“La Ley de Memoria Democrática de Aragón está derogada de facto, porque no se aplica”, sostiene el vicepresidente de Aragón y dirigente de Vox, Alejandro Nolasco. La ley fue derogada por el anterior gobierno de coalición de populares y ultras, en febrero de 2024, del que Nolasco también era número dos. Sin embargo, el Tribunal Constitucional admitió, hace ahora dos años, el recurso interpuesto por el Gobierno central contra la norma derogatoria y la dejó en suspenso. Es decir, la ley aprobada bajo el mandato del socialista Javier Lambán sigue legalmente en vigor.Nolasco no es de la misma opinión. “Lo que le hemos dicho al ministro [Ángel Víctor Torres] es que [la de memoria democrática] es una ley que se aprobó en el Parlamento de Aragón y se ha derogado en el Parlamento de Aragón”. La norma preveía la actualización del mapa de fosas o la creación de un banco con muestras de ADN, para facilitar la identificación de las víctimas, así como la imposición de sanciones a quienes exalten la dictadura o no retiren sus símbolos. “La ley no se ha reactivado”, confirma el vicepresidente aragonés. Otra cosa, sostiene, es que el Tribunal Constitucional acabe dando la razón al Gobierno central y anule definitivamente la norma derogatoria. En ese caso, alega, “se acatará la sentencia, como no puede ser de otro modo, pero lucharemos por todos los medios legales para derogarla de nuevo.”Nolasco estuvo el pasado fin de semana en Madrid. No lo llevó a la capital su condición de político, sino de escritor. Pasó la mañana del sábado en una caseta de la Feria de Libro, firmando ejemplares de una obra que publicó en 2021 y ahora se ha reeditado: Los últimos 50 de la División Azul. La diferencia entre la primera y la segunda edición es que todos los divisionarios que entrevistó entre 2016 y 2021, cuando recorrió 20.000 kilómetros por toda España recabando sus testimonios, han fallecido ya. El único superviviente es Carlos Bouza, el único que no figuraba en la edición original. “Que yo sepa, es el último de los 47.000 soldados españoles que fueron a Rusia que sigue vivo”. No es extraño porque, pese a ser de los más jóvenes, tiene ya 102 años.Nolasco asegura que se ha limitado a hacer de notario, recogiendo las declaraciones de sus protagonistas sin cambiar una coma. Pero él tiene sus propias opiniones. No duda en calificar de “héroes e idealistas” a los miembros de la División Azul, así llamada por el color de la camisa de la Falange, aunque algún carlista le recordara que su nombre oficial era 250 División de Infantería o División Española de Voluntarios. “Estaban movidos por un anticomunismo fiero. Irte a Rusia, tras haber pasado por una guerra civil, para combatir por razones ideológicas contra lo que consideraban una lacra es heroico”, sostiene.Aunque historiadores como José Luis Rodríguez Jiménez, de la Universidad Rey Juan Carlos, aseguran que muchos de los que se enrolaron no eran verdaderos voluntarios, sino que fueron empujados por la miseria o por hacerse perdonar sus antecedentes personales o familiares de lealtad a la República o militancia de izquierdas, Nolasco asegura que no ha encontrado entre sus interlocutores a ningún alistado forzoso. Tampoco a nadie que muestre arrepentimiento por haber combatido a las órdenes de Hitler. Antes de incorporarse al frente, tuvieron que jurar lealtad al Führer, pero lo hicieron como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas alemanas, la Wehrmacht, y no como líder del partido nacional socialista, les disculpa Nolasco.Sostiene que los voluntarios españoles ignoraban lo que pasaba en los campos de exterminio, aunque pudieron ver el parche con la estrella de David cosida a la ropa con el que los nazis identificaban a los judíos; y asegura que los españoles reprobaban el trato que los militares alemanes daban a la población civil, hasta el punto de que los soviéticos preferían rendirse a los soldados españoles antes que a los germanos. Los primeros soldados de la División Azul salieron de España en 1941, aclamados por la multitud y despedidos con todos los honres, y los últimos volvieron en 1954 de tapadillo. Franco les dio la espalda en 1943, cuando cambió el curso de la guerra y buscó hacerse perdonar por los aliados su cercanía a la Alemania nazi. Los más afortunados se incorporaron al Ejército e incluso llegaron a generales (como el golpista Jaime Milans del Bosch o el constitucional Guillermo Quintana Lacaci), pero otros quedaron en la indigencia y fueron socorridos por la hermandad de veteranos.Nolasco, abogado de profesión, sostiene que su afición a la historia no es incompatible con su rechazo a la ley de memoria. “La historia deben hacerla los historiadores, No se puede hacer desde el BOE”, alega. “Una cosa es exhumar los cadáveres. Nadie quiere que haya restos humanos en las cunetas. Y otra decirle a la gente lo que debe pensar. Dictar una historia oficial”, remacha.Con ley o sin ella, Aragón es la comunidad autónoma que alberga más fosas de la Guerra Civil y la dictadura, 1.246, de las que más de 700 están pendientes de intervención. Un problema que no tiene la División Azul: el Gobierno de Felipe González firmó en 1995 un convenio para financiar el mantenimiento de un cementerio español junto al del Ejército alemán en Pankovka (Novgorod, Rusia), donde han sido inhumados un millar de cadáveres. Tres decenas han sido repatriados en las últimas décadas por el Ministerio de Defensa.