“Se sabe que la mejor manera de igno­rar algo es supo­ner que se lo conoce”. Cua­tro años antes de la muerte de Jorge Luis Bor­ges, el psi­coa­na­lista y cineasta Mario Levin comen­zaba así una intro­duc­ción al legado de Ser­gei M. Eisens­tein. De alguna manera esa frase ofi­ciaba de pró­logo a un estado de la cul­tura argen­tina que, como si la igno­ran­cia fuera pilar cons­ti­tu­tivo, sigue vigente. En este mito crí­tico se funda la edu­ca­ción sen­ti­men­tal de los argen­ti­nos: la obra de Bor­ges es la más igno­rada y, a su vez, la más cono­cida. Casi com­pro­ba­ción de la dua­li­dad onda / par­tí­cula de la luz que nos per­mite leer (y que la divi­ni­dad supo crear para rego­cijo de todas las espe­cies), del des­ti­lado bor­geano hoy apa­rece el labe­rinto, uno que trai­ciona su intrin­cado diseño en otra frase, la que corona el lan­za­miento de la edi­ción home­naje en tres volú­me­nes “com­ple­tos” (cada uno dedi­cado a ensa­yos, poe­sía y cuen­tos): “del labe­rinto se sale leyendo”. Así consta en la ima­gen de difu­sión de la edi­to­rial Alfa­guara. La tumba del escritor en Ginebra, Suiza. Sor­prende, en pri­mer tér­mino, la refe­ren­cia del men­saje a un lec­tor hipo­té­tico ence­rrado en un labe­rinto (no importa su forma) y que como solu­ción le pre­sen­ten la lec­tura. Luego, que la lec­tura resulte uti­li­ta­ria para el mismo, al punto que allana la salida de una figura más bien refe­rida a la rea­li­dad exis­ten­cial, cuya com­ple­ji­dad la hace inso­por­ta­ble. Esta suma de abs­trac­cio­nes desata deri­vas, incluso radi­ca­les: lec­tura y escri­tura care­cen de uti­li­dad, no son herra­mien­tas.