dimensión acudirán a Bogotá para conocer de primera mano cuáles son las posibilidades de los dos candidatos que se enfrentarán en el balotaje del día 21 de junio y poder constatar in situ los resultados. Seguramente se deba a que los extranjeros ven en este duelo colombiano una extensión del suyo propio y pretenden extraer lecciones aplicables a sus respectivas naciones. Como si ello fuera tan fácil, o incluso posible. Algo de eso sucedió en la España de 1936, cuando un conflicto nacional español terminó enmascarando el conflicto ideológico que entonces se cernía sobre el mundo y que desembocó en la II Guerra Mundial. El colosal desarrollo de Colombia en los últimos treinta años, la internacionalización de sus gentes y sus problemas, su dimensión de nación estratégica con identidad marcada y su ubicación geopolítica son algunos de los factores que en alguna medida argumentan esta atención global. TE PUEDE INTERESAR Pero a la condición de representación apropiada de la situación mundial, la elección presidencial del próximo día 21 en Colombia también suma una explicación de lógica interna que a menudo no se reconoce suficientemente, o incluso – como sucediera en la España del 36/39 - se sirve de clichés o esquemas preconcebidos que hasta la fecha han presidido otras convocatorias a las urnas, pero que en estos comicios han comenzado a cambiar profundamente. Para empezar, las votaciones en primera vuelta han acabado con uno de los grandes líderes históricos. Álvaro Uribe ya no es futuro en Colombia, forma parte de su pasado y, sea cual sea el juicio que merezca el antiguo presidente de la República, su apuesta por Paloma Valencia ha puesto término a sus años de política activa y Abelardo de la Espriella, que no era su candidato, se ha convertido en beneficiario a título lucrativo de sus réditos políticos. TE PUEDE INTERESAR En un par de semanas, con Gustavo Petro puede suceder otro tanto. El actual presidente de Colombia ha conducido la campaña -y en general sus cuatro años de mandato presidencial– abusando hasta el paroxismo de un protagonismo personal que hace que todo en la izquierda sea ocurrencia suya, hasta el extremo de que si Iván Cepeda pierde, Petro será tenido por responsable del fracaso. Mientras que si gana, al no caber dos soles en un mismo universo, el éxito de Cepeda liquidará políticamente a Petro. Todo cambia. La era de los grandes dinosaurios y sus delfines políticos (hijos de presidentes que entendían que su misión en la historia consistía en volver a ocupar la presidencia que les había pertenecido a sus padres, caso de Germán Vargas) ha terminado para siempre en Colombia. El camino queda expedito a una competición en la que la cuna ya no es argumento. Eso supone democratizar el sufragio pasivo y abrirlo a la sociedad en su conjunto. Aunque también comporta unos comicios más duros y potencialmente populistas basados en el atractivo personal de líderes que no pueden salir de un partido u otro porque, también en Colombia, los partidos tradicionales viven el desapego de la ciudadanía. TE PUEDE INTERESAR El siglo XXI irrumpe en Colombia como un tiempo nuevo cargado de problemas que han ido modelando una realidad desconocida y para la que serán necesarios líderes arrojados e imaginativos que han empezado a emerger en esta campaña. De la Espriella es uno. Cepeda, otro. En un tiempo fenomenológico como el nuestro, la realidad ha cambiado tanto que las definiciones y clichés ideológicos concebidos en el mundo ontológico de la Ilustración confunden y con frecuencia desinforman. Eso sucede, sin ir más lejos, con De la Espriella, al que erróneamente califican como fascista e interesadamente reputan del Bukele o del Milei colombiano. De la Espriella es un hombre que encarna el sentimiento de un inmenso sector de clases medias muy preocupadas por la creciente infiltración en la sociedad de la criminalidad que procede de la descomposición de una guerrilla entregada al narcotráfico y a la delincuencia organizada. TE PUEDE INTERESAR Para esas clases medias urbanas, Colombia ya no es de los finqueros, no desea ser oligárquica y México, a modo de ejemplo, no es el modelo a seguir. ¡México, la nación doliente en la que –cabe decir parafraseando a Hobbes– sus ciudadanos tienen todos los derechos menos uno, el derecho a la vida! El anhelo de esos colombianos es también la justicia social, entendida más como equidad que como igualdad. Antes dar a cada uno lo que le corresponde, que distribuir clientelarmente la sobrada riqueza que Colombia tiene. De la Espriella, con una personalidad más cercana a Ayuso que a Abascal -con quien se ha retratado- encarna los sueños de unas clases medias obsesionadas por avanzar a través de unos servicios públicos de los que Colombia, pese a ser la gran promesa de la Constitución de 1991, continúan como su parte inattuata, que diría Calamandrei. TE PUEDE INTERESAR Frente a De la Espriella, Cepeda. Un hombre que se ha revelado en esta campaña como una persona con ideas, pero cada vez más pragmáticas y con el reto de abandonar el leninismo, la simpatía revolucionaria que hasta ahora ha emponzoñado a la izquierda colombiana y despojarla de los resabios clientelares que todavía la caracterizan. Renunciar a la "mermelada" (corrupción) como forma de acción política y gobernar en la búsqueda de la justicia social. Ambos candidatos tienen un espacio común en la lucha por la institucionalidad y la implantación de servicios públicos que corrijan la enorme injusticia y precariedad que todavía experimenta Colombia. Ese afán, unido a la erradicación de una corrupción que es más política que jurídico-penal, va a determinar que después de unas elecciones, gane quien las gane, van a obligar a construir un gran acuerdo político que posibilite legítimamente la vida de todas y todos los ciudadanos de Colombia. Un consenso constitucional básico que permita encauzar las diferencias políticas sin arruinar la democracia, algo que desgraciadamente estamos tirando por la borda en España. *Eloy García, catedrático de Derecho Constitucional.