Aurora Nacarino-BraboActualizado Domingo,
junio
23:02El paso del Papa Le�n XIV por el Congreso de los Diputados ha dado lugar a varios debates en distintas frecuencias de sofisticaci�n. Quiz� el m�s pedestre sea la batalla de apropiaci�n a la que se han lanzado los partidos, incluso los m�s descre�dos –siete minutos dur� la ovaci�n a Robert Prevost, prolongada en una suerte de juego del gallina en el que el primero en dejar de aplaudir perd�a–. Todos han querido ver sus posiciones refrendadas por el Papa, y condenadas las del adversario. Pero si esta puja me interesa es solo como s�ntoma de una crisis: despojada de su antigua auctoritas, la pol�tica vuelve los ojos a la legitimaci�n de la Iglesia. Atr�s quedaron la confianza en el progreso, la fe ciega en la raz�n y el optimismo de la t�cnica que enterramos con el siglo XX. Hoy somos m�s papistas que el Papa.M�s me ha interesado, por la tradici�n pol�tica y teol�gica que encierra, la discusi�n sobre el lugar que debe ocupar la religi�n en el debate p�blico, sobre la relaci�n entre Estado e Iglesia y sobre la autoridad del Papa como prescriptor pol�tico. Le�n XIV se present� en el Congreso como �Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia cat�lica�. Nada de jefe de Estado. Algunos consideran intolerable ese uso de la tribuna como p�lpito, y esta confusi�n de escenarios merece una reflexi�n. No obstante, esta es una discusi�n tan antigua como Europa. O dicho de otro modo: Europa nace de esta discusi�n.Durante siglos, los llamados poderes universales, el Pontificado y el Imperio, se disputaron el dominium mundi. En La ciudad de Dios, escrito en el siglo V, San Agust�n hab�a establecido una distinci�n entre la civitas Dei, el reino celestial, y la civitas terrena, gobernada por los hombres. Esa separaci�n entre el orden espiritual y el temporal fue cuestionada durante la Edad Media, cuando se populariz� una reinterpretaci�n en clave hierocr�tica del mensaje de San Agust�n. Para los promotores de este nuevo �agustinismo pol�tico� la misi�n de la Iglesia deb�a ser instaurar la ciudad de Dios en la tierra, bajo su tutela. En otras palabras, el orden pol�tico deb�a someterse al religioso.El punto �lgido de este desencuentro se vivi� en el siglo XI, durante el papado de Gregorio VII. El Imperio se serv�a entonces de cargos eclesi�sticos designados por el rey para administrar un territorio tan vasto que de otro modo resultaba ingobernable. Hasta que el Papa reclam�, como vicario de Dios en la tierra, jurisdicci�n suprema sobre toda la cristiandad, incluido el emperador. Esta �querella de las investiduras� se prolong� durante d�cadas, dejando por el camino algunas de las escenas m�s evocadas de la historia medieval, como la del emperador Enrique IV suplicando descalzo, sobre la nieve de Canossa, su absoluci�n a Gregorio VII, que lo hab�a excomulgado.El Concordato de Worms de 1122 separ� al fin las jurisdicciones pol�tica y religiosa, e impuls� la b�squeda de una nueva legitimidad para el poder pol�tico, que recuper� el derecho romano y el pensamiento aristot�lico, y sent�, por serendipia, las bases de la soberan�a moderna. Una soberan�a perfeccionada luego tras otra guerra de religi�n, la de los Treinta A�os, y la paz de Westfalia que alumbr� el Estado-naci�n.La democracia liberal es un subproducto europeo –y aqu� incluyo la Revoluci�n Americana– cuya g�nesis est� directamente relacionada con ese sistema de pesos y contrapesos que protagonizaron la Iglesia y el Imperio durante siglos. Y aunque pacificada la querella, a�n hoy nos preguntamos, al ver a un Papa en la tribuna del Congreso, dirigi�ndose a los diputados y expres�ndose en t�rminos pol�ticos, sobre las legitimidades en conflicto.Y claro que cabe cuestionarse si Le�n XIV es en efecto un agustino, o tal vez un agustinista pol�tico. El agustino respeta la distinci�n entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena, y su teodicea pretende ser una orientaci�n moral y no un programa de gobierno. El agustinista pol�tico, en cambio, quiere realizar en la tierra la ciudad de Dios, y reclama un mandato al que el poder temporal debe someterse. Por eso, quiz� tranquilizara a los m�s suspicaces que Le�n XIV comenzara su alocuci�n a las Cortes reconociendo �la autonom�a de las realidades terrenas y la distinci�n entre comunidad eclesial y comunidad pol�tica�. Hecho el disclaimer, es innegable que su discurso fue marcadamente pol�tico, como corresponde, por otro lado, a la c�mara que lo acog�a. El Papa habl� del aborto, la eutanasia, la libertad educativa, la inteligencia artificial, la inmigraci�n, la memoria hist�rica, el derecho internacional o el secreto de confesi�n –en el contexto de las acusaciones de pederastia, fue sin duda el momento m�s inc�modo–.Que sus posiciones pueden o no compartirse no es m�s que una obviedad en el seno de una sociedad plural, pero m�s espinosas han resultado un par de afirmaciones del Pont�fice sobre las que me gustar�a detenerme. Aludiendo al lucernario por el que entra una luz cenital al Congreso, Le�n XIV record� que �la pol�tica necesita reconocer una medida que la precede y la supera�. Esa invocaci�n de lo religioso como prepol�tico puede despertar alg�n recelo, pero en el fondo no es m�s que una nueva vuelta a la Ilustraci�n europea y los or�genes del orden liberal. Cuando afirmamos que los derechos humanos son irrenunciables, inalienables e intangibles, lo que estamos se�alando es precisamente que preceden a la pol�tica porque est�n codificados en la naturaleza humana. Por eso se �declaran� y no se legislan.Thomas Jefferson lo expres� as� en la Declaraci�n de Independencia de Estados Unidos: �Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos est�n la vida, la libertad y la b�squeda de la felicidad�. Lo que muchos parecen haber olvidado es que el liberalismo democr�tico, que es el orden pol�tico m�s perfecto que la humanidad ha ensayado, ech� ra�ces sobre el cristianismo.Tambi�n hay quien ha interpretado como un desplazamiento democr�tico esta afirmaci�n del Papa: que �una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada�, sino cuando, adem�s, �puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse�. De nuevo, nos remite al debate entre iusnaturalismo y positivismo que recorre todo el discurso de Prevost, y se acerca a la famosa sentencia tomista –lex iniusta non est lex– y a la f�rmula de Radbruch que aprendimos en Nuremberg. La dignidad humana vertebra todo el texto, como vertebrar�a el texto de cualquier liberal, porque, como advirti� el propio Papa, �la fe cristiana la proclama a partir de la Revelaci�n�, mientras que �la raz�n humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre�.Una que se dice atea les asegura que este es el discurso de mayor hondura moral e intelectual que ha escuchado desde que lleg� al Congreso, sin necesidad de compartir todo su contenido. En otro tiempo anticlerical, hoy solo puedo reconocer que, si Europa es liberal, lo es a fuer de cristiana.Aurora Nacarino-Brabo es diputada del Partido Popular en el Congreso








