Cuando Italia conquistó su cuarta Copa del Mundo en Alemania 2006, Little Italy enardeció. La principal arteria del distrito neoyorkino, Mulberry Street, dejó para la historia una de las celebraciones deportivas más sonadas que se recuerdan en la ciudad. “La gente se volvió loca, estuvieron hasta el amanecer. Los restaurantes, los puestos de comida y las tiendas lo vendieron todo. Estaba todo lleno de banderas italianas”, recuerda Anthony Ricci, dueño de Benito One, uno de los pocos restaurantes regentado por italianos que aún quedan en la pequeña Italia de Nueva York. Camareros tampoco hay muchos que hablen italiano pese a la abundante hostelería que mantiene el reclamo de lo transalpino en sus luminosos. Los albaneses, por proximidad geográfica, si dominan el idioma y ofrecen asiento con la carta en la mano. La extensión del área en la que los primeros migrantes italianos, la mayoría napolitanos y sicilianos, se establecieron a finales del siglo XIX para hacer real el sueño americano también se ha reducido, engullida por la pujante Chinatown. Veinte años después de aquel último título, ni Little Italy es tan genuina ni la selección italiana puede aspirar a ganar su quinto Mundial. De haberse clasificado, habría debutado el viernes en Toronto ante la anfitriona Canadá y Mulberry Street hubiera sido un hervidero teñido con los colores de la bandera italiana. Pero Bosnia impidió en la repesca el regreso de Italia a un Mundial tras doce años de ausencia. Por tercera vez consecutiva, los tetracampeones no han logrado clasificarse y las fachadas desnudas de ladrillo visto y los puestos de souvenirs lo certifican. En uno de ellos cuelgan seis camisetas de Estados Unidos, Portugal, España, Brasil, Argentina y Francia. Ni rastro de la azzurra. En un puesto contiguo, en la parte inferior del lateral, al menos, se puede comprar una camiseta para niños. “La vida ha cambiado, ya quedan pocas familias aquí. Las generaciones se han ido moviendo, vendieron los pisos o los alquilaron. Antes había puestos de frutas frescas, muchas panaderías y pizzerías auténticas a las que me mandaba a comprar mi abuela. Ahora solo puedes comprar productos italianos en una tienda típica aquí a la vuelta, en Di Palo, pero yo nací, vivo y moriré en Mulberry Street”, asegura convencido Ricci, al que sus empleados se dirigen como Ruco. Su apellido, su apodo y sus brillantes y cuidados zapatos de piel color azul claro quizá sean una de las pocas huellas italianas visibles y auténticas.“Little Italy siempre atrae turistas, es una zona de mucho tránsito y el Mundial es algo muy grande. La mayoría de los restaurantes y los bares deportivos tienen pantallas y seguro que habrá ambiente los días de partido, aunque no tanto como si jugara Italia”, aventura Ruco.La ausencia de Italia en un Mundial es un drama para el país, pero también para la propia competición. Es imposible no echar de menos su favoritismo, aunque se le otorgara solo por el peso de su camiseta y de su historia. Y más aún, cuando sus triunfos como el del Mundial 82 o el citado de 2006 se dieron cuando no era la favorita. Italia se dejaba la piel defendiendo y mataba al contragolpe. Un portero de nivel mundial (Zoff), una defensa inexpugnable (Baresi), un centrocampista organizador (Antognoni), un mediapunta superclase (Baggio) y un goleador (Rossi) era el espinazo de su molde más clásico a través del tiempo. En una jugada en el último minuto podían ganar un partido después de haberse dejado dominar todo el encuentro. De aquello solo quedan recuerdos. Para la propia FIFA como organizadora del Mundial es un varapalo la no presencia de Italia por todo lo que significa y la gran cantidad de italianos esparcidos por todo el mundo. Unos cientos de ellos que residen en Nueva York se reunieron el pasado 8 de junio en el modesto estadio Rocco Commisso de Nueva York para asistir a un partido de leyendas italianas contra leyendas de la Major League Soccer (MLS) en el que participó Gianni Infantino. Suizo de nacimiento, pero con fuertes raíces italianas, el presidente de la FIFA le dedicó su discurso a los tifosi que poblaban las gradas. “Comprendo perfectamente los sentimientos de los italianos en el extranjero, la decepción de no estar en la Copa del Mundo. Me dije a mí mismo que teníamos que hacer algo por nuestras comunidades, y aquí estamos”, pronunció Infantino, que abundó ante la audiencia: “Pero también vi otra fuente de orgullo igualmente extraordinaria: todos ustedes. Los italianos en Estados Unidos y en todo el mundo que, cada día, representan a nuestro país de la mejor manera con su trabajo, sus éxitos, su sacrificio y su entrega”. En silencio, Roberto Baggio, Nesta, Pirlo, Materazzi, Vieri, Pagliuca y Panucci escucharon a Infantino. Ellos son la única huella de la gran Italia futbolística en este Mundial.
El silencio de Little Italy ante la tercera ausencia consecutiva en un Mundial de los tetracampeones
En las calles del famoso distrito neoyorquino, que fueron un hervidero con el título de 2006, apenas hay rastro de la ‘azzurra’










