“Mi padre se moría dos veces al año y dos veces al año, resucitaba”. La relación de Javier Peña (A Coruña, 1979) con su progenitor, un marino mercante que pasaba meses embarcado, ha marcado toda su vida. Su último libro, Tinta invisible, fue una carta de amor hacia él, escrita a través de los únicos elementos que, en los últimos tiempos, les permitían comunicarse: las historias. Durante el proceso de escritura, Peña comprendió que su carácter ciclotímico procede de aquel carrusel de sentimientos que padeció de niño. Y volvió a mirar al mar, un elemento tan importante para él como lo fue para la historia del mundo y de la literatura. Todo eso es lo que está detrás de Es necesario navegar, el monólogo que inicia su gira por España pero que también llegará al otro lado de ese océano, a Latinoamérica, donde su podcast literario, Grandes infelices, vive todo un fenómeno fan.
“Mi padre se iba cuatro meses, luego pasaba dos en casa, marchaba otros cuatro, volvía dos más...”, recuerda Peña en un café compostelano, su espacio natural de trabajo. “Para un niño de siete u ocho años, cuatro meses es toda la vida”. Por eso, él está convencido de que esa “montaña rusa” de su infancia explica cómo es. “Mi carácter, que pasa de eufórico a depresivo, se representa en esa idea de mi padre yéndose, mi padre volviendo...”. Y todo por culpa del mismo mar que él veía desde pequeño, en su piso sobre la playa de San Amaro, desde el que se divisó el accidente del petrolero Urquiola. Él entonces aún no había nacido, pero sí recuerda cómo, en 1992 , lo mandaron a casa, junto a todos sus compañeros de colegio, porque se temía que la nube de humo provocada por el petrolero Mar Egeo, encallado a los pies de la Torre de Hércules, pudiese ser tóxica.











