Los países de Oriente Próximo no se habían visto en una situación económica tan crítica en décadas. Algunos de ellos, nunca. El doble cerrojo que pesa sobre el estrecho de Ormuz ha hundido sus exportaciones de petróleo y gas a mínimos de muchos años, reduciendo sus ingresos, obligándoles a pedir ayuda externa ―al mismo país, Estados Unidos, que, junto con Israel, ha convertido una vez más a la región en un enorme polvorín― y a buscar a la desesperada alternativas para poder vender su producción fósil. Sin esas exportaciones, difícilmente podrán aguantar muchas semanas más sin que el daño financiero pase a mayores. Cada país sigue una estrategia distinta. Irán, que a la sequía exportadora suma los ingentes costes militares y de reparación de los daños causados por las bombas, trata de aprovechar un corredor ferroviario activo desde 2025 para dar salida a su crudo rumbo a China. Una ruta que, según adelantó el diario estadounidense The Wall Street Journal, incluso acorta los tiempos respecto a la vía tradicional ―por barco a través de Ormuz―, pero que solo permitiría enviar una pequeña parte de lo que hoy bombea la República Islámica. Arabia Saudí, la otra gran potencia regional, es uno de los Estados con una alternativa parcial a Ormuz. Dispone de un gran tubo que, sin embargo, no alcanza la capacidad que ofrece la vía marítima por Ormuz, la arteria por la que Riad exporta normalmente el grueso de su producción. El oleoducto Este-Oeste —también conocido como Petroline—, construido en la década de 1980 durante la guerra entre Irán e Irak, lleva crudo desde Abqaiq, en el golfo Pérsico, hasta Yanbu en el mar Rojo. Tenía una capacidad de cinco millones de barriles diarios luego ampliados a siete millones en 2019, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA, por sus siglas en inglés). En las tres primeras semanas de marzo, Arabia Saudí envió por esa vía alternativa alrededor de cuatro millones de barriles diarios, menos de la mitad de su producción inmediatamente anterior al inicio de la guerra.Emiratos Árabes Unidos, que en los últimos años había intentado diversificar su matriz productiva añadiendo derivados del crudo y el gas a su oferta, trata hoy de dar salida a sus fertilizantes ―junto con el queroseno, lo que más escasea estos días, sobre todo en Asia y en Europa, poniendo en riesgo la próxima campaña agrícola― por carretera hasta los puertos emiratíes del golfo de Omán, más allá de Ormuz. Esta semana, Irak también ha empezado a sacar por camión, rumbo a Siria, parte del crudo que antes exportaba por barco.También Emiratos tiene un oleoducto que termina en el puerto de Fuyaira, en el golfo de Omán. Sin embargo, sus terminales ha sido atacadas en sucesivas ocasiones durante la guerra, las últimas dos veces los pasados lunes y martes. El lunes, la Guardia Revolucionaria iraní publicó un mapa en el que incluía Fuyaira en la zona bajo su control en el acceso al estrecho de Ormuz. Estas soluciones son, en todo caso, “parches temporales”, en palabras de Gonzalo Escribano, director del Programa de Energía y Clima del Real Instituto Elcano. El Consejo de Cooperación del Golfo, recuerda, también tenía una planificación para interconectar los Estados miembros por tren allá por 2030, una infraestructura que se podría utilizar para exportar petróleo. “Pero tanto en el caso del tren como en el del camión, los volúmenes que permiten exportar son mucho menores. Y es notablemente más caro que sacar el crudo por oleoducto o por barco″, afirma por teléfono. Esas supuestas alternativas, coincide desde Qatar Nikolay Kozhanov, experto en energía y profesor asociado del Instituto de Estudios del Golfo de la Universidad de Qatar, “no son realistas”. Ese tipo de transporte está “diseñado para otro tipo de mercancías”, no para el petróleo ni muchos de sus derivados. Baréin y Kuwait son, de entre los países del Golfo, los que se encuentran en una situación más precaria. Ninguno de los dos tiene oleoducto alguno para salvar el estrecho de Ormuz, por lo que sus exportaciones de combustibles fósiles ―el grueso de su balanza comercial― se han hundido virtualmente hasta cero durante el mes de abril en el caso de Kuwait. El primero, además, cuenta con una elevada deuda pública, lo que frena cualquier solución de futuro que suponga una elevada inversión.El caso de Irak es algo más complejo. Aunque notablemente más pobre que Baréin, Kuwait, Arabia Saudí y, sobre todo, que Emiratos Árabes, sí cuenta con un oleoducto que le permite sacar unos 250.000 barriles de crudo al día. Una pequeñísima fracción del total, en todo caso: en febrero, el último mes completo antes del cierre del estrecho, puso cada jornada más de 3,5 millones de barriles en el antes rebosante y hoy sediento mercado internacional a través de las terminales del sur de Basora. Sin capacidad de almacenamiento, Irak tuvo que reducir su producción a entre 1,5 y dos millones de barriles diarios: el volumen que pueden absorber sus refinerías para consumo nacional. Dado que el 90% del presupuesto de Irak depende de las exportaciones de petróleo, el tiempo apremia cada vez más en ese país árabe. Las autoridades iraquíes acaban de anunciar el inicio de las obras para la construcción de un nuevo tubo ―entre las localidades de Basora y Haditha, de algo más de 700 kilómetros de longitud― para poder dar salida a su petróleo rumbo a Siria y a Turquía. El proyecto, para el que ya ha anunciado una partida inicial de 1.500 millones de dólares (1.300 millones de euros) y que tendrá capacidad para canalizar 2,5 millones de barriles por día, tardará al menos dos años en entrar en operación. No servirá, por tanto, para conjurar la actual crisis.Tampoco parece factible la reactivación de un proyecto que ya existía antes de la guerra para reactivar un viejo oleoducto que discurre entre la iraquí Kirkuk y Baniyas, en Siria, uno de cuyos tramos lleva inactivo desde la invasión estadounidense de 2003. Reparar ese ducto supone un enorme y costoso desafío técnico, sobre todo porque, además de su largo periodo de inactividad, los sucesivos conflictos en Irak y Siria han destruido la mayoría de estaciones de bombeo a lo largo de su trazado original, según declaró el viceministro sirio de Asuntos Petroleros, Ghiath Diab, al diario Al Arabi Al Jadid el pasado noviembre. “Es lógico que se esté pensando seriamente en construir nuevos oleoductos o ampliar la capacidad de los ya existentes”, reflexiona Escribano. “Emiratos busca doblar la capacidad del que tiene ahora, algo que tiene aún más sentido tras su salida de la OPEP [la Organización de Países Exportadores de Petróleo], porque ya no se verán sujetos a cuotas de producción. Y Arabia Saudí, además de tratar de sacar más por el oleoducto actual, sopesa llevarse parte de su actividad al mar Rojo”, recuerda. Esta última opción tiene, sin embargo, un problema añadido: del riesgo de cierre de Ormuz por parte de Irán pasan a un riesgo de cierre del estrecho de Bab el Mandeb por parte de los hutíes de Yemen, aliados de la República Islámica. “Estas soluciones alternativas”, añade Nikolay Kozhanov, “no cubren” las pérdidas ocasionadas por el bloqueo de Ormuz. Con diferencias notables, advierte el experto, que cita el caso de Arabia Saudí. Al poder seguir exportando una parte menor pero significativa de su producción, “el alza de los precios del crudo”, ahora por encima de los 100 dólares el barril, “compensa en parte las pérdidas”.
Camiones, trenes y oleoductos: los países del Golfo buscan a la desesperada nuevas rutas para vender su petróleo
Al margen de los parches de corto plazo, varios países de la región resucitan proyectos de conducciones para salvar el bloqueo de Ormuz







