Durante décadas, los lácteos enteros ocuparon un lugar incómodo y negativo dentro de las recomendaciones nutricionales tradicionales. Por su alto contenido en grasas saturadas, se los convirtió en uno de los alimentos marcados por su potencial riesgo para la salud cardiovascular. A punto tal que muchas guías nacionales promovieron el consumo de las versiones descremadas como alternativa preferida. Sin embargo, una creciente cantidad de investigaciones está comenzando a cuestionar esa visión y a plantear que la relación entre estos alimentos y la salud es mucho más compleja de lo que se creía. La discusión volvió a la palestra tras la publicación de una revisión científica realizada por investigadores de la Universidad de Vermont en la revista médica “Frontiers in Nutrition”. Este trabajo compiló importantes estudios publicados durante una década buscando evaluar la relación entre el consumo de lácteos enteros y distintos indicadores de la salud cardiometabólica. Se analizaron sus relaciones con la obesidad, la presencia de diabetes tipo 2, el grado de inflamación, la presión arterial, los niveles de colesterol y el riesgo cardiovascular general.
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