Ya lo dijo Donald Trump el lunes ante los periodistas con el presidente francés, Emmanuel Macron: “Llamé anoche, muy tarde, para felicitarle [a Macron] porque un luchador francés ganó en la categoría de peso pesado. No sé, ¿quizás eso sea más importante que el Mundial de fútbol? Para algunos podría serlo; para algunos podría serlo. Tienen un equipo muy bueno, pero también tienen buenos luchadores”.
En efecto, para el propio presidente de EEUU, amigo de Gianni Infantino, máximo dirigente de la FIFA, quien creó un premio de la paz para hacer feliz a Trump e instaló sus oficinas en la Torre Trump de Nueva York, una velada sangrienta en la Casa Blanca de artes marciales mixtas es equivalente o superior a un Mundial de fútbol que se está celebrando en su propio país.
Estados Unidos es así: es un país en el que al fútbol, bautizado como tal por sus creadores británicos en 1863, se le llama soccer, porque para cuando el fútbol europeo llegó a EEUU ya existía aquí una variante del rugby llamada fútbol. Y ellos se quedaron con la abreviatura de la Association Football, que en Inglaterra se le llamaba assoc-er, término que acabó en “soccer” –frente al Rugby Football, que coloquialmente se le llamaba “rugger”–.













