En junio del año pasado, Donald Trump tuvo que abandonar la cumbre del G-7 en Canadá antes de lo previsto. El conflicto entre Irán e Israel se estaba intensificando y argumentó que tenía que volver a Washington para tomar medidas. Esas medidas se resumieron, días después, en el inicio de los ataques contra instalaciones nucleares de Teherán. Este junio, el presidente estadounidense aterrizaba en los Alpes franceses con un "memorándum de entendimiento" bajo el brazo, tres meses después de la Operación Furía Épica. Su preacuerdo con Irán se alcanzó unas horas antes de que Trump celebrara su 80 cumpleaños con unos juegos gladiatorios en la Casa Blanca, y dominará las conversaciones en esta cumbre del G7. Lo ha hecho desde que el mandatario ha puesto el pie en Évian. En una reunión bilateral con el presidente francés, Emmanuel Macron, antes del inicio oficial de la cumbre, Trump señaló que el estrecho de Ormuz ya está parcialmente abierto y que confía en que lo esté completamente este viernes. Este es el día en el que se espera la formalización y firma del acuerdo en un acto en Ginebra, Suiza, a la que el magante no ha confirmado su asistencia. Para el estadounidense, el acuerdo preliminar, cuyo contenido todavía no se ha hecho público totalmente, es "muy potente" y "va a traer mucho éxito al mundo, porque el petróleo estuvo realmente bloqueado durante un tiempo". "La Bolsa se ha disparado como un cohete hoy. Y la cosa principal es que Irán no tendrá un arma nuclear. Ellos han aceptado plenamente eso con fuertes poderes de inspección", añadió en su encuentro con Macron. Sin embargo, los líderes europeos han respondido con cautela al pacto entre Washington y Teherán. En primer lugar, por su naturaleza híbrida: un texto clasificado que incluye la ansiada apertura de Ormuz, pero que se parece a una capitulación de Estados Unidos. Si la palabra "capitulación" les parece exagerada, quizás sea útil coger un folio en blanco y trazar dos columnas: en la columna de la izquierda pueden apuntar lo que buscaba EEUU en esta guerra. En la de la derecha, lo que ha conseguido. Columna de la izquierda: el presidente Trump quería un cambio de régimen, tal y como indicó la decapitación del liderazgo iraní y las llamadas explícitas a un levantamiento popular que recogiera el poder de entre los escombros; quería, también, destruir los arsenales de misiles y drones, y el programa nuclear, y, en resumen, arponear la cabeza del pulpo iraní, de manera que sus tentáculos, las milicias delegadas en Líbano, Yemen o Siria, se vieran desactivados. La eliminación del régimen de los ayatolas, en otras palabras, hubiera acabado con el gran enemigo sistémico de Israel, allanado el camino para la ampliación de los Acuerdos de Abraham y retratado a Trump como el gran redentor. El único hombre capaz de resolver, en unos pocos días o semanas, la cuestión iraní, que atormenta a todos los presidentes estadounidenses desde Jimmy Carter. Un Irán envalentonado Eso respecto a los objetivos. ¿Qué resultados podemos apuntar, 108 días después de que EEUU e Israel iniciaran los bombardeos, en la columna de la derecha? El régimen iraní no solo sigue en pie, sino que se ha radicalizado. Así lo atestigua el ascenso de generales de la Guardia Revolucionaria y de partidarios de la línea aún más dura cercanos al nuevo líder, Mojtaba Jamenei. Con el añadido de que, a partir de ahora, pueden verse políticamente fortalecidos por haber liderado la resistencia. El programa de drones y misiles ha sido degradado, pero no destruido. Una evaluación del Gobierno estadounidense, compartida por The New York Times, sostiene que, a principios de abril (cuando se acordó el alto el fuego), Irán retenía el 70% de su arsenal de misiles y el 60% de sus lanzaderas. Según fuentes de la inteligencia estadounidense citadas por CNN, además, los iraníes han retomado la producción de drones y misiles más rápido de lo que Washington había previsto. La arquitectura de seguridad que Estados Unidos había montado en la región ha sido debilitada. Tradicionalmente, acoger una base militar estadounidense en Catar o en Emiratos Árabes Unidos era una garantía de protección; desde el 28 de febrero, en cambio, es una vulnerabilidad. Según The Washington Post, Irán ha atacado una veintena de instalaciones militares estadounidenses en ocho países de Oriente Medio; entre otros sistemas, Teherán ha dañado o deshabilitado radares, defensas aéreas y aviones de repostaje, además de atizar, también, complejos diplomáticos y otros objetivos civiles. Sin embargo, buena parte de la protección militar estadounidense se ha centrado en Israel, no en las naciones árabes. Pero, sobre todo, Irán está envalentonado. En su afán de disuadir y de proyectar fuerza, no ha dudado en atacar posiciones estadounidenses, bombardear Israel y el resto de países aliados. Incluso ha realizado una maniobra de estrangulamiento en el estrecho de Ormuz, transformándolo en una palanca de poder geopolítico. Los iraníes también se han tomado la libertad de exigir un alto el fuego multilateral que incluyese Líbano, y han acompañado sus demandas con misiles. La señal definitiva de que a EEUU le han salido los bombardeos por la culata es que el texto, según fuentes iraníes y como también han barruntado los estadounidenses, recoge la suspensión de las sanciones energéticas, la descongelación de activos y la creación de un fondo de reconstrucción internacional de 300.000 millones de dólares. Están por ver las condiciones, los plazos y las justificaciones, pero este fondo, por ejemplo, ha sido confirmado por el vicepresidente, JD Vance. En otras palabras: se trata de un pago a Irán, que podrá volver a exportar su petróleo. Riesgo de un atolladero Ante esta tesitura, el recibimiento del preacuerdo en EEUU ha sido similar al del G7: agridulce. Por un lado, ha habido una discreta celebración del hecho de que el petróleo, aparentemente, volverá a fluir. Sobre todo teniendo en cuenta que el crudo almacenado se acababa. Los inventarios estadounidenses han bajado a mínimos desde 1983; Vietnam, Filipinas, Kenia o, en la Unión Europea, Eslovenia, empezaron a racionar el combustible. Como detalla un informe del think tank británico RUSI, "el abismo del suministro energético está alarmantemente cerca". Por otro lado, sin embargo, está la percepción de la capitulación y, si abrimos la lente, toda la actitud de EEUU en torno a esta guerra, al fin y al cabo, opcional: el ninguneo de los aliados europeos, a quienes Trump exigió que mandaran a sus flotas para reabrir Ormuz; el ninguneo, incluso, de sus propios lugartenientes, como Marco Rubio o el general de la CIA, John Ratcliffe, que le aconsejaron que no prestara oídos a los cantos de sirena de Benjamin Netanyahu; o el hecho de que su administración ha ido prescindiendo de miles de especialistas. El responsable de analizar Irán en el Consejo de Seguridad Nacional de EEUU, Nate Swanson, fue despedido el verano pasado. Un día antes de que Trump ordenara el ataque contra Irán, Swanson publicó en Foreign Affairs un artículo titulado de la siguiente manera: "Por qué Irán intensificará el conflicto: los ataques militares de EEUU y el riesgo de un atolladero". El corresponsal de Axios en la Casa Blanca, Barak Ravid, conocido por anunciar, apoyándose en fuentes oficiales, incontables acuerdos de paz al alcance de la mano, dice que los diplomáticos sin título oficial Steve Wikoff y Jared Kushner estaban a favor del preacuerdo. Marco Rubio y Pete Hegseth eran escépticos. La prueba definitiva es ver qué piensan los republicanos que suelen respaldar a Trump en cualquier circunstancia, y que apostaron por esta guerra. El senador Lindsay Graham publicó un comunicado cauteloso. Dijo que le "complacía" saber que se había acordado un memorándum, pero que le "preocupa en cierta medida que la perspectiva de Irán sobre el acuerdo parezca diferir de lo que sostiene el equipo negociador estadounidense". Avisó de que, al final, un acuerdo nuclear con Irán tendría que pasar por el Congreso, y lanzó un nombre. "Considero imprescindible que el artífice del acuerdo, el vicepresidente Vance, junto con sus socios negociadores, participen en el proceso de presentación del acuerdo final ante el Congreso". Si todo se tuerce, podría señalarse a un responsable. Y se puede torcer. Según Irán, el acuerdo es multilateral: abarca, también, a Líbano. Pero Israel ha acumulado un historial de ignorar las advertencias estadounidenses respecto a continuar sus ataques contra la milicia proiraní Hezbolá. A tenor del descontento generalizado en Israel respecto al memorándum de entendimiento, no es descartable que Tel Aviv, que no forma parte del preacuerdo, lo haga descarrilar haciendo que Irán acuda en defensa, de nuevo, de su aliado libanés. Aunque todo salga bien, este preacuerdo deja para más adelante la negociación del tema más espinoso: los límites al programa nuclear iraní. La transición del borrador al acuerdo en firme puede ser potencialmente más peliaguda. La crítica más cruda a la guerra de Trump ha venido de un exdignatario extranjero. Dominique de Villepin, que fue primer ministro y ministro de Exteriores del Gobierno conservador de Jacques Chirac, ha comparado la campaña con un "Chernóbil geopolítico". En declaraciones del sábado a CNN, Villepin dijo que el mundo está asistiendo a "la fusión del núcleo del reactor del liderazgo de EEUU".
La capitulación de EEUU: Trump llega al G7 con mucho que explicar sobre su pacto con Irán
El presidente estadounidense ha celebrado el acuerdo preliminar de paz, pero los líderes europeos actúan con cautela por la naturaleza híbrida del pacto












