Quiero imaginarme, la noche de este lunes en Atlanta, el primer gol de la selección española a Cabo Verde. Gol, por ejemplo, de Borja Iglesias con asistencia de Lamine Yamal tras un pase a este de Nico Williams. Gol de un futbolista que en su día renunció a jugar en la selección tras el abuso contra su compañera Jennifer Hermoso cometido por el entonces presidente de la federación. Asistencia de un joven de Mataró hijo de guineana y marroquí; pase de un navarro hijo de una pareja de ciudadanos de Ghana llegada a España en patera. No se me ocurre mejor resumen de la vida real de este país, de lo que pasa sin problemas en nuestras calles y en nuestros pueblos cada día. De la normalidad que nos define, de la convivencia que construimos a pesar de quienes se pasan la vida cabreados porque “los migrantes nos están invadiendo”.PublicidadNos están haciendo grandes y competitivos, pero nos están invadiendo. Invadiendo… ¿quién a quién? Nos están haciendo crecer, contribuyen a la prosperidad general, cotizan a la Seguridad Social, pagan impuestos y ponen el nombre de España en el mundo pero hay que regularlos cuando no directamente echarlos. Diez millones de extranjeros hay en España, el veinte por ciento de la población total. Unos tres millones de jóvenes son hijos de madre o padre de origen migrante. Solo en 2025 nacieron en los hospitales de este país 80.000 bebés de madres extranjeras, como Lamine en 2007, como Nico en 2002. Esta es la realidad, esta es la España que nos representa ante el mundo, esta es la España que puede hacernos ganar el segundo campeonato mundial de fútbol. Bajo un himno y una bandera de todos que los intolerantes se empeñan en patrimonializar en exclusiva.No sé por qué les acabo de llamar intolerantes cuando en realidad son unos fascistas, unos impresentables racistas que no soportan convivir con quienes tienen otro color de piel o no han nacido en la España casposa y alcanforada que preconizan. Unos machistas que cosifican a la mujer creyendo que pueden besarla cuando les salga de las narices como hizo el altanero Rubiales. Somos un país vibrante y vivo, pero la carcundia se empeña en ponerle puertas al campo. Un campo donde, por cierto, trabajan los migrantes, un país donde a sus ancianos los cuidan migrantes, los ladrillos de sus casas los ponen migrantes y las cañas de cerveza que tanto les gustan a algunas también las sirven migrantes.Pero la "prioridad nacional" es considerarlos ciudadanos de "segunda división" y relegarlos a la hora de acceder a un empleo, a los recursos públicos, a la sanidad o a cualquier otro tipo de ayuda social. Prioridad nacional. Bastardo concepto que el presuntamente democrático Partido Popular no tiene inconveniente en asumir si de ello depende que la ultraderecha le otorgue sus votos para gobernar en autonomías como Extremadura, Aragón, Castilla y León… y veremos qué acaba pasando en Andalucía.Católicos todos ellos, al menos de boquilla, han escuchado estos días las admoniciones de su jefe cuando, a su paso por Madrid, Barcelona y Canarias, les ha ido recordando que no se puede "alabar a Dios y al mismo tiempo despreciar a un ser humano por su color de piel, su lengua o el lugar donde nació", o que "la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera". Reconvenciones estas aplaudidas con el mismo fervor con el que fueron olvidadas al día siguiente. PublicidadTristes aprendices de papá Trump, quien lo mismo prohíbe la entrada a Estados Unidos de un árbitro somalí para dirigir encuentros en el Mundial que registra en los aeropuertos como si fueran delincuentes a futbolistas de las selecciones de Senegal o Uzbekistán. A los jugadores iraníes los ha humillado impidiéndoles instalarse en suelo americano y obligándoles a ir y venir desde Tijuana, México, cada vez que hayan de disputar un partido.Si de verdad aspiran a gobernar, hacen mal la derecha ultra y la ultraderecha en apostar por esta manera de ver las cosas ignorando así los mensajes de Robert Francis Prevost. En clave política, la institución que este preside debe su longevidad entre otras cosas a su capacidad para sintonizar con la sensibilidad y las necesidades de su clientela. León XIV entiende la importancia de las identidades y por eso utiliza el catalán cuando visita Barcelona, sabe también que los desheredados son más y por eso, aunque haya otras razones, defiende su dignidad. Tiene claro que no hay futuro ni prosperidad sin inmigración. Harían bien sus admiradores peperos y de Vox en interiorizar esto. Aunque les cueste disimular su rabia cuando Lamine, Nico o Borja vayan marcando goles estos días en el Mundial asistidos por un ramillete de compañeros vascos y catalanes donde ningún futbolista del Real Madrid ha encontrado sitio.