Hace casi tres lustros que la profecía del calendario maya pronosticaba el último amanecer para un 21 de diciembre de 2012. Acababa el quinto ciclo solar y la Tierra, Júpiter, Marte y Saturno iban a formar una conjunción, con el Sol en el centro. Intensos flujos de energía atravesarían la atmósfera terrestre de tal modo que, tras una inversión de los polos magnéticos y una alteración de la órbita, se desplazarían gigantescos volúmenes de agua, causando la muerte de millones de personas. No llegó el fin del mundo. Ni aquel día ni otros tantos augurados, siglo a siglo, por profetas, astrónomos y visionarios.

Empieza a pasar lo mismo con el Gobierno de España. Desde 2023, no ha pasado un mes en el que algún clarividente no anunciase el final de la democracia o escribiese el epitafio de Pedro Sánchez. Tantos augurios, tantos titulares, tantos profetas del Apocalipsis y tanta excitación ante un final que no termina de llegar que uno acaba, aunque no sea aficionado, enganchado al España-Cabo Verde con tal de desconectar un par de horas.