Actualizado a las 23:15h.
No cabía un alfiler en el callejón ni en los tendidos. En la sombra se clavaban los anteojos a las retinas para localizar al amigo que solo había encontrado entradas de sol en la reventa. Imposible divisarlo: era más fácil avistar una vela blanca en ... el horizonte que descubrir el rostro del conocido en medio de aquella marea humana. Se anunciaba la Corrida de Beneficencia, sin más Rey que Roca, y se palpaba en el ambiente derramado sobre la piedra: abanicos de marfil, perlas como lágrimas de virgen y aroma a Chanel y habano viejo. Sin embargo, antes de las ocho aquel olor se transformó en el de tierra mojada. El cielo se encapotó y sopló un viento con ecos de tormenta, desatada con furia a la salida del cuarto. Aquellos goterones como pedruscos abrieron las compuertas del diluvio universal. Llovía como si fuese el fin del mundo en el tercio de varas a Encaminado. Y más aún en banderillas, con el ruedo cada vez en peor estado. Si los charcos aguaban los tendidos, arroyos y más arroyos convertían el ruedo en una laguna negra sobre la que Talavante (en el lastimado primero no se dio coba) planteó una meritoria labor mientras el público huía por las bocanas. Quedaron los valientes y aquellos que cogieron paraguas y chubasqueros; con la revista del festejo y el programa de mano se cubrían otros.







