En los últimos años, el desarrollo del liderazgo dentro de las organizaciones ha puesto un fuerte énfasis en las llamadas “habilidades blandas”. Conceptos como empatía, escucha activa, comunicación efectiva y bienestar han ganado protagonismo en programas de formación y en la agenda de Recursos Humanos.

Este cambio no es casual. Responde a la necesidad de dejar atrás modelos de gestión rígidos y poco humanos. Sin embargo, en ese proceso también se ha generado un nuevo desafío: el riesgo de desbalancear el liderazgo hacia lo relacional, en detrimento de la gestión operativa.

Hoy es cada vez más frecuente encontrar demandas de formación para líderes que busquen desarrollar capacidades de vínculo, pero poca importancia se le da al hecho de contar en complemento con herramientas que permitan estructurar el trabajo, tomar decisiones o establecer prioridades claras.

En definitiva, se corre el riesgo de crear equipos donde hay buen clima, pero baja claridad. Donde se conversa mucho, pero se ejecuta con dificultad.

La pregunta que surge es inevitable: ¿alcanza con desarrollar habilidades interpersonales para liderar de manera efectiva?