Hubo un tiempo en el que aún no había redes sociales y apenas prensa digital, en el que los ataques contra mi labor periodística no solían ir acompañados de caricaturas, pero sí de bulos disparatados. En vísperas de la toma del islote de Perejil, en 2002, el semanario La Vie Économique de Casablanca llegó a escribir que yo trabajaba por las mañanas a las órdenes del presidente José María Aznar y, por las tardes, escribía en el diario El País lo que me habían dictado horas antes en La Moncloa. A ojos de la prensa oficialista marroquí, hoy en día casi toda, siempre he tenido un pagador al margen del medio de comunicación para el que escribía. Hubo una excepción, a mediados de la primera década de este siglo, cuando en plena luna de miel hispano-marroquí me abrieron las puertas de la residencia real de Ouarzazate. Allí entrevisté para El País, junto con mi director, Jesús Ceberio, al rey Mohamed VI, acompañado de sus más estrechos colaboradores. Fue la única entrevista que dio a un medio español. Desde entonces no ha vuelto a hablar con la prensa. Cuando empecé a narrar, a principios de la década pasada, que el monarca alauí pasaba largas temporadas de vacaciones fuera de su país -a veces hasta seis meses al año- se reanudaron las hostilidades. Autoridades marroquíes, Gobierno de España -el de Mariano Rajoy- y la propia dirección de El País forzaron en 2014 mi marcha del periódico en el que llevaba más de tres décadas trabajando. Desde entonces mis pagadores han ido cambiando. Durante la crisis hispano-marroquí (diciembre de 2020 a marzo de 2022), yo estaba de nuevo a sueldo de La Moncloa. Le 360, el digital afín a Mounir Majidi, secretario particular del rey, publicó incluso viñetas en las que se me veía acudiendo a La Moncloa a recibir instrucciones. Me solía acompañar Ali Lmrabet, periodista marroquí exiliado en Barcelona. Esas caricaturas no llevaban firma, pero en alguna de ellas reconocí el trazo de un dibujante antaño muy crítico con el majzén, el círculo que rodea a Mohamed VI, pero al que las penurias económicas habían obligado a reconvertirse. Le agradezco que me haya retratado más joven y con más pelo del que tengo. A veces también me sobornaba Moulay Hicham, apodado el "príncipe rojo", el miembro díscolo de la familia real alauí. A los miembros de la realeza marroquí está prohibido caricaturizarles. Por eso cuando él viajó a Madrid en 2015 para presentar su libro, Diario de un príncipe desterrado, hubo que sustituir la viñeta por la foto. Aquellos que recibieron el encargo de fotografiarnos juntos, no acertaron con nuestra cita. Se equivocaron de día y de lugar. Frustrados, en Rabat hicieron entonces un fotomontaje en el que se nos veía juntos en el bar de un hotel parisino. Le 360 se apresuró en publicarlo. TE PUEDE INTERESAR A finales de 2024, tuve la oportunidad de convertirme en asalariado de Mehdi Hijaouy, el que fue "número dos" del servicio secreto exterior marroquí (DGED) que pasó por Madrid huyendo de sus excompañeros que le perseguían para llevarle de vuelta a Marruecos. Conté su historia en El Confidencial. Bastó con esa crónica para que me respondieran en las redes mostrándome engatusado por los dólares que el exespía llevaba en un saco. Pero el pagador tradicional, el más fiel, ha sido el Ejército argelino. Abundan los memes, distribuidos en redes sociales, en los que se me ve escribiendo al dictado y cobrando generalmente en dólares. Últimamente he subido de categoría. El que me mete los billetes en el bolsillo de la chaqueta ya no es un oficial raso, sino el general Saïd Chengriha, jefe de Estado Mayor de los Ejércitos, al que el presidente Abdelmadjid Tebboune le susurra al oído sus instrucciones. Poseo ya tal colección de viñetas y memes, la mayoría sórdidos, pero algunos graciosos y con un toque artístico, que un amigo al que se los mostraba en el ordenador me sugirió que hiciera una exposición con los mejores, explicando a qué momento de la relación hispano-marroquí correspondían. Es verdad que escribo menos sobre Argelia que sobre Marruecos. Pese a que está solo a 180 kilómetros de la costa de Almería, suscita mucho menos interés entre los lectores españoles. Narré, por ejemplo, en septiembre la huida a España del general Abdelkader Haddad, que estaba sometido a arresto domiciliario en Argel. Entonces fueron los diarios argelinos El Khabar y Le Soir d’Algérie los que al unísono me señalaron como una pluma al servicio del majzén marroquí. Entre viñetas y memes se cuela un sinfín de largos artículos difamatorios. Cembrero "nunca trabaja gratis y actúa entre bastidores en cada crisis entre Marruecos y España, siendo remunerado con fondos secretos de un ministerio español", escribía, en junio de 2021, Hassan Alaoui, director de Maroc Diplomatique. Fue Alaoui el primero que me hizo sospechar que mi móvil había sido infectado con el malware Pegasus al hacerse eco, en una columna titulada "Cembrero el ectoplasma de Moncloa", extractos de WhatsApp intercambiados con un miembro del Gobierno de España en plena crisis con Marruecos. La investigación del consorcio periodístico Forbidden Stories confirmó al mes siguiente mis peores temores sobre el pirateo. TE PUEDE INTERESAR Cinco años después, a principios de este mes, Karim Serraj, el columnista estrella de Le 360, insistía en que mis vínculos con Argelia "revelan algo más profundo que una mera relación profesional". Cembrero, añadía, "articula las narrativas oficiales argelinas con un formato atractivo para el consumo local" español. Garabatos fabricados con la IA e invectivas son sólo pequeños fastidios comparados con los quebraderos de cabeza que me han dado dos denuncias penales del Gobierno de Marruecos en 2014, y dos demandas civiles, la última en 2022 del Reino de Marruecos y no ya del Ejecutivo. Volví a subir de categoría. Las primeras denuncias fueron archivadas sin que hubiera juicio, aunque llegué a estar imputado. En cuanto a la demanda por acción de jactancia, una reminiscencia medieval que aún figura en el Código Civil, gané en primera instancia y en la Audiencia Provincial. Pero preparar las defensas, recopilar documentación, traducir textos al español, etcétera, da mucho trabajo. TE PUEDE INTERESAR Opinión Aunque siempre estuve convencido de que ganaría, cuando aparecen en los tribunales españoles el Gobierno o el Reino de Marruecos surgen situaciones atípicas que inquietan al denunciado. Una fiscal antiterrorista, sobre la que debería recaer la denuncia, queda marginada o irrumpe en la sala un abogado enviado desde Rabat que se empeña en interrogarme. Ya me hubiese gustado poder enmarcar una sentencia como la que redactó la Corte Federal de Karlsruhe, el Supremo alemán, que desestimó en febrero la demanda de Marruecos contra dos publicaciones, Die Zeit y el Süddeutsche Zeitung, con un alegato a favor de la libertad de expresión. Ambas habían informado sobre el uso masivo de Pegasus por los servicios secretos marroquíes. Estos juicios son, sin embargo, menudencias comparados con la suerte que corren los periodistas marroquíes que han pasado años en la cárcel, como Omar Radi, Souleiman Raissuni, Taoufik Bouachrine o la bloguera Saida el Alami, que aún está detrás de los barrotes. Fue condenada en septiembre a tres años de cárcel. TE PUEDE INTERESAR Uno de estos expresos, Souleiman Raissouni, escribió la semana pasada, desde su exilio tunecino, un artículo en el que resaltaba mi independencia tras leer una nueva salva de columnas describiéndome como un "mercenario" de Argelia. No hay nada más reconfortante que ser defendido por un colega marroquí ante las plumas de sus compatriotas que escriben a las órdenes del majzén, es decir, de la Casa Real. Desde aquí quiero darle las gracias a Souleiman, que me defendió en público, y a otros marroquíes que me manifiestan en privado su apoyo.