El modernismo o Art Nouveau es probablemente la corriente arquitectónica con mayor atractivo popular. Surgida a finales del XIX, sus arquitectos se inspiraban en la naturaleza como una forma de renovación artística frente a los estragos estéticos del realismo y la industrialización. La apuesta por esta forma de creatividad se extendió por Europa en ciudades como Riga que alberga más de 800 edificaciones de ese estilo concentradas en su centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad, Viena y Bruselas cuentan también con numerosos edificios modernistas al igual que Melilla que, a pesar de su tamaño, es la segunda ciudad española con mayor patrimonio Art Nouveau. Pero la capitalidad mundial del modernismo es, sin duda, Barcelona al poseer el mayor número de edificios inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, un total de nueve obras maestras, siete de las cuales son de Antonio Gaudí, internacionalmente reconocido como el más brillante y universal referente del modernismo y que quiso ser el arquitecto de Dios. Con una existencia tormentosa, el joven Gaudí recibe el título de la Escuela Provincial de arquitectura saltándose algunas clases y superando el golpe anímico que supusieron las muertes de su madre y sus hermanos. Cuentan sus biógrafos que el día de la graduación el director de la Escuela comentó que no sabía si habían dado el título a un genio o a un loco. Lo preciso sería quizá el fundir ambos adjetivos para definir la vida y la obra de quien ideó edificios tan deslumbrantes que constituyen el mayor polo de atracción internacional de la ciudad Condal. La Casa Batlló, la Pedrera o el Park Güell, entre otros, reciben cada año millones de visitantes con onerosas rentabilidades por la venta de tickets. Ninguna en todo caso como la Sagrada Familia, su obra magna, el espacio monumental con más ingresos del Estado que atrae cada año a casi 5 millones de visitantes, el 90% extranjeros. Para visitar aquel templo inacabado hay que reservar entradas con semanas de antelación y eso antes de que el mundo entero asistiera atónito al espectáculo alucinante ofrecido ante el Papa León XIV con motivo de la consagración de la Cruz de Jesús, el edificio más alto de la cristiandad. Imágenes visionadas en todo el planeta que multiplican exponencialmente su interés internacional lo que para el ayuntamiento barcelonés consolida al templo como un nuevo icono universal de excelencia, genialidad y convivencia. Todo ello salió de la cabeza de ese loco genial que concibió la Sagrada Familia como una biblia de piedra y un bosque de oración, un templo cuya construcción habría de sufragarse mediante donativos y limosnas para expiar y redimir los pecados y que Gaudí convirtió en un proyecto colosal, una maravilla de la ingeniería en la que situó la luz como elemento fundamental de su lenguaje arquitectónico. La luz para él era Dios, de ahí que la narrativa y orientación solar de sus vidrieras generen una atmósfera de luminosidad espiritual en su interior. Supo el genio del modernismo que la magnitud del proyecto no le permitiría verlo acabado y que la complejidad de su ejecución requeriría el uso de técnicas aún por inventar como ha sido el empleo de toneladas de pegamento de la compañía Henkel, cuya tecnología permitió levantar las gigantescas torres garantizando su estabilidad. A la Sagrada Familia aún le queda por construir la fachada principal, lo que exige el derribo de varios edificios colindantes y al menos diez años más de trabajo. La locura del arquitecto de Dios continúa.