Tan solo unos días antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia, en cualquier reunión que se preciara, amigos, compañeros de trabajo y familiares lanzaban al aire sus apuestas. Con Iván Cepeda liderando las encuestas, la inmensa mayoría creía que la izquierda acabaría ganando la elección en la segunda vuelta, e incluso en la primera, aunque no fuera lo que deseaban. Casi nadie supo leer lo que se venía: Abelardo de la Espriella obtuvo más de 10 millones de votos y superó hasta sus propias expectativas. Hoy la elección está reñida, aunque el promedio de los sondeos da al ultra un 80% de posibilidades de ganar. La conversación se daba en salones de clase media o de la élite bogotana, que apenas unos meses atrás hablaba de De la Espriella con perplejidad y desdén y que ahora va a votar por él con convencimiento. “¿Cómo ese señor que aparece en televisión sin medias va a ser presidente?“, se les oía bromear. La sorpresa atravesó el país, que sigue analizando el fenómeno de El Tigre, como se llama a si mismo este abogado penalista. Muchos colombianos de izquierda y de centro nunca pensaron que su discurso radical iba a calar en su entorno, que iba a generar peleas familiares, que acabarían disputándose el simbolismo de la camiseta de la selección. La receta ya había funcionado en Brasil, Argentina, El Salvador, Estados Unidos... Pero Colombia no lo vio venir. Hace ya ocho años, los brasileños también se peleaban por la camiseta de su selección de fútbol. Jair Bolsonaro, entonces candidato presidencial, se había apropiado de un símbolo que llenaba las calles en cada manifestación antiizquierdista. Mientras tanto, parte de la población miraba con incredulidad a sus vecinos, a sus padres o a sus compañeros de trabajo por jalear a un militar retirado, homófobo y nostálgico de la dictadura para que pudiera llegar a la presidencia. Algo parecido pasó con las estridencias de Milei. Y, por supuesto, de Donald Trump.“El futuro electoral de Colombia son los países de la región”, afirma la politóloga Laura Wills, de la Universidad de los Andes, que lleva tiempo estudiando el auge de la ultraderecha en América Latina. Lo que ocurrió con Bolsonaro en Brasil, con Milei en Argentina, con Bukele en El Salvador, fue un ensayo general al que Colombia acaba de llegar. Oliver Stuenkel, politólogo de la Fundação Getulio Vargas de São Paulo, identifica ingredientes muy similares en los fenómenos de Bolsonaro y De la Espriella con casi una década de distancia: el outsider que provoca, el que habla directamente a sus seguidores saltándose a los medios tradicionales, el que se apropia de símbolos nacionales para señalar implícitamente que los otros no están comprometidos con la patria, el candidato que promete orden. A todo ello se suma una millonaria campaña de marketing que, además de convencer, ha hecho dinero. Mientras el equipo de su adversario, Iván Cepeda, regala gorras a puñados en sus mitines, De la Espriella las vende. Ha montado un negocio con su merchandising. Pero el fenómeno colombiano tiene sus propias singularidades y los votantes de El Tigre tienen motivaciones muy distintas: van desde el fanático genuino, emocionalmente conectado con el candidato sin necesidad de conocer su programa, hasta el voto contra Gustavo Petro, contra su gobierno, contra lo que representa. Ese odio viene de lo que Petro simboliza para una parte de Colombia —el exguerrillero que llegó al poder, la encarnación de la herida abierta que dejó el conflicto armado—. A ese odio de fondo se sumó el del día a día de un presidente que gobierna por Twitter, que abre crisis diplomáticas, que provoca constantemente. También el que aumentó las ayudas a los más pobres y amenaza con quitar privilegios a la élite.De la Espriella ha seguido también el guion de Trump, de Milei o de Bukele, al colocarse fuera del sistema. Se presenta como outsider, que no se alía con la política tradicional. Aunque no sea del todo cierto, funciona. “Bolsonaro era un político de larguísima trayectoria en el Congreso, pero se vendió como outsider. Era una construcción, no una realidad”, señala Stuenkel. El Tigre nunca ha ocupado un cargo público y evita aparecer con ningún representante de la política tradicional. Ni siquiera con el expresidente Álvaro Uribe, que lo apoyó públicamente nada más proclamarse vencedor de la primera vuelta. El abogado no se sale del libreto porque sabe a quién está apelando. Según la última encuesta Invamer, los partidos políticos son la institución más desprestigiada del país: solo el 26% de los colombianos tiene una opinión favorable de ellos. El producto De la Espriella también incluye altas dosis de conservadurismo: arengas militares, oposición al aborto, comentarios homófobos y fervor religioso que mueve masas, a pesar de que hace unos años se declaraba irremediablemente ateo. Parte fundamental de esta receta triunfadora en una región marcada por la violencia es la mano dura para acabar con los problemas de inseguridad. “Me gusta su firmeza, es una persona que sabe lo que quiere y que es diferente a los políticos de siempre”, contaba en Bogotá hace unas semanas Daniel Carballo, un emocionado estudiante de medicina de 21 años. El joven acababa de estrechar la mano a El Tigre después de un mitin y bromeaba con no lavársela en una semana. Hijo de médicos, Carballo no dudaba en defender la que para él era la mejor promesa de su candidato: la construcción de diez megacárceles. “Si le funcionó a Bukele, también funcionará aquí”, aseguró, a pesar de que la naturaleza del crimen, su complejidad transnacional y el tamaño de Colombia distan mucho de parecerse a los de El Salvador. El fenómeno se lee también en clave regionalista. De la Espriella es de la costa Caribe, un origen estigmatizado en el interior andino y más rico de Colombia. Para el cachaco —como los costeños llaman a los habitantes del interior— De la Espriella es ruidoso, ostentoso, incluso corroncho, que es como decir hortera. En esa tensión histórica entre la Costa y el centro, el cachaco es el estirado, el que se toma demasiado en serio las formas, el que mira por encima del hombro a quien no comparte sus códigos. Representa el poder centralista, un prejuicio que la campaña ha usado como capital político para crecer en una de las regiones clave y que tiende a votar contra la derecha. “Costeño vota a costeño”, es uno de sus eslóganes.Y en una elección marcada por el show y las emociones, De la Espriella ofrece algo que Cepeda está muy lejos de encarnar: lo aspiracional. El abogado penalista es millonario y ostentoso sin disculparse: casa en Italia, en Miami, jets privados, ropa de marca, una mujer joven de anuncio, una mansión donde cría a sus cuatro hijos, pasaporte estadounidense e italiano… “Encarna buena parte de las aspiraciones de los colombianos, es exitoso en los negocios, aunque probablemente mucha gente no se pregunta de dónde viene esa plata”, dice Wills. Es el mismo mensaje que llevó a Trump a convencer a trabajadores humildes de que votaran por un multimillonario de Manhattan.El próximo domingo, Colombia elegirá presidente. Y todo apunta a que será ese hombre al que despreciaban por no usar medias. El mismo que la élite y la izquierda bogotana descartaban hace apenas unos meses (aunque por motivos distintos), que ahora llena estadios y hace fortuna con su propio merchandising. Es quizá un fenómeno nuevo en Colombia, pero el último ejemplo de una receta conocida que ha logrado imponerse ya en casi toda una región.