Fermín Cabanillas | Isla Cristina (Huelva) (EFE).- Hace 7.000 años que en las salinas de Isla Cristina se consigue sal de forma natural para distintos usos, pero hacerlo sin ningún proceso industrial no es habitual, y, de hecho, son pocos los ejemplos que se encuentran en territorio español, en los que sea la naturaleza en su totalidad la que consigue el producto final.

Uno de ellos se localiza en el paraje natural Marismas de Isla Cristina (Huelva), entre el Caño del Puntal y el Placerón, donde sobrevive la que sus responsables defienden como la última salina artesanal de la costa andaluza, que se gestiona desde 1954 con el mismo método de evaporación natural del agua de mar que se aplicaba en la primera salina del mundo, que hoy día sigue funcionando en el Valle Salado de Añana, en Álava.

Justo al pie de la carretera que une la barriada de Pozo del Camino con Isla Cristina se encuentran la Salinas del Alemán, nombre comercial de Biomaris, unas instalaciones de 12 hectáreas, que, aunque parezca mentira, tiene su origen en una orden que dio Hitler para vigilar la costa occidental de Huelva en la incipiente segunda Guerra Mundial.

El nombre del “Alemán” lo explica a EFE la responsable de marketing de las salinas, Sabina Limón Gómez, tercera generación, junto a sus hermanos, de un lugar que nació gracias a un hombre que llegó al pueblo en 1939, Hans Burghard, un químico alemán que tenía el encargo vigilar el tránsito de barcos británicos en la zona del Río Guadiana, que pudiesen estar cargados de minerales para fabricas armas.