María Carolina Hoyos Turbay (Bogotá, XX años) representa como pocas personas la crudeza de la violencia política que ha sacudido a Colombia. Si usualmente las víctimas han sido campesinos, habitantes de zonas distantes de las grandes ciudades y de las clases más bajas, esta nieta de presidente ha sufrido los asesinatos de su madre Diana Turbau, en 1991, y de su hermano Miguel Uribe Turbay, en 2025. A un año del atentado por el que el entonces senador terminaría perdiendo la vida, lanza el libro Felicidad improbable, que escribió en parte mientras esperaba un milagro que sacara a su hermano menor de la unidad de cuidados intensivos en la que murió, y mientras la abuela de ambos y quien la crió en parte tras la ausencia de su madre, Nidia Quintero, agonizaba en la misma clínica. Hoyos ya no espera soluciones de ese tipo. En su libro, a medio camino entre la psicología y las memorias, propone más bien un camino de reconstrucción ante los golpes de la vida, un método que le ha dado esperanza en medio del dolor. “A todos se nos rompe la vida por un lado o por otro”, señala sobre cómo Pregunta. Han pasado doce meses desde el atentado a su hermano Miguel Uribe Turbay. ¿Cómo ha sido este año?Respuesta. Ha sido un año de muchas lecciones. Acomodarse a una ausencia como esta es muy difícil. Además, Miguel se había preparado para ser candidato en las elecciones que hoy están entre la primera y la segunda vuelta, de las que se habla en todos lados. Para mí, es como si me muriera un hijo en una piscina y yo siguiera metida en ella. Todo sigue rodeándome. El día de la primera vuelta fui a votar fresca, sin estar prevenida. Pero cuando me entregaron el tarjetón me puse a llorar horrible, y quienes me acompañaban no entendían qué pasaba. Yo necesitaba salir de esa piscina.P. Usted ya había sobrevivido la muerte de su mamá...R. Después de que murió ella, cuando yo acababa de cumplir 18 años, creí que tenía una especie de inmunidad. Pensaba que los problemas tienen que estar distribuidos a todos más o menos por igual, y que yo ya había tenido mi parte. Nunca me imaginé que me volviera a pasar algo así. Pero aprendí que no hay inmunidad de nada.P. ¿Y cómo ha enfrentado esa fragildiad y ese dolor?R. Con una red de apoyo muy importante —eso es clave para salir de cualquier cosa— y con método. No es que pase el tiempo y ya. El tiempo no cura nada: el tiempo entierra los dolores. La única manera en que esos dolores se transforman es a través de la estructura, de la orientación. Es como el cáncer: no se cura solo, se cura con tratamiento. Claro que a Miguel y yo nos unía un dolor muy hijueputa: habíamos perdido a nuestra mamá de la misma manera, asesinada. Saber que mi compañero en ese dolor ya no está es quedarme sola en él.P. Entonces Miguel era más que un hermano usual...R. Era pegamento. No nos veíamos todos los días, no hablábamos todos los días, pero él era protagonista en mi manada. Era llenador —y no por ser político. Su sonrisa era llenadora, era abrazador, besucón, cantaba bien, era amigo de los chiquitos y de los grandes. Tenía muchas cosas que hacen más difícil olvidarlo.P. Usted escribiendo Felicidad imperfecta cuando ocurrió el atentado. ¿Cómo fue eso?R. Empecé a escribirlo cuando hice el Camino de Santiago, que acababa de terminar cuando me avisaron del atentado contra Miguel. Volé a Bogotá desde España, llegué a la UCI y seguí escribiendo ahí. Luego lo hice en el cuarto de mi abuela Nidia, que agonizaba, y en el cuarto de Miguel, que agonizaba al tiempo. Ella murió, él también y yo terminé el libro. Cada una de las cosas que iba escribiendo las terminé viviendo. El libro fue mi salvavidas, mi verdadero salvavidas, y también la prueba de fuego del método: no era una teoría construida en una torre de marfil.P. ¿Cómo funcionó?R. Yo descubrí algo que llamo resiliencia acumulada. Hace unos 10 meses estaba caminando, entrando a la Catedral Primada, para el entierro de mi hermano. Y me dije: “Yo ya hice esto, ya caminé frente al cajón de mi mamá” Lo hice acompañada de mi hermano. Me di cuenta de que el dolor era el mismo, probablemente peor, pero que yo era distinta. No solo por ser mayor, sino por lo que ya había vivido. La resiliencia acumulada es como el Everest: cada dolor en la vida crea una capa que aumenta la estatura de quien lo sufre. Y cuando tienes mayor estatura para ver lo que te sucede, lo ves con mayor claridad, con mayor serenidad.P. ¿De dónde viene el método? ¿Qué es Felicidad imperfecta?R. Recorriendo el país con mi primer libro —Desde el fondo del mar— trabajé en talleres con más de mil víctimas de la violencia. Con ellas me di cuenta de que la mente lo cambia todo. Me encontré con una víctima que había sido empalada por la guerrilla y por los paramilitares, y me dijo: “Viéndole su sonrisa de oreja a oreja, me hace sentir muy mal, yo no puedo quejarme después de oírla a usted”. Y yo pensé: “Pero si a mí solo me mataron a mi mamá, no me pasó lo de ella” . Y ella decía lo contrario. Entendí que lo que pesa no es lo que a uno le pasa en la vida, sino cómo lo maneja. Para eso, el libro tiene un mapa, algo que el lector hace, basado en el concepto del kintsugi: en Japón, cuando se rompe una pieza de la vajilla, no la desechan ni buscan dejarla como antes. La pegan con oro y la vuelven una pieza única. Mi propuesta es esa: cada herida hay que volverla parte útil de tu evolución. Aunque hubiera sido mejor que no te hubiera pasado, ya te pasó.P. Mezcla en el libro la narración de su vida con propuestas de ejercicios de introspección...R. Es un híbrido, un género que se llama algo como prescriptive memoir, creo, no recuerdo bien. Suma lo que a uno le pasa, con herramientas para que el lector se quede con algo. Mis heridas me dan autoridad para proponer una mirada frente a la vida, pero el libro no es solamente descriptivo: tiene método, tiene estructura. Sirve para cualquier persona que no tiene su vida perfecta y organizada, que camina aunque no tiene todas las respuestas; es decir, para cualquier personas. Porque a todos se nos rompe la vida por un lado o por otro.P. Hoy, después del libro, después del asesinato de Miguel ¿cómo sabe que está bien?R. Tres cosas que me lo demuestran: tengo ilusiones, me siento productiva, tengo amor. Miguel me duele y me hace una falta horrible. No me hago preguntas porque no tengo respuestas: no sé por qué se fue, no puedo ni creerlo, y entonces trato de no hacerme la pregunta. Y este libro, que a una semana de lanzado ya iba en segunda edición, me ha traído muchos comentarios de lectores que me dicen que les cambió la vida. Ahí digo: valió la pena. Si mi conocimiento en momentos de dificultad le puede servir a otros, ¿qué más le puedo pedir a la vida?
María Carolina Hoyos Turbay: “El tiempo no cura nada, solo entierra los dolores”
En ‘Felicidad imperfecta’, convierte el duelo por su madre y por su hermano Miguel Uribe Turbay en un método para seguir caminando cuando la vida se rompe






