¿Qué es la civilización? La pregunta suele responderse de dos formas: o bien el conjunto de cultura, normas y costumbres que definen una sociedad humana, o bien las ventajas materiales y sociales que caracterizan a las sociedades más avanzadas.

De una forma más pragmática, y atendiendo a la evolución reciente de la humanidad, podemos afirmar que la “civilización” (una palabra tan polisémica y ponzoñosa como “progreso”) es inseparable de la concentración del poder en unas pocas manos.

(Tengan un poco de paciencia: enseguida llegamos al fútbol). Decimos con cierta complacencia, por ejemplo, que no puede existir un sistema democrático sin que el Estado ostente el monopolio de la violencia (es la comúnmente aceptada tesis de Max Weber). Y aceptamos como inevitable, o al menos como poco destructiva para el tejido social, la corrupción “de arriba”, la generada por la colusión entre el Estado y el poder económico privado.

¿Quieren ejemplos? Ahí va uno “de arriba”: el rescate de la banca española a costa del contribuyente. No pasa nada. Seguimos con nuestras vidas. En cambio, la violencia y la corrupción “de abajo” alteran lo que llamamos “paz social”: eso ocurre cuando abundan las bandas dedicadas al secuestro y la extorsión y cuando el guardia de tráfico o el funcionario de la ventanilla te exigen un soborno.