En 2012, una adolescente de Minnesota empezó a recibir cupones de descuento para ropa de bebé y cunas. Su padre, furioso, acusó al supermercado Target, que se los estaba enviando, de incitar a su hija a quedarse embarazada. Al final tuvo que disculparse: la chica estaba embarazada. A pesar de que ella no se lo había contado a nadie, Target lo sabía. ¿Cómo? Un algoritmo había detectado cambios en sus compras de cremas hidratantes y suplementos vitamínicos, un patrón que suele verse en mujeres que se han quedado embarazadas.

La inteligencia artificial generativa no nace del vacío. Es la descendiente del modelo anterior, uno que ha convertido la vida, el comportamiento humano y el entorno en una mina de datos, explotada por un enorme sistema industrial que se lucra comerciando con esa información sin apenas límites legales. A nivel estructural, la IA no supone una ruptura con esas lógicas. Al contrario, representa una evolución, gracias a nuevas técnicas de análisis como las redes neuronales y el músculo computacional de los centros de datos hiperescalares.

Poco importa que los fines políticos y los marcos regulatorios de cada país difieran; la IA se ha desarrollado en esta dirección incluso en sistemas opuestos. Tanto en las democracias liberales como en la autocracia china, el avance de esta tecnología ha traído consigo una mayor capacidad de observación y predicción del comportamiento del individuo y de la sociedad. Más que un plan maligno, es una consecuencia técnica: la IA mejora cuanto mayor es su acceso a los datos, por lo que existen incentivos económicos y políticos para derribar las barreras de privacidad que le puedan cortar el paso.