“Brasil puede convertirse en una especie de Arabia Saudita de los biocombustibles”. La frase la pronunció el presidente Luiz Inácio Lula da Silva el pasado 20 de abril, durante su visita a la Feria Industrial de Hannover, a la que acudió Brasil como país invitado. Con una botella de Be8 BeVant, biodiésel hecho en Brasil, Lula forzó un test en un camión alemán Daimler Truck para probar que el biocombustible brasileño emite menos gases de efecto invernadero que ningún otro. Tras el éxito de su prueba, Lula defendió que la ley brasileña prohíbe la producción de biocombustible a partir de plantaciones en la Amazonia, en alusión al biocombustible elaborado a partir de caña de azúcar, soja o maíz, entre otras materias primas. “No hay evidencias de que Brasil deje de producir alimentos para producir biocombustible. Brasil tiene 40 millones de hectáreas de tierras degradadas que pueden ser recuperadas”, aseguró Lula. Durante la misma visita, el presidente brasileño afirmó que la “reciente crisis energética muestra que Europa necesita superar su resistencia ideológica al biocombustible”.
La performance de Lula no iba dirigida solo a Alemania, sino a la Comisión Europea, que está estudiando retirar al biodiésel de soja el estatus de recurso renovable, algo que impediría su uso para cumplir metas de reducción de emisión de carbono. Además, Lula pretendía driblar la resistencia histórica de la Unión Europea (UE) tanto a los alimentos como al biocombustible producido en América Latina, por su posible relación con la deforestación.










