EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.Antes, en el suelo de los campos de cultivo, Clorinda Vergara recuerda que había muchos insectos. La entomóloga del Museo de Entomología Klaus Raven Büller de la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM) hace memoria frente a unas cajas donde hay numerosas ‘tijeretas’ (Labiduria riparia) disecadas, un bicho de porte amenazante, pero inofensivo para los humanos que, además, es vital para la tierra.“Hace galerías, por donde entra y sale. Con lo que el suelo se airea y la planta crece mejor; por esos canales, también entra el agua”, explica la científica. Al igual que otros animales invertebrados -como los artrópodos los insectos, los arácnidos y los miriápodos (el ciempiés)-, este insecto comienza a correr el riesgo de desaparecer del planeta.Un estudio promovido por Conservación Internacional (CI) y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha lanzado la alerta: muchos de ellos están en situación crítica, a pesar de tener una suprema importancia para la salud del suelo. Según Neil Cox, uno de los autores de la investigación, a menudo no conocemos siquiera su estado de conservación.El documento, Evaluación del riesgo de extinción global de especies dependientes del suelo: avances recientes y recomendaciones, fue publicado en la revista Oryx, y explora la preocupante carencia. Y sostiene que la biodiversidad del suelo está actualmente muy poco representada en la famosa Lista Roja de Especies Amenazadas de este organismo. La remembranza de Vergara tiene que ver con eso. Se refiere a que, años atrás, en lo que los entomólogos llaman ‘trampas de caída’ (recipiente que se pone en el campo, o a ras de suelo, para atrapar insectos y otros invertebrados) quedaban atrapados más de estos animales: además de las tijeretas, carábidos (escarabajos) o los llamados colémbolos, que son pequeños artrópodos.Estos últimos son esenciales para la agricultura. No son exactamente insectos, sino hexápodos (seis patas), que no pasan por los estados larvales y nacen con aspecto de adultos. Se alimentan de bacterias, hongos, restos en descomposición y, con ello, ayudan notablemente al crecimiento de las plantas. Su presencia puede indicar que el suelo es de buena calidad.“El uso de pesticidas suele matarlos, con lo que se pierde la oportunidad de airear los suelos”, agrega Vergara. Aunque en el Perú no se ha desarrollado una investigación detallada de qué estaría provocando la disminución de colémbolos e insectos, se tiene la presunción de que el uso de pesticidas y fertilizantes químicos, para la agricultura intensiva, afectaría a la fauna ‘epigea’.Este nombre alude a los animales que viven sobre la superficie (a veces revolviendo la hojarasca), o incluso debajo de ella. Están desapareciendo en el ecosistema global, y si comienzan a disminuir dramáticamente, se puede poner en riesgo la agricultura y la alimentación humana.Primeros estragosCox informa que ya hay 35 especies de invertebrados ligados al suelo extintos. Uno de ellos es una prima hermana de la tijereta limeña: la ‘tijereta gigante’ (Labiduria herculeana), que vivía en la isla de Santa Elena, ubicada en el Atlántico, y que fue declarada extinta en el 2014 por la UICN, donde se acaba de crear un nuevo grupo para monitorear las lombrices de tierraAunque allí se han incluido a 125 especies de lombrices propias del Brasil, el registro sigue siendo limitado. Un caso que lo evidencia es el de la araña cuyo nombre científico es Dysdera Crocata, actualmente está presente en México, Uruguay, Argentina y Chile. De acuerdo con el estudio publicado, su estado de conservación permanece sin evaluar y podría estar en riesgo.La UICN tiene registradas en la Lista Roja 8.653 especies que dependen del suelo. La mayoría son vertebrados, como los topos, aunque también invertebrados como gusanos, termitas, hormigas. De ellos, el 20% está en riesgo de extinción y otro 20% está en la categoría ‘Datos Insuficientes’. Algunas especies del territorio peruano probablemente pertenezcan a esta última.Para avanzar en la exploración de este problema, Cox y sus colegas pusieron el foco en 503 especies de invertebrados y hongos, organismos que son fundamentales para reciclar la materia orgánica. Otro indicio de las limitaciones de la Lista Roja es que, de los dos millones de especies hongos, apenas el 0,04% figura en ella.El caso de los ácaros es, asimismo, preocupante. Un estudio hecho en la Universidad de Queensland, por el doctor Greg Sullivan, del año 2021, alerta sobre su extinción a un ritmo sumamente acelerado. En la ciudad sureña de Arequipa, el entomólogo Javier Huanca de la Universidad Nacional San Agustín (UNSA) estudia la diversidad de ácaros predadores de la familia Phytoseiidae, en ecosistemas altamente vulnerables como son los bofedales de altura.El cambio climático podría estar afectando a los ácaros. Huanca narra que el incremento de la temperatura provoca la pérdida de biodiversidad y afecta la asociación que hay entre plantas y micro artrópodos del suelo. Se trata de toda una cadena alimenticia que, debido al calentamiento global, se altera y limita el necesario intercambio entre diversos seres vivos.Lo mismo piensa Vergara, quien incluso recuerda que el Aedes aegypti, el mosquito que transmite el dengue y la fiebre amarilla, hasta hace unos años no se encontraba en Lima. Cox también señala que este fenómeno afecta a las especies que dependen del suelo, junto con el desarrollo residencial, la actividad maderera, la quema de bosques y la agricultura intensiva.Katherine Meza, agrónoma que hoy hace un doctorado en la Universidad de Colorado, confirma que hay una mudanza de especies y refiere que, si a eso se añaden el monocultivo y los pesticidas, los ecosistemas se transforman. “Desaparecen los ingenieros del suelo”, precisa, para referirse a esa pequeña fauna, casi invisible pero indispensable.Bronson Griscom, otro científico vinculado a CI, también lo expresa con claridad. “Los suelos tienen un enorme potencial para frenar el cambio climático”. De acuerdo con él, almacenan tres veces más carbono a nivel mundial que la atmósfera. El proceso es vital para el planeta: las plantas capturan este elemento, para poder crecer, y a la vez lo incorporan al suelo.Según el especialista, eso puede significar “3.000 millones de mitigación climática rentable por año”. El término ‘rentable’ no es gratuito. Alude a cómo la presencia del carbono ayuda a la fertilidad del suelo, lo que los agrónomos o los campesinos que trabajan la tierra saben. Si falta, no hay agricultura, no hay alimentación; y si faltan los pequeños ingenieros tampoco.Hay otra clave que, en el terreno climático, es esencial. Los cambios bruscos de temperatura pueden provocar sequías, inundaciones desatadas, que también alteran la vida de la fauna epigea y la salud del suelo. Cuando este se seca, a veces dramáticamente, mueren ácaros, colémbolos, escarabajos. La catástrofe ambiental se sufre allí, sin que buena parte del mundo se entere.En un rincón de la UNALM, varias lombrices hacen su trabajo devorándose restos de la fruta llamada lúcuma (Pouteria lucuma). Alexander Rodríguez, director del Departamento Académico de Entomología de esta universidad, manifiesta que todos los organismos o microrganismos de la biota (conjunto de seres vivos) del suelo ayudan a que la planta asimile los nutrientes.Ese es el trabajo de las nobles lombrices, entre ellas las del género Eisenia, que recién está siendo evaluada a escala global. Cox ha recomendado que la UICN cree un Grupo de Trabajo sobre la Biota del Suelo, porque todo esto tiene que ver con “la salud de la tierra y las personas”. Aunque parezca increíble, un ácaro puede ser tan importante como un rinoceronte de Java.