Por Marco A. Cervantes

A Tono, mi papá, por la pintura.

Tuve a un pintor extraviado por tres meses: en la calle de Justo Sierra, en el Centro, hay locales que venden saldos de libros, carteles y revistas de todo lo posible. Con suerte y paciencia te puedes encontrar un libro de Vázquez Montalbán o un Alma Guillermoprieto a $10.00. Era principios de año, y vi que en un puesto casi regalaban un calendario. De esos que dedican a un mismo pintor todo el año: desde enero a diciembre un cuadro distinto.

La primera pintura del aquel calendario me entusiasmó por la fuerza expresiva, es decir, era bien triste. Pero la pintura estaba compuesta de tal manera que añadía una calidez distinta a lo que contaba el cuadro. Vi de reojo el apellido; no conocía al autor. Las escenas me recordaban a Edward Hopper, pero con una técnica distinta. Escenas mucho más elaboradas: una tensión más compleja. Me asombró mucho.

Otra vez me ganó la desidia y la prisa. “Regreso mañana”, pensé. Por supuesto no regresé. Pasó una semana. Dos. Tres. Pero no olvidaba mi pendiente: el pintor me había llamado mucho la atención. “Tengo que ir, tengo que ir”.