Siguiendo con las derivaciones del femicidio de Agostina Vega, me he encontrado en estos días con numerosas intervenciones mediáticas del Ministro de Seguridad de la provincia, alguna del Fiscal de Instrucción interviniente y variadas de abogados defensores y querellantes. De todas pueden extraerse conclusiones útiles, aunque bien diferenciadas.
En relación al ministro de Seguridad, salir a dar explicaciones es su obligación. Parte de su función es precisamente esa: el femicidio de Agostina fue un hecho de inseguridad que impacta en su gestión y por el que debe responder. Quinteros tiene además facilidad para expresarse, lo que le juega a favor. Sin embargo, lo que me resulta increíble y al mismo tiempo triste es la curiosa pretensión de mostrar, con esa vehemencia, que una evidente derrota frente al delito puede servir para exhibir los supuestos éxitos de su gestión. Las constantes apariciones televisivas participando de labores policiales que no le son propias sino que resultan exclusivas de la fuerza —como el día del rastrillaje que derivó en el hallazgo del cuerpo de Agostina— revelan una intención de figurar que desprestigia la función, debilita su figura pública y coloca al funcionario en una primera línea que no debería ocupar.









