El concepto de tiempo es uno de los misterios más complejos a que se ha enfrentado el hombre desde la más remota antigüedad. Es famosa la respuesta que dejó escrita de Agustín de Hipona, hace más de 16 siglos: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo a quien me lo pregunta, no lo sé”. Durante todo ese tiempo, la pregunta ha dado tema para incontables discusiones filosóficas. Hoy, por primera vez en la historia, responderla trasciende la metafísica para convertirse en una cuestión de interés muy práctico. Ante la posibilidad de que en un futuro próximo se establezcan bases habitadas en la Luna (y más remotamente, en Marte y otros planetas), las agencias espaciales se enfrentan al problema de redefinir el propio concepto de tiempo. No en el sentido tradicional de “¿Qué hora es?”, sino de algo mucho más profundo: el asegurarse de que dos relojes situados en dos planetas distintos están sincronizados. En otras palabras, que el tiempo fluye para ambos a la misma velocidad. No es así. Hace ya más de un siglo, Einstein desmontó de dos plumazos la naturaleza absoluta del tiempo, que desde Newton se había mantenido como un dogma. La teoría restringida de la relatividad apunta a que el tiempo transcurre más lento para los pasajeros de una nave espacial que para quienes los observan desde tierra. La teoría general, además, establece que el fluir del tiempo depende de la gravedad: dentro de un pozo gravitatorio, se retrasa. En el caso extremo del horizonte de sucesos de un agujero negro, puede llegar a detenerse. Aunque la contracción temporal parece magia, es un efecto muy real. A bajas velocidades, como en un avión, resulta imperceptible. Solo se vuelve evidente cuando hablamos de decenas, cientos o miles de kilómetros por segundo. Como, por ejemplo, a bordo de un satélite artificial. O cuando subimos una montaña muy alta: a más distancia del centro de la Tierra, la fuerza de la gravedad disminuye y el tiempo se acelera levísimamente. Incluso en órbita terrestre, esos efectos no son despreciables. Los navegadores GPS trabajan midiendo la diferencia de los tiempos que tardan en llegar a ellos las señales de al menos tres satélites. Si no se corrigieran ambos fenómenos relativistas (la aceleración del tiempo debida a la mayor distancia a la Tierra y su retraso, producido por la velocidad del satélite), el error sería de decenas de metros. Si la pantalla de nuestro coche lo muestra en el centro de la carretera y no en pleno campo es un tributo a que las ideas de Einstein realmente funcionan. Los relojes de MarteExtrapolando la situación a otros planetas, el efecto es similar. En la superficie de Marte, con una gravedad tres veces inferior a la nuestra (pero más lejos del Sol), el tiempo va más rápido: gana 477 millonésimas de segundo por día. Además, para complicar más las cosas, su órbita es mucho más excéntrica, así que esa cifra puede variar hasta en un 50%, según en qué punto de su trayectoria esté. En la Luna también se gana tiempo porque tiene aún menos gravedad propia, pero está “hundida” en el mismo pozo gravitatorio solar que nosotros, así que allí solo adelanta unos 56 microsegundos con respecto al nuestro. En la práctica, ¿tiene esa diferencia mucha importancia? Depende de para qué. Desde luego, no para decidir si en la Luna vamos a dormir siestas 56 microsegundos más breves que en casa. Pero sí, si se trata de calcular distancias basándose en un futuro sistema GPS lunar. Estos satélites, dotados de relojes atómicos ultraestables, miden diferencias de tiempo en nanosegundos (milésimas de microsegundo). En un nanosegundo, la luz (o sea, la señal que emiten hacia nuestros navegadores) recorre 30 centímetros. Si no se compensan las discrepancias relativistas, el error de posición puede medirse en kilómetros. O en cientos de kilómetros. Para un astronauta que se haya alejado de su hábitat hasta perderlo de vista, conocer su posición exacta para regresar a ella en una emergencia será cuestión de vida o muerte. Si se envían naves de suministros capaces de aterrizar automáticamente, querremos que se posen cerca de la base, no a doscientos kilómetros. Y si se trata de acoplar dos vehículos en órbita, los relojes de ambos deberán estar ajustados en el mismo marco temporal. No olvidemos que un error de solo un nanosegundo supone la diferencia entre completar o fallar el atraque. Diez nanosegundos pueden conducir a una colisión en pleno vuelo. La NASA lleva algún tiempo estudiando una constelación de satélites (Lunar Communication Relay and Navigation System) que servirán para dos propósitos: facilitar las comunicaciones alrededor de la Luna y, al mismo tiempo, ofrecer un sistema de balizas de radio muy superprecisas sobre las que reproducir una especie de GPS con las correcciones propias de nuestro satélite. Por ahora, los únicos que pueden comunicarse con vehículos en la cara oculta son los chinos, gracias a sus dos satélites Quequiao (“Puente de urracas”). El nombre hace referencia a una antigua leyenda china que cuenta cómo miles de esos pájaros tendieron una pasarela sobre el río de la Vía Láctea para reunir —una vez al año— a dos amantes aislados en orillas opuestas. Con ellos, la agencia espacial consiguió manejar un rover en la cara oculta y, más tarde, recuperar una muestra, el único ejemplar de esa zona que tenemos. ¿Y Marte? Ahí, a los problemas citados se añade otro inconveniente: Su día dura 24 horas y 39 minutos. Así que cada amanecer marciano se produce algo más de media hora más tarde que el anterior (medido desde la Tierra). Ahora hay dos robots operando allí. Los técnicos que los controlan han tenido que adaptarse a un sistema de turnos que va perdiendo media hora cada día. Al vivir según el horario marciano (ya que los rovers solo se desplazan de día), su ciclo terrestre perdía todo sincronismo con la realidad. Pocos días después del aterrizaje ya tenían que cenar a mediodía o irse a dormir al alba; todo ello, con el caos que eso introducía en su vida familiar. Cuando, muy en el futuro, un humano ponga un pie en Marte, probablemente habrá que establecer un sistema de tiempo similar al que ahora se prepara para la Luna. Y es que, por extraño que parezca, en el Universo cada lugar vive a su propio ritmo, que poco tiene que ver con el del vecino.