EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.Durante la pandemia hubo una tienda de campaña extendida ininterrumpidamente en pleno corazón del bosque nublado de Ecuador. A 300 metros del lujoso hotel Mashpi Lodge, y custodiada por tayras, colibríes y tucanes, se colocó una tienda de la que colgaba un pequeño tarro de alcohol puro. Cientos de miles de insectos voladores chocaron día y noche contra la red y fueron acopiados en este frasco, que sustituía y refrigeraba religiosamente cada jueves el ecólogo Mateo Roldán. Cinco años después de entregar a científicos canadienses estas “sopas de bichos”, llegaron los resultados de la secuenciación genética. Al menos 7.848 artrópodos milimétricos son nuevos para la ciencia y endémicos de esta pequeña reserva privada de 3.000 hectáreas, dentro del área metropolitana de Quito. Son, hasta el momento, los resultados más fructíferos del continente. Nadie puede aún creerlo. Trece científicos -todos ecuatorianos, menos dos canadienses- firman el paper publicado este jueves en la revista científica Scientific Data (Nature Portfolio). Estos datos dan cuenta de una biodiversidad invisible para el mundo, que se sigue empeñando en contabilizar mamíferos, aves o anfibios y que se olvida de estos minúsculos insectos. Los biólogos, sin embargo, llevan décadas muy pendiente de ellos. Estos son la fuente de alimentación de miles de anfibios, importantes polinizadores y podrían ser las reservas de proteínas claves para la nutrición del futuro. “Este hallazgo es la puerta abierta a un sinfín de preguntas”, asegura Diego Inclán, director ejecutivo del Instituto Nacional de Biodiversidad del Ecuador (Inabio). “Si están aquí es porque tienen una función en el ecosistema. Aún no sabemos cuál, pero sí que llevan haciendo su trabajo mucho tiempo y que, sin ellos, este bosque se vería afectado”. Esta reserva de bosques primarios y regenerados bebe de dos de los mayores hotspots de biodiversidad del mundo. Ubicado a apenas tres horas del centro de la capital, Mashpi-Tayra se encuentra en la intersección entre el Chocó biogeográfico y los Andes tropicales, lo que se conoce como Chocó andino. Las infinitas montañas y volcanes que salpican el paisaje de Quito son también grandes protagonistas de la riqueza ambiental, pues han servido de barreras ecológicas que forzaron a miles de ejemplares de flora y fauna a subespeciarse y adaptarse así a diversos microclimas entre montaña y montaña. Aunque muchos han hablado del efecto isla que rodea a esta reserva, a Gustavo Pazmiño, biólogo y gerente de ecosistemas en Fundación Futuro, le gusta más referirse a ella como un relicto de lo que una vez dominaba el entorno. Alrededor de esta infinita paleta de verdes e incesantes sonidos, hay monocultivos de caña de azúcar, ganadería y fincas personales de madereros, que han ido aislando la biodiversidad a un área cada vez menor. Es por ello que Pazmiño tiene en sus manos una tarea titánica: crear corredores biológicos que unan Mashpi Tayra con Cotacachi Cayapas y el bosque protegido de Mindo Nambillo, al norte y sur de la reserva. “Si no hay conexión, no hay diversidad genética. Y, sin ella, este territorio que hoy es tan rico puede terminar siendo un bosque vacío”, dice en alusión a un término que refiere a un ecosistema aparentemente sano y verde pero sin fauna por la endogamia.Gustavo Pazmiño en la Reserva Mashpi-Tayra, el 22 de julio.KAREN TOROEsteban Calvache, biólogo residente de Mashpi, realiza la técnica de golpeteo para recolectar insectos.KAREN TOROAraña de huerto o Leucauge venusta, en la Reserva Mashpi-Tayra.KAREN TOROAna García Ruiloba, una de las autoras de la investigación, observa insectos que fueron parte del estudio en el Inabio, en Quito, el 23 de julio.KAREN TOROParte de los insectos del estudio que se realizó en Mashpi.KAREN TOROMilpiés de quillas dentadas fotografiado en la Reserva Mashpi-Tayra.KAREN TOROInsecto perteneciente a la familia de los Fulgoridos.KAREN TOROEdison Torres, guardabosques, y Franklin Basantes, guía local, caminan en un sendero de la Reserva Mashpi-Tayra, el 21 de julio.KAREN TOROEsteban Calvache, biólogo residente de Mashpi, recolectar insectos.KAREN TOROEsta investigación fue el resultado de más de un lustro de parcería entre el Inabio, la Fundación Futuro y la Universidad de Guelph (Canadá), quien impulsó la principal metodología del hallazgo. El Global Malaise Trap Program es un mecanismo diseñado para comprender cómo cambian las comunidades de artrópodos con el paso del tiempo y el calentamiento global, mediante las tiendas de campaña que visitaba semanalmente Roldán. Canadá lleva décadas poniendo la tecnología y, alrededor de 50 países, el territorio. Una vez se recopilan los insectos, se les realizan simples secuenciaciones genéticas uno a uno con un método estandarizado que permite luego comparar estos “códigos de barras de ADN” con los de otros países. Los resultados de este punto de muestreo fueron comparados con los de otros sitios emblemáticos como Barro Colorado (Panamá) y Guanacaste (Costa Rica). Este último, una zona protegida de 169.000 hectáreas que cuenta con el uno de los mayores inventarrios de biodiversidad del mundo. Aún así, el número total de artrópodos que Costa Rica secuenció por siete años es prácticamente el mismo que el estudiado en la reserva durante 365 días.“Es como si dijéramos que tenemos la cédula de cada uno de ellos o su huella dactilar. Por eso estamos seguros de la magnitud de lo que presentamos. No se ha visto nada igual antes”, explica Carolina Proaño Castro, bióloga y directora ejecutiva de Fundación Futura. Esta metodología ha acelerado radicalmente la tarea de documentar la biodiversidad del planeta, que dependía exlusivamente de los taxónomos y de la descripción -darle nombre y apellido- de cada individuo. De hecho, es así como se pudo recientemente actualizar la estimación del censo mundial de insectos, que pasó de seis millones a al menos 20.Aunque sería ideal describir uno a uno, aseguran que no hay ni financiación ni taxónomos suficientes para documentar estas 3.000 hectáreas. Sólo esta investigación de un año, costó a Canadá unos 10 millones de dólares. “Lo verdaderamente extraordinario de este hallazgo es la escala de vida que estamos comenzando a ver. Encontramos miles de formas diminutas de biodiversidad que habían permanecido invisibles para la ciencia. ¡Es increíble!“, exclama Inclán, frente al punto que escogieron en 2020 para colocar la trampa. ”No le podemos rendir justicia a nuestros bosques si sólo hablamos de mamíferos o anfibios. Tenemos que hablar de nuestros bichos porque también forman parte de la biodiversidad de un territorio”, zanja. Aún falta por analizar las otras tres cuartas partes del muestreo de un año. Hormigas tigre o arañas cangrejo: las otras 26 especies halladasPasea por este bosque húmedo con los ojos clavados en el suelo. Cada pocos pasos, José Napa se agacha a recoger unas pepitas rojas que inundan el espacio con un aroma mentolado al frotarlas. Tiene más de una decena de estas semillas en la mano, pero se guarda el secreto de qué es hasta llegar a la matriz. Se frena ante un árbol de 40 metros de alto y un sinfín de plantas epífitas sobre su tronco. Es la Magnolia mashpi. La joya de la corona. Hace cuatro décadas, Napa era apenas un adolescente huérfano que se ganaba la vida talando árboles como este para la industria maderera, que le retribuía unas migajas. Hoy, es uno de los ‘parabiólogos’ de la reserva, encargado de visitas turísticas del hotel Mashpi Lodge y de la restauración del territorio y el responsable de explicar que este árbol sólo lo encontrarán aquí. “Se puede decir que siempre he vivido del bosque, sólo que antes acabando con él y ahora cuidándolo”, cuenta divertido. La magnolia, de pétalos de olor dulce y penetrante, es uno de los 26 registros de botánica y fauna que se han realizado en estas tierras en menos de tres décadas. Una hormiga tigre (Neoponera mashpi, 2022), la avispa de seda (Microstigmus lydiae, 2023), una orquídea miniatura (Lepanthes mashpica, de 2019) o una araña cangrejo (Sidymella ayahuma, 2026). Para los biólogos de casi cualquier especialidad esta reserva es un Disneyland. Esteban Calvache, entomólogo especializado en arañas, guarda en el laboratorio del hotel unos pequeños frascos de etanol con arañas de varios tamaños. Son tres muestras de las que está plenamente seguro -él y los demás expertos que han venido a cerciorarse- de que se tratan de especies nuevas para la ciencia. Toma en su mano una tarántula peluda del género Psalmopeus y sonríe satisfecho. “Estamos on trend con las arañas en el Ecuador”, cuenta. “Hay alrededor de 55.000 especies conocidas en el mundo y yo en cada caminata encuentro al menos una que podría ser nueva. ¡Es una locura!“. Pero para Calvache pesa más el por qué que el qué. ”Prefiero dedicar mi tiempo a entender el valor ecosistémico de estas, que son especies sombrilla, que en el ego de describirlas. Si conservas una tarántula, estás conservando cientos de seres vivos dentro de la cadena trófica. Entender eso es lo verdaderamente importante". Ataviado con una sábana y un palo de golpeteo se adentra en el bosque nublado y enfoca la mirada. Sacude las ramas de los árboles y disecciona con precisión lo que cae en la tela blanca. “¡Ajá! Mira, una de las saltarinas. Esta de aquí es del género de las Mirmecomorfas -que imitan la forma y el comportamiento de las hormigas para infiltrarse-. A esta ulorboridae le dicen ogros. Probablemente sea nueva, pero se sabe muy poco de este grupo y es demasiado trabajo ponerse a ello. A ver si aparece la que hace bungee jumping con la tela de araña. Es hermosa". Empieza a oscurecer en la reserva y la dinámica de la biodiversidad cambia gradualmente. El sonido de las aves empieza a sustituirse por el de los grillos, las ranas de cristal y las cigarras. Algunos alacranes bordean la quebrada con el exoesqueleto fluorescente, las serpientes se enroscan en las ramas más altas y los cientos de miles de insectos minúsculos siguen volando de un lado a otro, ya sin ninguna red que las capture. La biodiversidad sigue su curso con normalidad. Son los ojos los que ahora miran diferente.