El hotel de lujo Baur au Lac de Zúrich es una las Grande dame de Europa central. Inaugurado en 1844, su momento más estelar —hasta 2015—se había producido en 1856: Richard Wagner mostró allí por primera vez en público un aperitivo de su ópera La Walkiria. Cantó él mismo y al piano le acompañó Franz Liszt. Pero, cuando en mayo de 2015, la policía suiza entró en el edificio de la talstrasse cambió el destino del deporte más popular del mundo y, quizá sin saberlo, abrió el camino para que “el calvo de los sorteos” de la Champions League se convirtiera en el capo de la FIFA. Una segunda redada en diciembre de ese año —en ambas los agentes arrestaron a miembros del Comité Ejecutivo del fútbol mundial— pavimentó el camino. Hoy, la FIFA ya no usa el Baur au Lac.

El pasado 11 de junio comenzó en Ciudad de México el Mundial de fútbol de la FIFA 2026. El presidente de la organización, Gianni Infantino, que se hizo conocido por extraer bolas para los emparejamientos de equipos en competiciones europeas, asistía, casi solo, desde el palco. Acaba de cumplir diez años en el cargo. Una década en la que, según diversas fuentes que lo han investigado, ha puesto a la FIFA “al servicio” del poder para generar cuanto más dinero mejor. Y la joya de la corona es el Mundial. Gracias a eso, la supuesta entidad sin ánimo de lucro va a facturar en este ciclo de cuatro años 11.236 millones de euros, un 73% más que en el ciclo anterior.